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Escultura de Diógenes en Sinope, su ciudad natal, en la actual Turquía.Getty Images/SonerCdem

Filosofía para todos

El filósofo que protagoniza las tres formas más extrañas de morir

Del mismo modo que su vida, el final del griego Diógenes está marcado por relatos estrambóticos

Pocos filósofos a lo largo de la historia han sido capaces de sumar un mayor número de anécdotas y hechos sorprendentes a lo largo de su vida. Diógenes de Sinope, gran exponente de la escuela cínica, es recordado por mantener un estilo de vida tremendamente desapegado de lo material y mundano, una pretensión que se concretó en multitud de gestos, palabras y acciones que están a medio camino entre la profundidad y la comedia.

Quizá, el relato más conocido sobre el filósofo es aquel en el que se narra el modo en el que su vida se cruzó con la de Alejandro Magno. Cuentan que, descansando dentro del tonel en el que vivía, se presentó ante él, lleno de admiración, el joven conquistador macedonio. «Pídeme lo que quieras», le ofreció un respetuoso rey que recibió como respuesta el famoso «quiero que te apartes y que no me tapes el sol».

Grabado que representa el encuentro entre Diógenes y Alejandro MagnoGetty Images/Nastasic

Como es de entender, la historicidad de relatos como este es difícil de comprobar y mucho de lo que sabemos sobre Diógenes tiene un toque legendario. Su muerte no queda al margen de esta neblina. Su tocayo Diógenes Laercio, que escribió en el siglo III d.C. la obra Vidas de los filósofos ilustres, recoge las tres teorías que en su tiempo circulaban sobre el final del cínico. Cada una de ellas más estrambótica que la anterior.

Entre pulpos y perros

Parece que el pensador rozó los 90 años de edad. Al llegar a ese punto, la versión más verosímil de su muerte señala que, queriendo repartir un pulpo entre un grupo de perros, estos le mordieron en las piernas y lo hicieron caer al suelo con un resultado fatal. Algunas fuentes recogen que, tras el fallecimiento en Corinto, se levantó un monumento funerario coronado por la estatua de un perro.

El ataque de los animales es, como decíamos, la narración menos sorprendente. Diógenes Laercio describe otra variante de la defunción que tiene como punto en común a la anterior la presencia del cefalópodo en el momento del final. Así lo cuenta el autor de las Vidas: «Unos refieren que, después de haberse comido un pulpo vivo, tuvo un tremendo cólico y murió a consecuencia de este».

La última historia sobre la muerte de Diógenes es todavía más impactante y es recogida en verso por Cércidas de Megalópolis: «No, ya no está el de antes, el de Sinope, aquel paseante de bastón, de veste doblada, vividor a cielo raso./ Porque ya partiose, hincando los dientes en el labio, y reteniendo el aliento de un mordisco». Es decir, el filósofo habría puesto punto final a su vida aguantando hasta el extremo la respiración.

Diógenes Laercio asegura en su libro que esa es la versión que defendían sus conocidos al considerar que así «escapaba a lo que le quedaba de vida». Sea como fuere, tampoco hay claridad respecto a lo que ocurrió después con sus restos. Si antes hemos apuntado a la construcción de una tumba en su honor, esta posibilidad chocaría con el propio deseo del finado, que habría dejado dicho que arrojasen su cuerpo a la intemperie para que fuese comido por algún animal.