El escritor Eduardo Mendoza, Premio Princesa de Asturias de las Letras
Eduardo Mendoza en los Premios Princesa de Asturias: «No me gusta el mundo tal como lo veo»
El escritor recogió el Premio Princesa de Asturias de las Letras
El escritor Eduardo Mendoza, Premio Princesa de Asturias de las Letras, aseguró que «no me gusta el mundo tal como lo veo».
En una ceremonia donde la pompa propia de la Corona, junto con las tradiciones culturales asturiana, han lucido como nunca en el Teatro Campoamor de Oviedo, Eduardo Mendoza reconoció que esa percepción quizás se deba a que «he tenido la suerte de vivir una larga etapa excepcional de relativa paz, estabilidad y bienestar».
Antes, sin embargo, pronunció unas breves palabras de bienvenida la presidenta de la Fundación Princesa de Asturias, Ana Isabel Fernández Álvarez.
En su intervención, tras agradecer a la Princesa Leonor y a los Reyes Felipe VI y Letizia, así como a la Reina Sofía, su presencia en Oviedo, se remitió al discurso de la Princesa Leonor en la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias de 2024, para volver a destacar «la esperanza que nos contagian nuestros galardonados, mujeres y hombres que conjugan en su vida el esfuerzo, la dedicación y la excelencia».
Ya en posesión del turno de la palabra, Eduardo Mendoza, también se refirió a la esperanza y aseguró que «lo último que se pierde no es la esperanza, sino la vanidad».
En ese sentido, señaló que «todavía me considero una joven promesa de la narrativa española».
Destacó Eduardo Mendoza su voracidad lectora como chispa que encendió su afán por escribir y narrar: «Tuve la suerte de nacer y criarme rodeado de libros y de personas que me leyeron en voz alta, pusieron a mi disposición una amplia biblioteca, me estimularon y me orientaron».
Y, acto seguido, con un interesante giro humorístico tan propio de su obra, Mendoza destacó la importancia de la educación recibida de niño para forjarse como escritor: «En el colegio recibí una educación estricta, tediosa y opresiva. Tenazmente me inculcaron las virtudes del trabajo, el ahorro y el decoro, gracias a lo cual salí vago, malgastador y un poco golfo, tres cosas malas en sí, pero buenas para escribir novelas».
En su discurso, el autor de La verdad sobre el caso Savolta también homenajeó a su ciudad, Barcelona, verdadera protagonista de gran parte de sus novelas. «Crecí en Barcelona, una ciudad de tamaño medio, cálida y soleada, tranquila laboriosa y conservadora, cuna de santos infantiles y abuelos entrañables».
«También un ciudad portuaria, viciosa y canalla. Yendo de la una a la otra y buceando en bibliotecas y hemerotecas descubrí que Barcelona tenía además un interesante pasado turbulento y criminal, del que me apropié para escribir mis novelas. Las ciudades, como las novelas, son de todos y no son de nadie».
La crítica al neoliberalismo de Byung-Chul Han
A quien tampoco le gusta el mundo tal y como lo ve es al filósofo alemán de origen coreano, Byung-Chul Han, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, quien advirtió que «algo no va bien en nuestra sociedad» y apuntó a la sociedad capitalista y al liberalismo: «Nos invade una sensación de vacío. El legado del liberalismo ha sido el vacío. Ya no tenemos valores ni ideales con que llenarlo».
de los reconoció que la denuncia contra la sociedad actual de sus escritos filosóficos han irritado en muchas ocasiones a numerosas personas. «Mis textos de crítica social han causado irritación, sembrando nerviosismo e inseguridad, pero al mismo tiempo han despertado a muchas personas», aseguró.
En su obra, como por ejemplo en su ensayo La sociedad del cansancio, afirma que trata «de cumplir esta función del filósofo, amonestando a la sociedad y agitando su conciencia para que despierte».
Se refiere Byung-Chul Han a su tesis de que «la ilimitada libertad individual que nos propone el neoliberalismo no es más que una ilusión. Aunque hoy creamos ser más libres que nunca, la realidad es que vivimos en un régimen despótico neoliberal que explota la libertad».
Afirma en su obra que la sensación de libertad, alimentada por unas supuestas capacidades ilimitadas, «es solo provisional y pronto se convierte en una opresión, que, de hecho, es más coercitiva que el imperativo del deber. Uno se imagina que es libre, pero, en realidad, lo que hace es explotarse a sí mismo voluntariamente y con entusiasmo, hasta colapsar».
Advirtió también contra el riesgo de la digitalización y un mal uso de la tecnología que termina convirtiendo al ser humano «en esclavo de su propia creación».
«La tarea acuciante de la política sería controlar y regular el desarrollo tecnológico de manera soberana, en lugar de simplemente seguirle el paso. La tecnología sin control político, la técnica sin ética, puede adoptar una forma monstruosa y esclavizar a las personas», aseguró.
También dedicó su turno de palabra a reflexionar «la creciente pérdida de respeto en nuestra sociedad. Hoy en día, en cuanto alguien tiene una opinión diferente a la nuestra, lo declaramos enemigo. Ya no es posible un discurso sobre el que se base la democracia».
El sincretismo de México
Asimismo, la Premio Princesa de Asturias de las Artes, la fotógrafo mexicana Graciela Iturbide, reivindicó la fotografía como arte y recordó que «la fotografía no es la verdad, sino la interpretación de una realidad que el artista aprehende en función de sus conocimientos, sus emociones, sus sueños y su intuición».
Asimismo, hizo hincapié en que «al igual que la inmensa mayoría de los mexicanos, soy el resultado de la fusión entre dos culturas, dos visiones del mundo casi siempre encontradas».
«La historia de México es la del sincretismo que me habita y no podría sacrificar una de sus vertientes sin mutilarme a mí misma», añadió.
En particular, se refirió a los exiliados españoles, intelectuales y artistas, que, tras la Guerra Civil, llegaron a México y «que enriquecieron nuestra vida cultural y nos inspiraron con sus talentos y sus conocimientos. No puedo olvidarlos en un momento como éste», insistió.
Terminó Graciela Iturbide con una crítica a la política migratoria estadounidense: «el arte fotográfico no conoce fronteras, ni tiene pasaporte, ni necesita visas, por más que algunos hombres poderosos pretendan limitar el libre tránsito entre los países y coartar la libertad de pensar y de crear».