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Antonio de Nebrija. Grabado de Simón Brieva

1492 no fue solo Granada y América: también fue la gramática de Nebrija

El castellano, como los demás romances, servía para hablar, para cantar, para contar historias. Nebrija rompe esa jerarquía sin proclamas ni estridencias. Simplemente hace lo que sabe hacer: ordena la lengua para que el pensamiento no se pierda en la confusión

Salamanca, verano de 1492. Mientras las campanas repican por la caída de Granada y en los puertos del sur se ultiman preparativos para una expedición incierta hacia occidente, en busca de las Indias, un humanista andaluz corrige pruebas de imprenta. Antonio de Nebrija está a punto de publicar la Gramática de la lengua castellana, fechada tradicionalmente el 18 de agosto de 1492. Es la primera gramática de una lengua romance en Europa. No es un detalle académico. Es un acontecimiento histórico.

Hasta entonces, solo el latín había merecido ese esfuerzo de ordenación sistemática. Lengua de la Iglesia, del Derecho y de la Universidad, el latín era el idioma de lo serio. El castellano, como los demás romances, servía para hablar, para cantar, para contar historias. Nebrija rompe esa jerarquía sin proclamas ni estridencias. Simplemente hace lo que sabe hacer: ordena la lengua para que el pensamiento no se pierda en la confusión. Clasifica los sonidos, fija reglas, distingue usos correctos de usos imprecisos y somete la palabra a un principio de razón. No crea el castellano: lo disciplina. Lo hace consciente de sí mismo y apto para transmitir conocimiento sin ambigüedad.

Antonio de Nebrija impartiendo una clase de gramática en presencia del mecenas Juan de Zúñiga

Nacido en Lebrija hacia 1441, formado en Salamanca y perfeccionado en la Universidad de Bolonia, Nebrija trae a Castilla el método filológico del humanismo italiano. En Bolonia aprendió que la verdad se busca corrigiendo textos, comparando manuscritos y restituyendo el sentido exacto de las palabras. Ese método había devuelto la voz limpia a Cicerón y a Virgilio, y había permitido leer de nuevo a san Jerónimo sin capas de error acumulado. Nebrija comprende que ese mismo rigor debe aplicarse a la lengua viva de su tiempo.

Antes de 1492 ya había dejado huella. Sus Introductiones latinae, publicadas a partir de 1481, renovaron la enseñanza del latín en España y circularon con rapidez por universidades y escuelas. La tesis era sencilla y radical: sin una lengua bien enseñada no hay pensamiento sólido. La gramática del castellano es el siguiente paso, más arriesgado y más profundo. Elevar el romance a lengua gramatical equivale a afirmar que también puede ser lengua de ciencia, de derecho y de fe.

Nebrija lo explica sin rodeos en el prólogo dedicado a Isabel la Católica. Allí escribe literalmente: «Siempre la lengua fue compañera del imperio». La cita es auténtica y figura literalmente en la edición de 1492. Pero utiliza el término imperio en su acepción clásica y humanista: orden, gobierno y vigencia de leyes comunes. Su objetivo consistía en dotar a Castilla de una infraestructura intelectual capaz de integrarla plenamente en el humanismo europeo. Creía que un idioma sometido a reglas permitía estabilizar la transmisión del conocimiento, la administración de justicia y la producción académica, algo que la Corona necesitaba para consolidar un Estado moderno. Su gramática no era un adorno erudito: era una herramienta política y pedagógica.

Hay en su texto una preocupación inmediata. Castilla es un conjunto de territorios diversos, con hablas distintas y sin un patrón estable para la enseñanza, la administración o la predicación. Nebrija propone una herramienta: una lengua común para comprender las leyes, acceder al conocimiento y recibir la doctrina cristiana. No es un programa de sometimiento, sino una convicción humanista. La verdad necesita palabras precisas para poder ser comunicada. No plantea una apología de conquistas futuras, que en ese momento ni siquiera existen como proyecto articulado.

Los Reyes Católicos entendieron bien esa intuición. La unificación política exigía una mínima unificación cultural. El castellano comienza a consolidarse como lengua de cancillería y de justicia. La gramática de Nebrija no impone, orienta. Fija un horizonte común en un momento de tránsito histórico.

Décadas más tarde, bajo el reinado de Felipe II, esa semilla da fruto. La Monarquía Hispánica se concibe como una comunidad extensa y diversa, pero ordenada por principios compartidos. La fe católica, el derecho y la lengua actúan como ejes vertebradores. El castellano, ya normativizado, se convierte en lengua de gobierno, de teología y de ciencia. La administración imperial, la evangelización en Hispanoamérica y la producción intelectual del Siglo de Oro descansan sobre esa base silenciosa. Sin Nebrija, ese edificio cultural habría carecido de cimientos.

Hay en todo ello una dimensión espiritual que hoy cuesta reconocer. Para el humanismo cristiano del siglo XV, el orden no es enemigo de la libertad: es su condición. San Agustín había advertido que la confusión del lenguaje conduce a la confusión del alma. Nebrija hereda esa tradición. Su obsesión por la corrección no es una cuestión de pedantería: es una rigurosa disciplina interior. Ordenar la lengua es ordenar el pensamiento. Y ordenar el pensamiento es abrir camino a la verdad.

Nebrija no fue un ideólogo del poder. Fue algo más discreto y más decisivo: un arquitecto del orden intelectual. Conocía Europa y sabía que España solo tendría voz propia si era capaz de pensar con sus propias palabras. Al fijar la lengua, fijó también la posibilidad de una comunidad histórica consciente de sí misma.

Hoy, cuando la lengua se utiliza con frecuencia como arma arrojadiza o como herramienta de ingeniería social, volver a Nebrija resulta incómodo y necesario. Nos recuerda que la palabra es una responsabilidad, que el orden no es opresión, sino condición de la verdad, y que una nación que descuida su lengua termina, antes o después, descuidando su alma.