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Historias del 27
Andrés Amorós

Juerga flamenca en Pino Montano, paseo nocturno en barca y coronación de Dámaso Alonso

Por algo decía Ignacio: ‘Las juergas que no duran hasta la tarde del día siguiente, no son decentes

Dámaso Alonso dibujado por Josep Pla-NarbonaWikipedia

Leyendo testimonios sobre Ignacio Sánchez Mejías, resalta, ante todo, una cualidad suya: la inquietud permanente, la curiosidad intelectual, la insatisfacción vital. Los que le conocen a fondo destacan también su inteligencia natural, su simpatía, su orgullo profesional, su guasa sevillana; en la vida social, la generosidad, ejercida a veces con gestos algo teatrales.

Una sola anécdota lo resume. En 1924, visita Sevilla el novelista Armando Palacio Valdés, asturiano, pero autor también de la popularísima –en libro y en película- La hermana San Sulpicio (1889), que exalta la alegría del carácter sevillano. El Ateneo de Sevilla le ofrece un homenaje y Sánchez Mejías lo invita a Pino Montano.

Años después, Palacio Valdés comenta cómo, de madrugada, en medio de la fiesta flamenca, le pidió a Ignacio si era posible tomar un poco de leche. Con algo de chulería, el diestro hizo que trajeran una vaca lechera para ordeñarla, allí mismo, y ofrecerle un vaso de la leche más fresca que nunca hubiera tomado…

En su libro Mis amigos muertos, Juan Ignacio Luca de Tena cuenta otro episodio que define el carácter de Ignacio:

«Él era genial. Una vez, en Sevilla, cuatro años antes de su muerte, organizó una fiesta flamenca en la Venta Nueva de Antequera. Asistían, entre otros, don José Cruz Conde, Comisario Regio de la Exposición Iberoamericana, y mi amigo Eduardo Travesedo, quien, después de tantos años, no ha podido olvidar todavía el famoso flamenco aquel. Entramos en la Venta para cenar a las nueve de la noche y salimos al atardecer del otro día, después de almorzar. Por algo decía Ignacio: «Las juergas que no duran hasta la tarde del día siguiente, no son decentes». Al amanecer, había llamado por teléfono a Federico García Lorca, que se encontraba en Madrid, durmiendo en su casa, para que, a través del hilo, escuchara cantar a una de las flamencas que nos amenizaban».

No olvidemos que los poetas no suelen hacerse ricos. A la altura de 1927, además, los que acuden a Sevilla todavía no son figuras consagradas. En cambio, Sánchez Mejías es ya una primera figura del toreo y disfruta de una buena posición económica.

Con su habitual generosidad, Ignacio agasaja a los jóvenes poetas que han acudido a conmemorar a Góngora. Conviene distinguir tres cosas: la fiesta en Pino Montano, la travesía nocturna por el río y la comida en la Venta de Antequera.

La fiesta en Pino Montano

Aunque la velada del Ateneo acaba muy tarde –«de madrugada», dicen algunos–, Ignacio se lleva luego a los poetas a su cortijo de Pino Montano. En sus memorias, Rafael Alberti le dedica casi tanta atención a esta fiesta como al acto literario:

«Al llegar, lo primero que a Ignacio se le ocurrió fue disfrazarnos de moros, enfundándonos en unas gruesas chilabas marroquíes, que harían derramarnos en sudor hasta la madrugada. No reunión de corte califal, sino coro grotesco de zarzuela parecimos todos en el acto, destacándose como el moro más espantable Bergamín y Juan Chabás, como el más apuesto y en carácter».

Cabe imaginar cómo le sentarían a Bergamín, de aspecto tan severo, los pantalones bombachos, las babuchas, el turbante, la presunta pedrería… Después –continúa el relato de Alberti– «Dámaso Alonso asombró al auditorio diciendo de memoria los 1091 versos de la Primera Soledad de don Luis».

Supongo que Rafael exagera un poco. Más de mil versos de memoria son muchos versos; sobre todo, cuando son tan herméticos como los de Góngora, en el poema que comienza así:

Era del año la estación florida
en que el mentido robador de Europa
-media luna las armas de su frente
y el sol todos los rayos de su pelo-,
luciente honor del cielo,
en campos de zafiro pace estrellas,
cuando el que ministrar podía la copa
a Júpiter mejor que el garzón de Ida
-náufrago y desdeñado, sobre ausente-
lagrimosas de amor dulces querellas
da al mar, que condolido,
fue a las ondas, fue al viento
el mísero gemido,
segundo de Arión dulce instrumento.

Éstos son sólo catorce versos. Por mucho que admiremos a Góngora, saberse cien de estos versos parece hazaña inverosímil, aunque se tratara de una memoria tan extraordinaria como la de Dámaso Alonso. (Por trágica paradoja, al final de su vida padeció Alzheimer o algo parecido y alguna vez se desorientó, caminando por Madrid).

Después de esta admirable exhibición, Lorca representó «aquellas repentinas ocurrencias teatrales suyas, tan divertidas», y Villalón intentó algunos experimentos hipnóticos. Luego, Ignacio anunció al gran cantaor Manuel Torre, acompañado por el guitarrista Manuel Huelva.

El jerezano Manuel Torre (1878-1933) era gitano, analfabeto, tenía un corto repertorio, pero poseía una voz bronca muy singular. (Podemos hoy escucharla fácilmente porque se han remasterizado algunas de sus vetustas grabaciones).

Había empezado su carrera en los cafés cantantes de su tierra; en 1909 estaba ya cantando en Madrid. En 1926, intervino en el Certamen de cante Jondo de Granada, en el que tuvieron protagonismo Lorca y Falla. Manuel Torre fue el primero que hizo una versión aflamencada de los campanilleros, el género que luego popularizó la Niña de la Puebla, cantando esta letra:

A la puerta de un rico avariento,
llegó Jesucristo y limosna pidió:
anigual (sic) de darle la limosna,
los perros que había se los achuchó
y Dios permitió
que, al momento, los perros murieron
y el rico avariento pobre se quedó.

Cuenta Alberti la impresión que su cante causó, aquella noche:

«Agarrándonos por la garganta con su voz, sus gestos y las palabras de sus coplas. Parecía un bronco animal, un terrible pozo de angustias».

Ignacio le invitó a cantar lo que Manuel llamaba «las placas de Egipto»: no se refería a las plagas que cuenta la Biblia, sino a unas «placas» (los antiguos discos de gramófono) que trataban de un Faraón. Él las había escuchado, una noche, en la sevillana Alameda de Hércules: un barrio de grandes toreros, como Joselito y Chicuelo, pero también de la mala vida. Probablemente, se trataba del popularísimo «¡Ay Ba, ay Ba, ay Babilonio que marea…!», de La Corte del Faraón, la obra del género sicalíptico de Perrín, Palacios y Lleó, estrenada en 1910.

Esa noche, Manuel Torre sorprendió a todos con su enigmática sentencia: «En el cante jondo, lo que hay que buscar siempre, hasta encontrarlo, es el tronco negro de Faraón».

Según Rafael Alberti, nadie celebró tanto esa expresión, «jaleándola hasta el frenesí», como Federico García Lorca. A su manera, coincidía con muchas de sus búsquedas estéticas: el duende, los «sonidos negros», el misterio…

Por eso, años más tarde, Federico propuso que se le erigiera a Manuel Torre un monumento, en la Alameda de Hércules: de bronce, sentado, con la guitarra sobre los muslos. Tenía que tener poca altura, para que los gitanos pudieran tocarlo. Y dedicó una de las «viñetas flamencas» del Poema del cante jondo «A Manuel Torre, Niño de Jerez, que tiene tronco de Faraón».

La travesía nocturna por el Guadalquivir

La noche siguiente, después de una juerga en Triana, Sánchez Mejías subió a los poetas a una barcaza con maroma, para un paseo por el Guadalquivir. Había llovido mucho, el río estaba crecido y los poetas pasaron un mal rato. En su crónica, Gerardo Diego se limita a mencionar, con ironía, «la travesía heroica y nocturna del Betis desbordado».

Sin embargo, años después, Dámaso Alonso, en un hermoso texto, le otorga a este episodio un valor simbólico, como premonición de la muerte trágica de García Lorca:

«Era muy de noche. El Guadalquivir, crecido, inmenso toro oscuro, empujaba la barca, la quería para sí y para el mar. La maroma, de orilla a orilla, que nos guiaba describía ya una catenaria tan ventruda que parecía irse a romper. Aún traíamos las risas de tierra, pero se nos fueron rebajando, como con frío, y hacia la mitad de la corriente sonaban a falso, a triste. Único entre todos, Federico no disimulaba su miedo. Tanto y con tanta ponderación lamentaba haberse embarcado que primero creí que se trataba de una broma más, entre sus bromas. No: era auténtico terror; le salía al contacto de aquella fuerza negra, mugidora, fría».

«Imagen de la vida: un grupo de poetas, casi el núcleo central de una generación, atravesaba el río. La embarcación era un símbolo: representaba los contactos y vínculos personales que ligan a los miembros de un grupo en continua florescencia: la amistad, el compañerismo, los compartidos sentimientos, los mutuos influjos. La cuerda guiadora era el designio de Dios… ¿Quién nos había de decir, Federico, mi príncipe muerto, que para ti la cuerda se había de romper brutalmente, de pronto, antes que para los demás, y que la marea turbia te había de arrastrar, víctima inocente?»

La comida en la Venta de Antequera

Al día siguiente, concluyeron los agasajos con un banquete que ofreció el Ateneo, en la Venta de Antequera, a unas sesenta personas, con platos típicos andaluces: huevos a la flamenca, pescaíto frito y cola de toro.

En su humorística crónica, firmada por «La Brillante Pléyade», Gerardo Diego se divierte comentando detalles humorísticos: un singular personaje, llamado Max Jacob Antúnez, «rector de la Universidad de Apolo», al que algunos confunden con el poeta francés del mismo nombre, amigo de Picasso, explica en su discurso el cante jondo con «este sencillo teorema: 2 y 2 son 4». (Para Alberti, era «uno de esos graciosos que da el pueblo andaluz»).

Todo desemboca en que este personaje coloca «sobre las sienes ruborosas de Dámaso Alonso, que había obtenido el Premio Nacional de Literatura, una auténtica corona de laurel». (Un periodista sevillano escribirá al día siguiente que se ha premiado «al joven erudito D. Isaías (sic) Alonso, profesor de castellano en Barcelona»).

Era una escena –anota Gerardo Diego, con ironía– que no se daba en España desde los tiempos de Quintana y de Zorrilla. Y no se olvida de mencionar al auténtico promotor y protagonista de todos estos actos. (Obviamente, Gerardo Diego no tenía absolutamente nada que ver con el ministro Urtasun):

«La siempre verde y vencedora rama fue cortada a un árbol vecino por las manos, expertas ya en tales cosechas, de Ignacio Sánchez Mejías. La ceremonia de la coronación constituyó un acto tan sencillo como inolvidable».

Casi cien años después, seguimos recordándolo.