Fundado en 1910

El director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, presenta a la vicepresidenta María Jesús MonteroEuropa Press

Montero, al servicio de Montero: el director del Cervantes presenta a la vicepresidenta en un acto político

El responsable de la institución pública que se encarga de promover la enseñanza, el estudio y el uso del español ha hecho de maestro de ceremonias a mayor gloria de la también ministra de Hacienda

Podría explicarse esta conjunción planetaria cazadora con la requetemanida (o quizá mejor ultramanida) expresión de «la prueba del algodón». Pero no hace falta llamar al mayordomo que anunciaba aquel producto de limpieza para decir que entre pillos, como en la película, anda el juego.

Los «pillos», en este caso, es el Gobierno del que María Jesús Montero es su vicepresidenta y Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, es un añejo Rasputín. El último, no Rasputín sino García Montero, ha presentado a la primera en un acto de propaganda del Gobierno en Sevilla organizado por la Fundación Cajasol.

El director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, presenta a la vicepresidentaEuropa Press

El responsable de la institución pública que se encarga de promover la enseñanza, el estudio y el uso del español haciendo de maestro de ceremonias en un desayuno informativo a mayor gloria de la vicepresidenta primera y ministra de Hacienda y además vicesecretaria general del PSOE, quien le observaba con arrobo.

Podría decirse que García Montero (entre Monteros anda el juego o «de Montero a Montero y tiro porque me toca») aquí se encarga de promover la enseñanza, el estudio y el uso de las consignas del Gobierno y del PSOE, en obediente disposición con quien le ha nombrado para el puesto que ocupa con diligente sectarismo desde hace ya, cómo pasa el tiempo, ocho años.

Ocho años que son un récord. Nunca en la historia del Instituto Cervantes, creado en 1991, un director había estado tanto tiempo al frente como el poeta comunista radical. Víctor García de la Concha, el anterior responsable con más años en el puesto, quien también fue director de la Real Academia, estuvo cinco años.

Una permanencia llamativa que ya no lo es tanto en un personaje más político que literario, cuya literatura se ha sostenido mayormente por su militancia política, quizá nunca mejor que en esta etapa «cervantina», donde ha multiplicado premios y reconocimientos con una casualidad pasmosa.

Quienes le conocen afirman sin dudar (lo que todo el mundo sabe) que es un director político del Instituto Cervantes, de ahí su longevidad en paralelo a la de Sánchez, su valedor, con la polémica inducida por él mismo contra la RAE, la defensa a ultranza de los postulados ideológicos del Gobierno, como la introducción de las teorías de «género», el feminismo, una dudosa pluralidad lingüistíca no precisamente en favor del español, el indigenismo y todas las propuestas gubernamentales de la agenda ideológica del Gobierno que le pueden competer.

Y si no da igual, lo de la competencia, como se ha podido comprobar hoy en Sevilla al hacer de presentador en unos desayunos informativos de la vicepresidenta Montero, su tocaya, que ha ido a hacer apología del Gobierno, como defender al indefendible Marlaska esta vez por el caso de la denuncia por acoso sexual al director adjunto operativo (DAO) de la Policía Nacional, entre otras cuestiones de las que García Montero, director de una institución cultural pública, ha hecho, una vez más, de cumplido cómplice político.