El exministro Sebastián descompuesto, así se eligen los gobernantes en España
Un documental desvela las entretelas del poder en este país, mientras Rufián no puede con Ester Expósito, el Planeta refleja la división entre escritores y nadie parece defender la lengua española
Gabriel Rufián y Ester Expósito, de fiesta
En Movistar programan estos días una charla amena con cuatro expresidentes españoles, por separado, sin meterse en demasiados berenjenales: se aborda lo más relevante de cada cual, sí, pero sin que la crítica profunda pueda ponerlos en algún aprieto serio. Periodismo de salón, faena de aliño para que todos, a su modo, queden bien.
La historia de los correspondientes gobernantes elegidos por este pueblo puede leerse siempre (también ahora con el nuevo inquilino monclovita), como una continua puesta al día del mito de Sísifo. Cada vez que la piedra remonta desde el fondo de la montaña, y se vislumbra ya la cumbre, inmediatamente llega el relevo del otro y ésta vuelve a despeñarse con estrépito.
Con los socialistas se presenta siempre puntual, de la mano, el despilfarro. Las cuentas públicas se descuadran y las risas del baile se convierten en mueca desesperada cuando ya no queda ni para pagar la luz. A subir los impuestos, como ahora pretenden con los apaleados autónomos, que se ve que no les votan.
Luego ya acudirán esos fríos contables de la Derecha, gente sin ninguna gracia especial, más bien sobrios y antipáticos, pero mejor preparados para intentar poner algo de orden en el desvarío: a Rajoy ni siquiera le dejaron constancia escrita del nivel absoluto del pufo, ni una nota de advertencia acerca del drama que se le ocultaba a la gente (como ocurrirá ahora) entre consignas, celebraciones e interesadas expurgaciones del pasado.
Pero cuando el rumbo se endereza, vuelta a empezar. La gente, deseosa de olvidar pronto las desdichas pasajeras, se cansa de la seriedad y soberbia (que algunos identifican con grisuras de tiempos pretéritos menos felices) de estos otros, para pedir que regresen de nuevo los que mejor saben organizar las verbenas.
Retorna, entonces, por unos años, el dispendio en el presupuesto (incluso si no hay, se busca cómo) que garantiza las bajas a tutiplén, la paga por no hacer nada, la financiación de cualquier ocurrencia: artística (bonos culturales destinados a los jóvenes) o social (condones para alguna tribu africana), siempre que sea en nombre del progresismo y contra el auge de las ideas fascistas: todas las contrarias, incluso aquellas que se basan en el mero sentido común. La piedra vuelve a caer a la espera de un nuevo Sísifo.
Lo peor es que ni siquiera disimulan. En el documental comentado, Miguel Sebastián, uno de los gurús económicos de la funesta época zapateril, reconoce, en un alarde de sinceridad, que él no estaba preparado para lo que se requería de su persona en ese momento.
Durante la fiesta de la noche electoral, todos parecían disfrutar, menos este hombre atribulado. En realidad, estaba cagado. Zapatero le había dicho, poco antes, que iba a ser ministro de Economía (algo que luego no cumplió, aunque sí se ocuparía de ponerlo al frente de la oficina económica de presidencia, que era casi lo mismo, pero con menos exposición, para maniobrar en la sombra).
Cuenta Sebastián que Zapatero se le acercó poco antes de que diera inicio el jolgorio para decirle: «Entonces, Miguel, ya sabes. A partir de ahora tú te encargas de la economía, así yo solo me dedicaré a la política». Al amigo se le cayó el mundo encima, según desvela ahora. No estaba abrumado por la trascendencia del encargo, sino por su falta de conocimiento, tablas y disposición para acometerlo. Así se gobierna.
Rufián y su cintura de madera
Tal ha sido el bombardeo que Gabriel Rufián ha debido soportar estos días, a costa de una de sus publicitadas salidas nocturnas, que el leal Broncano ha tenido que echarle un cable. Lo ha llevado a su programa para que se explicara, aunque luego desaprovechase la oportunidad yéndose por las ramas.
El diputado independentista, adicto a los espectáculos en el hemiciclo, donde suele servirse de todo tipo de artilugios para enmascarar su prosa elemental y la endeblez del argumentario, con dosis añadidas de chulería, aportó en el territorio amigo de TVE unas excusas más destinadas a calmar el natural cabreo de la pareja ausente, que a ganarse el perdón público por lo esencial de su desatino.
Desde luego, si en una de esas madrugadas que muchos autónomos consagran al insomnio que provocan desvelos como el de no saber cómo afrontar determinadas, urgentes obligaciones pecuniarias, a un Rufián le sale al paso toda una Ester Expósito, debe procurarse evitar el ridículo de perpetrar un baile como el que ahora se ha difundido.
Como las obligaciones parlamentarias son tan exiguas, lo mejor que puede hacer el miembro de Esquerra, en su abundante tiempo libre, es apuntarse a unas clases de baile latino. Así no volverá a fallar si se presenta de nuevo la ocasión.
Lo único, o lo más, censurable de la exhibición rufianesca ha sido observar que con esa cintura de madera no hay bachata que luzca, ni rubia experta a la que poder camelarse mediante ese torpe cimbreo: tal cómo se baila, ya se sabe…
Dos inesperados renacentistas, Del Val y Ramos
Cada vez que se falla el Planeta, sobre todo en estos últimos tiempos, surge la vieja querella entre los escritores de raza y los advenedizos. El problema es el de siempre con el hombre: la eterna infelicidad de desear precisamente aquel talento que no se posee.
El autor que solo dice aspirar a la gloria literaria eterna (que estos días nadie sabe a ciencia cierta lo que pueda ser) ambiciona secretamente el dinero de los autores más populares. El que nada en billetes, gracias al favor de sus lectores, querría ser considerado como Valle-Inclán, Kafka o Faulkner.
Juan del Val incurre en algo parecido: en lugar de correr a pulirse el premio, se ha detenido a reflexionar en voz alta, con parejo resultado al que exhibe Pilar Rubio cuando convierte a su marido, Sergio Ramos, en un genio renacentista.
El colaborador de El Hormiguero representa ante Cervantes, con el que aspira a medirse y hasta parece que se compara en algún titular de prensa, lo mismo que el ex futbolista del Real Madrid con respecto a Leonardo da Vinci.
El sabio verdadero Steiner no pudo expresarlo mejor. Todo se reduce en nuestra época a Academia y populismo. La experiencia estética supuestamente más elevada se reserva exclusivamente para las catacumbas de los expertos, donde se analiza, procesa y deglute casi en secreto.
«Una parte importante de la poesía, del pensamiento religioso, del arte ha desaparecido de la inmediatez personal para entrar en la custodia de los especialistas», sugiere el autor de El silencio de los libros.
Y luego también está lo que afirmaba otro grande, Gide: «Aquellos cuyo canto admiramos se han beneficiado de los balbuceos de una cantidad de otros que valían a la vez tanto como ellos, y cuyo esfuerzo se ha gastado en buscar armonías nuevas».
Unos tratan de proponer inexplorados caminos artísticos, territorios vírgenes de la expresión (algo cada vez más difícil) con propuestas destinadas a la valoración de esa élite enclaustrada en los despachos de sus facultades, o en modestos pisos de 60 metros donde, al caer la noche o mientras surge el alba, roban el tiempo para meditar, o pergeñar, esa suprema creación que luego disfrutan cien.
Mientras, el resto, inspirándose aquí y allá, intenta dar con esa tecla mágica que le procure el favor mayoritario del público. Con más o menos diciplina se empeña en lograr cierta disponibilidad para sus horarios y apetencias, evitar otras esclavitudes y procurarse, a la hora del almuerzo, unas cigalas como las que en D’Berto le sirven a Julio Iglesias cuando aún se deja caer por El Grove.
No hay más. O sí. A veces aparece en el horizonte, como una exhalación inesperada, alguien que es capaz de conciliar ambos universos para desconcierto de unos y otros, y alborozo del resto. Aunque autores como García Márquez se suelen dar uno cada cien años.
Nadie defiende el español
En el Perú del Inca Garcilaso de la Vega se ha organizado, esta vez, un nuevo congreso de la lengua española. De lo que allí se debatió se ignora prácticamente todo porque, como siempre, el ruido de ibéricos sables se impuso sobre la difusión de cualquier idea.
Suerte que los anfitriones ya están acostumbrados al malhumor, las destemplanzas y la grosería que a menudo constituyen la principal divisa de los españoles al viajar: pocas cosas sorprenden, y desagradan, en Hispanoamérica como nuestra natural propensión a la blasfemia (algo en lo que somos maestros, según Buñuel), por ejemplo.
Allí lo que prevaleció fueron los rebuznos de García Montero para provocar al director de la RAE, anticipo de una batalla que solo tiene por objeto acumular algo más de poder para los socialistas, anotarse otra institución más. Total, para nada, solo por el propósito de enredar y, quizá, colocar allí a algún pariente todavía en paro, algo poco probable a estas alturas.
Con los gritos de estos últimos días, no ha quedado claro si estos congresos sirven para detener lo que Steiner (ya siento volver a él, pero lo que no es cita resulta simple repetición de algo que se desconoce) denominó con su eterna lucidez «la destrucción más irreparable de las catástrofes ecológicas que caracterizan nuestra época».
¿A qué se refería? ¿A la devastación del Amazonas? No, a la influencia predominante del inglés que, «con su campo semántico necesariamente sintético», «corroe la autonomía de la lengua que es cultura autóctona».
No hay más que escuchar a nuestros jóvenes repetir como loros (luego imitados por algunos columnistas y reporteros) esas majaderías de lo «random», «cringe» y hasta el «OMG», adoptadas ya como parte del habla común diariamente.
Pronto acabaremos como los italianos, que se están cargando una de las más bellas lenguas con la continua incorporación de palabras inglesas que otorgan al usuario una aparente desenvoltura.
A Trump le pueden las formas, pero algunas de sus ideas, como la férrea defensa de su idioma que promueve estos días (aún a costa de debilitar la divulgación del español en su país, algo poco probable, en cualquier caso), muestra una claridad de pensamiento que no parecen poseer quienes, en el nuestro, tienen precisamente como única, o primordial tarea, preservar y difundir el español.
El presidente norteamericano hace política con el lenguaje para garantizar su predominio en el mundo; aquí, mientras, se utiliza el navajeo barriobajero para lograr otro cargo más que sirva a la noble causa del progresismo.