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César Wonenburger
Historias de la músicaCésar Wonenburger

El peluquero de París

Considerado el sucesor de Luis Mariano, con una importante carrera en Francia como protagonista de las operetas del autor de Violetas imperiales, José Villamor no logró triunfar en su casa, donde se apreciaban más sus otras facetas

José Villamor

José VillamorAmazon

Más allá del tópico, en España el talento artístico se suele apreciar menos que en otros países. Recuerdo que, en una ocasión, mientras me tocaba ocuparme de la producción de la ópera Carmen, el barítono encargado de interpretar al torero Escamillo, Jean-Luc Chaignaud, se presentó algo agitado al inicio de uno de los ensayos.

Le pregunté a qué obedecía su palpable inquietud. Me dijo que acaba de encontrarse por la calle a un auténtico ídolo del teatro musical francés, un tenor muy querido en aquel país, donde se le consideraba como el genuino sucesor de Luis Mariano, aquel actor y cantante vasco que había protagonizado las populares operetas del compositor Francis López, como El cantor de México, con sus inconfundibles falsetes.

José Vilamor

José VillamorWikimedia

Mi perplejidad ante aquel anuncio inesperado no hizo sino aumentar el propio desconcierto de Chaignaud, que consideraba poco menos que un oprobio injustificable el hecho de que José Villamor, que así se llamaba aquel artista desconocido, paseara de incógnito por su ciudad, La Coruña, sin que nadie se percatase de que bajo su inocua apariencia burguesa, la elegancia, buena planta e intacta cabellera nívea del paseante anónimo, pudiera hallarse el protagonista de algunos los últimos grandes éxitos del teatro musical en Francia.

El apasionante relato de Chaignaud me llevó a indagar sobre el ignoto, al menos para sus coterráneos, objeto de aquella rendida admiración. Le dije que, si conservaba su contacto, lo invitara al estreno de Carmen. De ese modo, como seguramente se pasaría por el camerino para saludarlo, me avisara para poder conocerlo en persona.

Un descubrimiento en la ciudad de Grace Kelly

Villamor, al que Francis López había descubierto durante una actuación como cantante, en el Montecarlo de Grace Kelly, e inmediatamente le ofreció un contrato para estrenar su nueva obra, La perla de las Antilla, en el Théâtre de la Renaissance, resultó ser un tipo afable, simpático, muy cordial.

Más tarde, por azar, llegaría colaborar con él en otra actividad musical en la que ejercía como presentador o maestro de ceremonias, una de las facetas en las que también llegó a destacar: su voz y su desenvoltura resultaban muy demandadas como anfitrión de espectáculos. Incluso trabajó durante alguna temporada en el Festival de Cannes.

Pero su primordial interés había sido siempre el canto, donde tuvo la ocasión de triunfar. Mientras realizaba estudios de profesorado mercantil en su ciudad gallega, un día vio la película El gran Caruso, la misma que había forjado el futuro de tantos tenores ilustres, como Pavarotti o José Carreras. Deslumbrado en la pantalla por Mario Lanza, aquel cantante cinematográfico, decidió emprender una carrera operística. Ingresó en uno de los coros más antiguos de España, El Eco, y participó en las temporadas líricas coruñesas, donde compartió escenario con Alfredo Kraus, Antonio Campó y Manuel Ausensi, entre otros ilustres intérpretes de su época.

FOURTEEN HOURS, Grace Kelly, 1951.
en la foto : con velo

Grace KellyGTRES

Como deseaba prosperar, entendió pronto que sus breves apariciones corales, cada mes de agosto, no le asegurarían un futuro en la música. Así que decidió marcharse a París en busca de otras oportunidades. Uno de sus tíos tenía allí una peluquería, el negocio más común en su familia, y se ofreció para echarle una mano. Mientras le ayudaba con los tintes, al poco tiempo logró empezar a trabajar para L’Oreal, el gigante de la cosmética, encargándose de realizar presentaciones de eventos de esa casa por medio mundo.

En una de esas ocasiones, mientras se encontraba en el Sporting Club de Montecarlo, una de las modelos convocadas sufrió una indisposición. Y el organizador, como en otras ocasiones anteriores, le pidió a Villamor que supliera la ausencia echándose unas canciones con las que entretener al personal, dadas sus innegables dotes vocales. Francis López, que se encontraba entre el público ese día, supo apreciarlo. Habló con él, le propuso una prueba y rápidamente lo fichó.

Las giras por Francia, al lado de Francis López

Durante esos primeros años, el tenor estudió algún tiempo con Paulette Chalanda, una soprano de la Ópera de París; abandonó definitivamente la peluquería y se dedicó a recorrer toda Francia y los países del Benelux interpretando operetas, el repertorio de su mentor López, autor de populares éxitos del teatro musical como La bella de Cádiz, El príncipe de Madrid, Los Tres mosqueteros y de grandes hits para el cine (Violetas imperiales).

Por entonces, la prensa gala ya se refería a Villamor como el sucesor del gran Luis Mariano, uno de los artistas más queridos, respetados y admirados en ese país, donde llegó a tener un club de fans compuesto por 35.000 mujeres.

Portada de 'Les Anées'

Portada de 'Les Anées'Amazon

Del irunés, aparte del encanto natural de su presencia, con esa inimitable sonrisa, pretendió emular la facilidad para un canto que se prodigaba en recursos de fino estilista, como los filados, esa cualidad consistente en adelgazar el sonido sin comprometer la proyección, o su facilidad para alcanzar las notas más agudas. Reflejo de todo ello se encuentra en las grabaciones que el pupilo realizó a lo largo de su carrera, algunas de cuyas actuaciones aún resisten en esa cueva de Alibabá que es Youtube.

Con el tiempo, tras desvincularse de Francis López, Villamor prosiguió su carrera en solitario. Dio varias vueltas al mundo actuando en numerosos países, excepto el suyo, donde se prodigó solo en sus últimos empeños profesionales, casi anecdóticos.

En una ocasión, me comentó con cierta pena que en su terruño coruñés solo lo habían reclamado, de vez en cuando, por sus reconocidas dotes de peluquero, que había heredado de su madre. Cuando visitaba la ciudad, durante las vacaciones, las señoras pretendían siempre que las peinase «el peluquero de París».

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