El escritor, académico y Premio Cervantes 2024 Álvaro Pombo en la apertura del año académico de la RAE
Apertura del curso académico en la RAE
Pombo, la literatura y el humor: «Yo escribía, no tan temprano como cuando Alcaraz empezó a jugar al tenis»
El académico y Premio Cervantes 2024 leyó un discurso íntimo, teórico y popular y ameno con la novela y la poesía como objetos
La apertura del curso académico en la Real Academia, después de las palabras del director, Santiago Muñoz Machado, tuvo un magistral protagonista en el escritor y académico Álvaro Pombo, quien a sus 86 años, sentado en su silla de ruedas y anunciando y agradeciendo la mejoría en su estado de salud, ofecio un discurso pleno de literatura y entretenimiento.
«¿Ha dejado de ser emocionante leer y escribir?». Así empezaba el Premio Cervantes de 2024 su discurso en el Pleno público extraordinario de la RAE con motivo de la apertura del año académico. Lo que sucedió fue el progresivo y sutil desenmarañamiento y respuesta de la cuestión en una lección de vida, obra, recuerdos, hallazgos, bromas y actualidad.
Habló de sus padres y del colegio y de sus lecturas primeras, como Roberto Alcázar y Pedrín. Reconoció no haber sido un lector voraz, ni un estudioso: «Yo escribía, no tan temprano como Carlos Alcaraz empezó a jugar al tenis a los cuatro años, pero sí escribía ya a partir de los siete... y tuve mi modesto Grand Slam cuando a los trece o catorce empecé a publicar poesías y articulitos en la revista Colegio de los Padres Escolapios de Santander».
¿Qué se proponía decir Pombo?, se preguntó a sí mismo, y lo dijo: «Me propongo comparar la relación dialéctica que guardan entre sí las narraciones literarias, los poemas y en menos medida los ensayos». Dijo estar como escritor «en lo que Descartes llamaba ideas claras y distintas. Mi mundo conceptual se achica o se revuelve a medida que mi mundo imaginario se intensifica desatadamente».
Los que escribimos más que el tostao somos pobrecitos habladores
Era un espectáculo único entre intimidades solo aparentemente farragosas que se aclararon al decir: «En qué consiste escribir una novela». Citó los diarios de Kafka donde reconocía que escribir le apartó de todos los placeres, como el sexo, la comida o la bebida, la reflexión filosófica o la música, cuando todos sus esfuerzos fueron dirigidos a la escritura y leyó cómo el escritor checoslovaco confesaba que sus escasas fuerzas unidas solo le permitían escribir: «La renuncia entera para poder escribir».
Habló de la vocación, que desgranó entre citas psicológicas y amenizó con frases como «los que escribimos más que el tostao somos pobrecitos habladores como decía Mariano José de Larra». Mencionó los cuadernos y notas de Henry James y la disyuntiva entre la novela y el teatro. Y cambió de siglo. Apareció Houellebecq y su idea de la poesía: «La poesía rompe la cadena causal y juega constantemente con la potencia explosiva del absurdo, pero no es el absurdo, se trata del absurdo creador...».
El precio que pagué por romper el silencio
Citó la soberbia de los poetas y de que vivimos en un mundo prosaico. Citó a Lorca y la repetición del mismo verso (cincuenta veces: «A las cinco de la tarde»). Leyó poemas como un abuelito muy mayor, pero con toda la lucidez del arte y de la experiencia, y se refirió a cómo cuchicheaba sin cesar en clase y por ello le echaban y de cómo un Padre («muy simpático, muy encantador, pero muy severo») le puso de rodillas con los brazos en cruz en medio del salón del colegio: «El precio que pagué por romper el silencio». Hablaba como Fray Gerundio de Campazas, «que se servía de los púlpitos para hablar y hablar... como yo me estoy aprovechando hoy de ustedes».