Cada vez hay más parejas que deciden dejar de mantener relaciones hasta el matrimonio
El Debate de las ideas
Sexo y comida
Desde que en El Banquete de Platón, y tras abundante bebida y comida, sus comensales decidieran concursar sobre quién ofrecía el mejor discurso sobre el amor, Eros, en nuestra tradición siempre ha habido una relación casi inmediata entre comida y sexualidad. Nos gustan y comemos casi de manera similar a como nuestro deseo devoraría pasionalmente a nuestros amados. Junto a ello, se une las no pocas veces en las que nos referimos a partes erógenas del cuerpo o situaciones de corte sexual con nombres de alimentos.
Ocurre, sin embargo, que la nutrición ofrece materialmente un límite respecto del deseo sexual, y es que ningún amante busca engullir more caníbal a su amado. El deseo de una unión íntima y total parece que se topa con la divisoria del cuerpo del otro, no pudiéndonos hacernos uno en toda su intensidad o, al menos, como uno se hacen en el propio cuerpo los azúcares y grasas que uno se acaba de comer. Algo de eso hay en el discurso de Aristófanes sobre el mito de los andróginos en el diálogo citado de Platón, cuyas mitades partidas estaban tan deseosas de ser uno que morían —curiosamente— de inanición por no querer dejar de estar abrazados. Estar enamorado es ciertamente perder el apetito nutricio o ganarlo de otro modo.
Pero también nuestra tradición ha sabido ver que dos haciéndose uno es el modo en que conjugamos la filiación. Ser hijo es la unión que supera aquel límite de los amantes que desean fundirse en una sola carne y que el ansia de «comerse al otro a bocados» impide tomárselo, por el bien de todos, literalmente. Hegel decía que el amor es «la unión de la identidad y la diferencia, permitiendo la diferencia», que sería algo así como decir: tú y yo absolutamente juntos, pero no revueltos. Claro que el asunto contiene internamente cierta paradoja, pero es que la forma natural de unir «lo mío» con «lo suyo», es decir, de ser «uno» y al mismo tiempo «otro» no dejando de ser quienes somos, es precisamente hacerlo «nuestro».
Se equivocaba Rousseau cuando decía que las relaciones sociales empezaron cuando alguien dijo «mío», y que ese mío era la línea que también separaba y se distinguía de lo «tuyo». La sociedad mínima establecida, la familia, empezó en el momento que el que no uno, sino al menos dos personas, dijeron algo así como un «mío» a la vez y en el mismo sentido, es decir, un «nuestro». Y lo primero nuestro, o lo más nuestro, es precisamente el hijo. Irónicamente, es fácil observar que cuando un matrimonio está contrariado entre sí o con su hijo es cuando le dice a su cónyuge: «dile a ese hijo tuyo que…». El hijo, se vea como quiera ver, es siempre la junta metafísica de un nosotros imborrable. Y también en la comida se puede ver.
En un ejercicio de pura intuición, les digo a aquellos estudiantes que viven en piso compartido fuera de su casa que sé perfectamente cómo es la nevera de su piso: cada balda de ese refrigerador pertenece a uno de los inquilinos del apartamento, y está absolutamente prohibido hacerse con el alimento del otro. El acierto de mi predicción es del 100 %. Pero si esos alimentos y esas baldas estuvieran en la casa de la familia de uno, sería el justo opuesto. Como dicen los padres «lo que hay en casa, es de todos», porque precisamente la línea del «mío» o lo «suyo» es difusa. Quizás se pueden reservar y separar alimentos o platos en la nevera porque hay alguien enfermo, del mismo modo que se separa la distinción entre la habitación de los padres —sagrada bajo pena de excomunión si se entra sin permiso— de la de los hermanos —que puede ser asaltada en sus armarios y cajones—, pero salvadas esas distinciones, todo lo que hay en casa es de todos. En aquel piso de estudiantes si uno quiere comerse más tarde un postre de chocolate, solo tiene que ponerlo en su balda con el conocimiento de que no será tocado, pero si ese mismo postre está en la nevera de nuestra casa, la manera tradicional de protegerlo de las zarpas de otro (que también lo ve como «suyo») es escondiéndolo en la esquina de más difícil alcance de la nevera (siempre bajo la lechuga o algún táper). Todos los que hemos tenido hermanos sabemos de esas guerras domésticas sobre «quién se ha atrevido a comer mi postre». La respuesta es el silencio indiferente y quizás la de un padre o una madre diciendo que mañana lo volverá a cocinar o simplemente que dejemos de quejarnos.
Esa es la razón por lo que, en la familia, en casa, porque todo es de todos, las cosas propiamente no se comparten en sentido estricto. Compartir, dar un parte de lo mío a otro, es algo propio de la amistad, donde efectivamente se distingue lo suyo de lo mío. En la comensalidad familiar las cosas se ofrecen. «Dale a tu hermano un trozo» no es como compartir el bocadillo con un amigo. La donación y el ofrecimiento del cuerpo de uno que está inserto en la sexualidad opera también en la comensalidad. En la familia «no se da de comer al hambriento» tal y como reza el principio fundacional de nuestra civilización en la relación con nuestros vecinos, más bien, en la familia uno da lo suyo como si perteneciera a otro, es decir, como otro distinto a mí es el hijo que aun así es nuestro, y ofrecer el cuerpo de uno al otro es fundar un nosotros donde, precisamente por ser ofrenda, genera una nueva disposición y un nuevo espacio… también en la nevera: quien tenga hambre que venga y coja poque todo es suyo.
Con todo ello, se puede también decir que existe una simulación del comer, en la boca y con nuestros labios, en la que nos devoramos físicamente al otro y que también los padres lo hacen con sus hijos y los amantes entre ellos: comerse a besos. ¿Es que acaso eso no es un beso? Un mordisco que no destruye lo que quiere comer sino que ensalza lo mordido al acariciarlo.