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Alegoría de la Filosofía en la biblioteca de El EscorialPatrimonio Nacional

Filosofía para todos

Memoria frente a la leyenda negra: el homenaje del Imperio español a la filosofía

El rey Felipe II dedicó un lugar especial a los grandes pensadores de la Antigüedad

El mito sobre la España oscura que controlaba el mundo bajo el reinado de los Austrias sigue teniendo valedores a pesar de haber sido desmontado una y otra vez. Las descripciones de aquella época todavía recurren con inexactitud a términos como fanatismo, intolerancia o ignorancia. La historia demuestra que hasta los más reacios aún pueden encontrar vestigios dorados de aquel Siglo de Oro.

En el corazón de aquel Imperio, en el mismísimo monasterio de El Escorial, se encuentra una de las más impresionantes y bellas bibliotecas del mundo. Fue el propio Felipe II quien impulsó unas obras que causaron cierta polémica por su ubicación, pero que respondían a su afición por los libros, como desarrolla el catedrático Enrique Martínez Ruiz en su biografía del monarca.

De Roma a Madrid

El imponente espacio escurialense fue llenándose de valiosísimas obras, incluida una que se decía escrita por el mismísimo san Agustín. Y todavía allí se custodian miles de ellas, a pesar de los graves daños sufridos en el catálogo durante el incendio de 1671, el saqueo francés durante su invasión de 1808 u otro fuego menor en 1872.

Además de por su valor intelectual y literario, la biblioteca de El Escorial es admirada por su magnífica decoración pictórica. Su salón principal está cubierto por una bóveda de cañón de más de 50 metros de largo engalanada con las pinturas de Pellegrino Tibaldi y siguiendo el programa iconográfico del padre José de Sigüenza. Es en este punto donde encontramos un homenaje a la filosofía que nos hace volver la mirada a Roma y las estancias vaticanas.

La techumbre se divide en siete partes en las que se muestran imágenes alegóricas de las siete artes liberales: Gramática, Retórica y Dialéctica, Aritmética, Música, Geometría y Astrología. Junto a ellas, sobre las puertas de entrada, dos conjuntos más: uno en honor a la Teología y otro a la Filosofía.

El fresco filosófico puede considerarse como una «pequeña Escuela de Atenas», una versión reducida y patriótica de la maravillosa obra del renacentista Rafael Sanzio que ilumina uno de los salones del Palacio Apostólico de El Vaticano a muy pocos metros de la capilla Sixtina. Por cierto, los historiadores del arte coinciden en señalar la clara influencia del trabajo de Miguel Ángel en la biblioteca.

'La escuela de Atenas' de Rafael Sanzio

La alegoría de Tibaldi nos muestra a muchos menos filósofos que Rafael, tan solo a cuatro: Sócrates, Platón, Aristóteles y Séneca. La elección de los tres primeros parece evidente, ellos son los pilares sobre los que se sustenta desde la Antigua Grecia la historia de la filosofía. La relación entre ellos es absoluta puesto que Sócrates fue maestro de Platón y este de Aristóteles. Parece más extraña la incorporación al trío de un pensador romano distanciado unos cuatro siglos de los griegos. Sin embargo, hay un motivo de peso.

Como escribió el propio padre Sigüenza en su Fundación del Monasterio de El Escorial, la elección de Seneca estuvo marcada por su carácter «latino y español». El filósofo y hombre elegido como tutor del emperador Nerón era natural de Corduba, la actual Córdoba. La ciudad andaluza fue capital de la provincia Bética dentro del gran Imperio romano y allí nació uno de los pensadores más importantes de la escuela estoica.

Así, los cuatro filósofos departen eternamente con esa personificación de la Filosofía en la biblioteca de El Escorial. El autor intelectual de la obra, el mencionado Sigüenza, no dudaba en reconocer dentro de aquella España que algunos todavía tachan de oscura que «desde la Filosofía, madre común de las Ciencias naturales, y que se alcanzan con nuestra diligencia, se va caminando a la perfección remate de lo que se puede saber en la tierra de lo revelado y divino, que se llama Teología».