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El director del Instituto Cervantes, Luis García Montero durante la presentación del anuario 'El español en el mundo 2025', que analiza la cultura en español en todo el mundo y la situación de la lengua española, que ya cuenta con más de 600 millones de hablantes, este martes en la sede del Cervantes, en Madrid. EFE/Borja Sánchez-Trillo

El director del Instituto Cervantes, Luis García Montero durante la presentación del anuario El español en el mundo 2025EFE

García Montero confirma la mutación ideológica del Cervantes: «Hay que estar vigilantes con las palabras»

La presentación del Anuario del Instituto, El español en el mundo, con la intervención del ministro Albares, significó un pistoletazo de salida (o de continuación) de su deriva política

No solo fue, ni mucho menos, una presentación sobre cómo seguir promoviendo la enseñanza y el estudio del español y su cultura en el exterior. O sí. Pero no desde la «neutralidad» de apoyarse en una lengua universal sin más y sin menos.

Hubo en este punto una idea repetida tanto por Luis García Montero, director del Cervantes, como por la catedrática de Derecho Constitucional Ruth Rubio: el español no es neutro ni neutral. A partir de aquí cualquier cosa es posible, como se pudo comprobar en el coloquio que cerró la presentación del Anuario.

Como intervinientes, los citados García Montero y Rubio, además de María Luz Esteban, del Centro de Normalización Lingüística de la Lengua de Signos Española y Real Patronato, y el moderador Álvaro García Santa-Cecilia, director académico del Instituto.

El lenguaje inclusivo como «pluralidad comunicativa» para «resignificar » y «democratizar» la palabra. Términos que remiten al lenguaje «woke» y hacen flaco favor al supuestamente pretendido afán de normalizar la lengua y adaptarla a la realidad y a la inclusión con una tácita politización terminológica. También manifiesta como se iba a ver a continuación.

Para María Luz Esteban el lenguaje ha sido un «instrumento simbólico de dominación» que pretende cambiarse por medio de palabras como «resignificación» o «politización». Se palpa una intención frentista y no normalizadora en los vocablos, tan conocidos ya. Para Rubio la Constitución es un «pacto de caballeros» que «invalida a las mujeres como sujeto político» en la proposición de cambiar el lenguaje donde está implícita la cancelación que niega García Montero.

El director del Cervantes habló de las «estrategias de manipulación de las palabras», refiriéndose directamente a las «grandes plataformas norteamericanas» y a Trump, a quienes acusa de «denunciar ataques a la libertad» cuando solo se trata de «la ley del más fuerte». Según esto, la cancelación no es cancelación ni un ataque a la libertad. Todo justificado en la «crispación» por la que citó un libro de José Carlos Mainer donde Juan José Domenchina llamaba la atención en 1932 sobre los ataques de la prensa a Manuel Azaña.

¿No está la prensa para criticar a los políticos? A Azaña no, y a Sánchez tampoco, debe de ser. Mientras tanto siguió la terminología política para definir el lenguaje anterior a la pretendida inclusión: «paternalismo», «resemantización», donde pronto entraron directamente la política y la ideología: el constitucionalismo también «paternalista», «discriminador», «patriarcal». Incluso se citaron las políticas de México, de Claudia Sheinbaum, como ejemplo a seguir, el «constitucionalismo latinoamericano», oír para creer.

¿Es esta la promoción de la enseñanza y el estudio del español y su cultura que se espera del Instituto Cervantes? Parece ser que sí. Donde las «creencias religiosas dan derecho a paralizar los avances sociales». No debían de referirse a los musulmanes y sus tradiciones que perfectamente se asumen (sobre todo no se critican), al contrario de lo que sucede con los cristianos y católicos.

También dio García Montero la misma importancia a las lenguas minoritarias que el ministro Urtasun: promoción frente a freno del español para no «homogeneizar». ¿Es «homogeneizar» que en un país sea obligatorio hablar la lengua propia de ese país? Todo vale por una supuesta igualdad semántica que en realidad es una «igualdad» política, ideológica. Un García Montero que dijo que era fundamental «estar vigilantes» con las palabras, como al estilo de la Stasi, pero en democrático porque él lo dice.

Y afirmó que en Estados Unidos hay una persecución a los hispanos y a las feministas, así como un «movimiento antigénero global» (Rubio). Para terminar García Montero dijo que era fundamental invertir en instituciones culturales, se refería a las públicas, por supuesto, donde él trabaja por gracia de Sánchez, de quien sigue el catálogo completo que le compete.

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