Imagen de archivo de Carl Schmitt en su biblioteca
'Consecuencias imprevisibles', Carl Schmitt y Georges Bernanos sobre el drama del clero moderno
Le da a ese movimiento ideológica y políticamente la posibilidad de cambiar la Constitución, de introducir la doctrina de la fe nacional, de disolver los sindicatos, etc
He estado leyendo, o mejor, devorando, «Mientras el Imperio siga ahí» (Una conversación) (2025), una entrevista inédita en lengua española de Klaus Figge, teólogo protestante, y el historiador Dieter Groh a Carl Schmitt en 1971 que duró varios días. Se trata de un libro que muchos schmittólogos llevábamos tiempo esperando con impaciencia. La obra, traducida por Fernando González Viñas, traductor, por cierto, que había acometido la ardua empresa de traducir el Glossarium en 2021 (ambas para El Paseo Editorial), se nos antoja imprescindible para la ampliación de horizontes en el campo de los estudios schmittianos, no tanto por su novedad (puesto que prácticamente todo lo que se comenta ha sido recogido ya por sus principales biógrafos: Reinhard Mehring, Joseph W. Bendersky, o por otros estudiosos como Helmut Quaritsch, Heinrich Meier o Ernst-Wolfgang Böckenförde), sino por el hecho de que la mayoría de estos trabajos no está disponible en lengua española.
«Mientras el Imperio siga ahí» (Una conversación) (2025) es todo un testimonio del origen católico del jurista de Plettenberg y de su familia en el contexto de la Kulturkampf alemana: «miembros de una minoría confesional, dice Schmitt, en un vecindario de intenso carácter evangélico-protestante, en parte también sectario-protestante (…). Las peleas de los niños, sobre todo con los evangélicos, entre católicos y evangélicos, y los evangélicos eran por supuesto mayoría… Siempre estábamos en minoría y nos consolábamos con que el día del Juicio Final se habría de ver quién poseía la religión verdadera».
Asimismo, en el libro se aborda la enigmática cuestión, en sucesivas páginas, acerca de la figura paulina del «Katéchon». Carl Schmitt se pregunta «¿Por qué no llega el final?». ¿Qué o quién lo está retardando? «Todo es íntima esperanza del final. El mundo se hunde. Mañana se hunde, está corrupto (…). Por qué no llega. Este esquema lo llamo yo teología política». Teología política de matriz agustiniana, añadiría yo, ya que, como él mismo comenta a su entrevistador: «Le daré un consejo: lea a san Agustín. Allí está todo». Tras haber confeccionado una lista de los posibles Retenedores de la historia llega a la conclusión de que, en resumen, hay dos opciones (lo que, por otro lado, demuestra su conocimiento de la tradición patrística). En primer lugar, esta fuerza retardatoria ha de ser la oración de los justos, la que pospone la llegada del Anticristo, que nos ofrece una prórroga, un todavía no… Así, «a veces son los silenciosos, que rezan, los que lo retienen. Se podría pensar que se deberían alegrar de que llegase el final. No, lo retienen, hay que darles las gracias, porque si no es por ellos ya habría llegado el final [Sonríe]». En segundo lugar, «algunos dicen, non absurde, que es el Imperio romano, ese sería el Katechon (…). ¿Qué es, entonces? Soy de la ‘ho katechon’. Dice, Tesalonicenses 2, 6, creo: ‘el Katechon’, ho katechon, e inmediatamente después: ‘to katechon’. Es decir, una vez masculino y una vez neutro. Eso no es otra cosa que: ‘Ho katechon’ es el emperador gobernante, ‘to katechon’ es el Imperio. Y mientras el Imperio siga ahí, el mundo no se hundirá». Palabras estas últimas que dieron lugar al nombre del libro.
Entre otras sugerentes reflexiones laterales sobre el problema de la técnica, la Historia, la Constitución, el positivismo, el decisionismo, la excepcionalidad y la tensión entre legalidad y legitimidad (todos ellos tópicos de su extensa obra), hace un balance de su paulatino proceso de adhesión al nacionalsocialismo. Schmitt articula un relato basado en «datos y hechos» que da cuenta de la complejidad interna del personaje, de su ambigüedad. En efecto, en 1932 el jurista alemán en «Der Missbrauch der Legalität» mostró gran desconfianza hacia el nacionalsocialismo y hacia Hitler: «Para nuestra aplicación práctica: quien el 31 de julio proporcione la mayoría al nacionalsocialismo, aunque no sea nacionalsocialista y vea a ese partido solo como un pequeño incordio, actúa como un necio. Le da a ese movimiento ideológica y políticamente la posibilidad de cambiar la Constitución, de introducir la doctrina de la fe nacional, de disolver los sindicatos, etc. Le entrega por completo Alemania a ese grupo. Por eso ha sido hasta el momento acertado, debido a las circunstancias, fomentar el movimiento de oposición a Hitler; el 31 de julio es extremadamente peligroso porque el 51 % al NSDAP le entregaría un ‘premio político’ de incalculable alcance». A lo largo de la entrevista, a Hitler lo considera «demasiado insignificante», lo llama «el lelo de Adolf» y destaca su «despreciable y malvado instinto». No obstante, su relación de amistad con figuras como Marcks, Ott, Popitz o Göring fueron ligando inexorablemente su destino al del III Reich. Y el mismo autor que dos años atrás había decretado en sus escritos la inconstitucionalidad del partido nacionalsocialista, llegaría a escribir artículos como «Der Führer schützt das Recht» (El Führer protege el Derecho). Reconociéndose un peón del movimiento que se vio obligado, en 1933, a jugar las cartas que debía jugar, cual «pícaro novelesco», concluye: «No quiero dar la impresión de que pretendo defenderme (…). ‘¿Por qué colaboró usted?’. Así comenzó. Cómo sigue es algo que solo puedo responder con una bonita frase francesa (…) a la que siempre acudo cuando escucho la palabra ‘Engagement’: On s’engage, puis on voit [‘Primero uno se involucra y después uno ve lo que ocurre’]».
Todo ello me lleva a compartir plenamente la opinión del entrevistador Dieter Groh cuando en su «epílogo» sostiene que «al principio fue difícil aportar algo sobre Schmitt, durante un tiempo fue difícil decir algo contra Carl Schmitt, y después fue difícil decir algo a favor de Carl Schmitt. Actualmente es difícil decir algo sin Carl Schmitt». Y ello es así porque en tan solo cuarenta años, este pícaro alemán ha adquirido vertiginosamente la categoría de clásico del pensamiento contemporáneo.
Ahora bien, ni su origen católico, ni su teología política paulino-agustiniana, ni siquiera el relato acerca de su adhesión al nacionalsocialismo, pilares de la entrevista, han llamado tanto nuestra atención como un pequeño detalle que pasa desapercibido…
En la Cinta 1. Catolicismo y conjura, más concretamente en el apartado «La casa parroquial católica», dedica un párrafo apoteósico a los grandes males de la historia de la espiritualidad, entreviendo el cisma de la iglesia alemana: «Para mí, dice Schmit, hay tres grandes polvorines en la historia de la espiritualidad: el gueto con los rabinos, determinadas órdenes, órdenes cristianas, no todas, solo algunas, y durante un tiempo también los jesuitas, y la casa parroquial evangélica. Lo más peligroso fue la casa parroquial evangélica». Tales declaraciones pueden, no obstante, opacar o desviar la atención de la reflexión inmediatamente anterior. Una reflexión de muchísimo mayor calado. ¿A qué me refiero?
En cierto punto, Schmitt en conversación con Dieter Groh, el teólogo protestante, afirma taxativamente: «Ninguna persona sabe lo que ocurrirá cuando el clero ya no proceda de los hijos de los campesinos, sino de la industria». Lo que podría parecer, a simple vista, una boutade recoge una brillante idea que tuvo casi cincuenta años antes...
En su obra Catolicismo romano y forma política (1923), libro que, en su segunda edición de 1925, llegó a contar con el imprimatur de la Iglesia católica, Schmitt reflexiona sobre la incompatibilidad del catolicismo con respecto a la «mentalidad económica», advirtiendo del peligro del aggiornamento que supondría el acople de la Iglesia a la sociedad capitalista. En su opinión: «No es posible acoplar a la Iglesia católica con la forma actual del capitalismo industrial. A la unión entre el trono y el altar no le seguirá una unión entre el despacho y el altar, ni tampoco la de la fábrica y el altar. Cuando el clero católico romano de Europa ya no se reclute fundamentalmente entre la población campesina, sino que la gran masa de los clérigos provenga de las grandes ciudades, esto puede tener consecuencias imprevisibles. No cambiará en nada aquella imposibilidad, pero probablemente continuará ocurriendo que el catolicismo se adapte a cada orden social y estatal» (subrayado propio). ¿Qué podría llevar a Carl Schmitt a sostener profética y sombríamente la misma idea en un lapso de tiempo de cincuenta años? Más allá del aggiornamento en sí, lo que preocupa a Schmitt son los posibles efectos de tal fenómeno. No es tanto que la Iglesia claudique frente a la Modernidad capitalista –que también–, sino las «consecuencias imprevisibles» de la aculturación que supone en la formación de los sacerdotes el haberse criado en un ambiente potencialmente nihilista y ateísta.
Veamos. Como es bien sabido, Schmitt era un ávido lector del Renouveau catholique (Renacimiento católico francés), esto es, Georges Bernanos; Léon Bloy; Paul Claudel; Jacques Maritain; François Mauriac; Charles Péguy… Si, por ejemplo, tomamos el índice onomástico de su Glossarium como referencia, rápidamente observamos cómo Bernanos y Bloy son de los autores más citados y mencionados (y, por ende, leídos por él). Lo que nos lleva a la siguiente conjetura: ¿Y si la preocupación por el cambio de fisonomía en el clero católico romano, producido por la ruptura que supone el hecho de que este ya no sea fundamentalmente reclutado entre la población campesina, proviniera de su atenta lectura de los escritos de Bernanos? Si bien es cierto que las obras donde Georges Bernanos ofrece una relación espiritual entre el campo y el sacerdocio (tanto en su Sous le soleil de Satan (1926), donde aparece ya un sacerdote, el abbé Donissan, destinado a una parroquia del medio rural, aunque todavía la figura del cura campesino no se constituya como centro dramático; como en su Journal d'un curé de champagne (1936), donde el arquetipo del sacerdote rural se desarrolla plenamente) son posteriores a la publicación de Catolicismo romano (1923), consideramos que el pathos de un ruralismo tradicional, manifestado en los escritos periodísticos anteriores del francés, podría haber influido en Carl Schmitt. Además, con independencia de que se hubiera dado esta influencia directa o indirectamente, quien ha llevado a la máxima expresión la intuición schmittiana acerca del drama que supone el cambio sociológico apuntado, ha sido el propio Bernanos en su Diario de un cura rural (1936). Es más, no sería descabellado pensar que el influjo fuera inverso, ya que la obra de Schmitt gozó de gran difusión en los ambientes católicos de la primera mitad del siglo XX. Sea como fuere, el escritor francés nos propone un drama religioso en el que narra en primera persona la lucha espiritual y la enfermedad física de un joven párroco de Ambricourt, en el norte de Francia. A través de su diario, muestra su incomprensión por parte de los feligreses, su fragilidad física y una búsqueda de Dios en la sencillez de la vida rural.
La pregunta es: ¿Qué papel juega el «campo» en su conversión? Por boca del cura de Torcy nos dice: «Trabaja –me dijo–, haz pequeñas cosas un día tras otro. Recuerda al escolar inclinado sobre su cuaderno, que saca la lengua al escribir. Así desea Dios vernos, cuando nos abandona a nuestras propias fuerzas. Las pequeñas cosas no parecen nada, pero dan la paz. Son como las flores del campo, ¿comprendes? Se las cree sin perfume y sus ramilletes llenan de aroma una habitación. La plegaria de las cosas humildes es inocente. En cada cosa humilde hay un ángel. ¿Rezas acaso a los ángeles?». El campo es el lugar de las «cosas humildes», de las «pequeñas cosas» que dan la paz, pero es también el lugar donde Dios «nos abandona a nuestras propias fuerzas». Es el desierto, es el vado de Yabboq donde el ser humano, encarnado por Jacob, se encuentra cara a cara con Dios y lucha con Él hasta quedar cojo. Y como explicaba el Papa Francisco en su Audiencia General, del 10 de junio de 2020, según el Catecismo: «La tradición espiritual de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia» (CIC, 2573). El campo, el desierto, el vado son el locus del combate escatológico. Con mayor razón aun para la vida de fe del sacerdote.
Para Bernanos, el campo influye de tres maneras:
1. En primer lugar, despoja al protagonista. La pobreza y el aislamiento destruyen su orgullo: «¡Heme aquí despojado, Señor, como Tú solo sabes despojar! Pues no hay nada que escape a tu intensa solicitud, a tu intenso amor».
2. En segundo lugar y ligado a lo anterior, lo invita a la humildad en su pequeñez: «Pues no tengo éxito más que en las cosas pequeñas».
3. Y, en tercer lugar, lo conduce al abandono final: «La lucha ha terminado. No la comprendo ya. Me he reconciliado conmigo mismo, con este despojo que soy. Odiarse es más fácil de lo que se cree. La gracia es olvidarse. Pero si todo el orgullo muriera en nosotros, la gracia de las gracias sería apenas amarse humildemente a sí mismo, como a cualquiera de los miembros dolientes de Jesucristo». Su enfermedad y muerte ocurren lejos de toda gloria.
Así, en Bernanos (y quizá en Schmitt), el campo simboliza: de un lado, la aridez espiritual, la humillación y la prueba; del otro, el silencio y vaciamiento del yo necesarios para la oración, que es la tierra fértil donde la Gracia actúa.
En esta Cuaresma el Señor nos lleva –como al cura de Ambricourt– al desierto. La ciudad es todo lo contrario del desierto. Está edificada por las manos de los hombres, a diferencia de la naturaleza desnuda esculpida por el Creador. La ciudad es transcurrida, tumultuosa. Representa la idolatría al dinero, al éxito, al ser, la ciudad es faraónica... La ciudad es el frenesí, el mundanal ruido, la distracción, el estímulo, la tentación, el hedonismo, el desenfreno, la distancia con el prójimo, el comportamiento gregario y la masa. Si pudiéramos resumir el ethos urbano con un pecado capital, diríamos que es la lujuria. En la ciudad se da la deshumanización e impersonalización de la existencia. Es el Egipto bíblico de las cebollas. La esclavitud a las comodidades materiales. La Hȳbris. En la ciudad se dan los comportamientos más peregrinos (véase la moda «therians»), depravaciones burguesas como diría Marx, de aquellos que, al desconectarse de la fuente del ser, han quedado reducidos a la servidumbre de sí mismos. La vida en el burgo (ciudad), en definitiva, aburguesa, acomoda, entibia. Y sabemos por el Libro del Apocalipsis que Dios vomitará de su boca a los tibios…
En este sentido se entiende la preocupación de Schmitt: ¿Cómo puede entonces afectar el que toda una generación de sacerdotes se haya emancipado de la contemplación, de los ciclos naturales, de los ritos comunitarios, incluso del silencio y el repliegue interior necesario para la oración, al derramarse en el activismo pastoral oenegeísta propio de la gran ciudad?
El campo, por el contrario, es un desierto alejado del mundanal ruido, es silencio, es vita contemplativa. Si decíamos que el pecado capital paradigmático de la ciudad es la lujuria, bien podríamos decir que el silencio, en ocasiones tedioso, del campo puede abocarnos a la acedía. Pero también es labranza, crianza, vita activa. En el campo uno puede sentir, ratzingerianamente, la herida de la belleza de Dios... En la ciudad, más aún en las megalópolis actuales, uno no puede sino mirar por largo tiempo al abismo de la fealdad humana. Y como reza el meme: «Somos bárbaros viviendo en las ruinas de una civilización superior». ¡Ojo! Somos plenamente conscientes de que el cristianismo nació en las ciudades en oposición al paganismo, esto es, frente a la piedad politeísta de los hombres del pagus, pero hay que reconocer que el centro de aquellas ciudades era el templo, el hecho trascendente, mientras que el corazón de nuestras ciudades es, a lo sumo, el centro comercial y el consumismo.
Así las cosas, en el campo puede darse aún ese precario equilibrio entre persona y comunidad, entre fe personal y rito comunitario, en definitiva, entre el solitario combate escatológico y la economía salvífica del corpus mysticum.
Obviamente, tanto en el campo como en la ciudad uno puede experimentar la soledad, pero es más fácil que en la ciudad uno se aliene, se evada, posponga. Quizá, el silencio de Dios sea más duro en la quietud del campo, no lo sé, pero si estamos de acuerdo en que el campo es un desierto y que este es el lugar propicio para la oración, concordaremos con el cura rural de Bernanos cuando dice: «La oración no es nunca soledad». Ahora comprendo mejor por qué mi amigo Aldo, joven sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado, me escribía unos días atrás para decirme: «Buenas noches, Yesurún. A partir de ahora no usaré más WhatsApp. Si necesitas cualquier cosa puedes contactarme por correo. Lo hago para tener un poco más de silencio». ¿Quién vela por la salud espiritual de los sacerdotes? ¿Qué pastor se preocupa por sus ovejas? Los sacerdotes hoy en día tienen una puerta a la vida mundana en sus bolsillos, pueden pasar totalmente desapercibidos enmascarándose entre la muchedumbre anónima de la gran ciudad, pero ¿es realmente culpa suya? Mientras la ciudad es el espacio óptimo para el cinismo, la desconfianza y, sobre todo, la duda metódica, es decir donde se cultiva, nietzscheanamente, la desconfianza hacia todo lo no creado (o mejor, inventado) por el hombre; el campo es el espacio de la piedad, de la tradición, en el campo se cultiva la fe. Mientras la ciudad es el infierno de lo igual, en el campo se yergue lo radicalmente nuevo: cada día nace un cabrito, crecen los frutos, salga el sol o llueva (para justos y pecadores), la vida se abre paso en la tierra como los brotes nuevos. ¿Se imaginan al sembrador de la parábola tratando de sembrar en cemento u hormigón? Yo no, y sin embargo esa es nuestra misión, puesto que bien en el campo, bien en la ciudad estamos llamados a una misma vocación: la santidad. Dios ha querido que el resto fiel persevere en Sodoma y Gomorra, la Babilonia criminal y Roma, hasta el martirio... Y, aunque sea un misterio, ha querido también que estos sacerdotes sean sal y luz en la secularizada ciudad moderna.
Ahora imagínense la trascendencia y las «consecuencias imprevisibles» de esta profecía autocumplida –de contornos schmittiano-bernanosianos– sobre los devastadores efectos en toda una generación individualista, nihilista y progresista de sacerdotes criados y aculturados en la gran ciudad por primera vez en la historia...