Cubierta de 'Fe y erratas'
'Fe y erratas': el amor por los microrrelatos en los tiempos de la novela
Un buen libro de microrrelatos para reivindicar el género más exigente y menos reconocido de nuestra literatura
Aparte de leer y escribir microrrelatos durante al menos dos décadas, he opinado en bastantes ocasiones, negro sobre blanco, sobre este género literario y su circunstancia, y lo he hecho siempre desde posturas defensivas, haciendo notar su más que evidente infravaloración en el mundillo de las letras. Sí, claro que su brevedad casa bien con estos tiempos marcados por la urgencia, pero, a la larga, su situación sigue siendo ancilar respecto del ensayo, la poesía, su hermano mayor el relato y, cómo no, la novela, la más guapa y popular de la familia.

Platero Coolbooks (2026). 126 páginas
Fe y erratas
Es como si en la mente del lector medio anidara este pensamiento: si tan interesantes son los microrrelatos, ¿por qué terminan tan pronto? Dicho de otra manera: ¿quién demonios se tomaría la molestia de comprar una entrada y desplazarse para ver un partido de tenis que solo dura quince minutos?
Tal vez por eso me gusta tanto la portada (extendida a la contraportada y a un desplegable interior) de Fe y erratas, de Gabriel Pérez Martínez, obra publicada por la editorial Platero Coolbooks a finales de 2025: porque desde una estética urbana, contenida y con cierto aroma cinematográfico, se nos ofrece una estampa sugestiva de luces y sombras que nos impulsa a adivinar la intrahistoria de los vecinos de un edificio. ¿Y hay algo que represente mejor el microcosmos del microrrelato que ese pequeño vecindario sin ornamentos ni lujos en el que todos nos conocemos mal que bien y nos saludamos cada mañana cuando vamos a comprar el pan o el periódico?
Aclaro que mi defensa del microrrelato nunca ha sido victimista. Muy al contrario, en vez de usar un tono lastimero, he tratado siempre de glosar por qué, pese a su brevedad y a su perenne falta de momentum real, es un género de altos vuelos, similar al de la poesía aunque en prosa, y que exige un lector avezado al que no le asusten los retos. La novela, la reina de la corona, a la que adoramos, todo sea dicho, puede ser muchas cosas, entre ellas una playa mansa de aguas calientes a la que abandonarse capítulo a capítulo. Pero el microrrelato, ese hijo pródigo que nunca vuelve a casa para ser agasajado, es –ha de serlo– un tsunami que nos mantenga en vilo en todo momento.
En fin, es obvio que al otro lado de estos lectores poco acomodaticios debe haber un escritor igualmente atrevido, y Gabriel Pérez Martínez lo es. Lo demostró en su primer libro, A Marte y otras obsesiones, Mención de Honor del Premio Iscariote al mejor libro de microrrelatos de 2023, y lo hace ahora en Fe y erratas, donde despliega un generoso repertorio de 83 relatos brevísimos –si no he contado mal–, repartidos en siete temáticas o secciones, que conforman una suerte de escaparate de lo que es el microrrelato hoy día, intentando –con éxito–, como sugiere en la dedicatoria en forma de oración, usar bien la elipsis huyendo del chiste.
Hay en este libro minificciones que abordan con solvencia el oficio del escritor en general y del microrrelatista en particular, parafilias, las relaciones de pareja y de familia («Necesidades», «En familia»), la guerra («Sangre», «Ganar la guerra»), los juegos de palabras («Aprecio vs. Precio»), curiosidades sobre el lenguaje («Paradojas de la hache»). Y encontramos, a modo de bono extra, «Sincericidios desordenados», un texto que bebe de los aforismos de Ramón Gómez de la Serna.
Fe y erratas puede gustar mucho a quienes les han salido callos en las manos y en los ojos frecuentando un género de narrativa ultrabreve que demanda toda nuestra atención.
El microrrelato, al contrario que la novela y las mujeres de Shakira, no factura. Y qué importa, cuando uno habita el que es quizá el vecindario más acogedor y heroico de la gran urbe de las letras, ese barrio donde sus intensos y minimalistas convecinos intentan decir lo máximo con el menor número de palabras.