Silueta de un haz de luz saliendo de un faro
El Debate de las Ideas
Acerca de la luz
El ser humano es la criatura que necesita la luz. Ningún otro atributo le resulta tan precioso como la facultad de delimitar con sus ojos el perfil de las cosas. Consideremos un instante este hecho: apenas cae la tarde cuando nos apresuramos a encender las primeras luces de la casa. Esa penumbra incipiente en la que entonces nos deslizamos nos recuerda lo precario de nuestra condición.
Sí, somos seres dotados de unas cualidades asombrosas, pero a quienes, de tanto en tanto, la oscuridad restituye la memoria ancestral de su naturaleza desvalida.
Por lo general, no nos gusta la oscuridad, no estamos cómodos en ella. Experimentamos la ausencia de luz como una inquietante privación del mundo. Somos excluidos de la realidad en cuanto las sombras se apoderan de nuestro entorno. A este respecto, resulta inevitable especular acerca de cómo sería la vida del hombre antes de que aprendiera a dominar el fuego. Animal diurno por su misma conformación biológica, cabe suponer que la llegada de la noche le sumiría en una incertidumbre muy próxima a la angustia. ¿Qué otra cosa podría hacer, con la llegada del ocaso, sino acudir al abrigo de alguna oquedad donde sentirse a salvo de los peligros que le acechaban? De su imaginación debió de surgir entonces todo un universo de potencias hostiles cuyo asedio trataría de conjurar implorando el favor de las divinidades a las que adoraba.
La noche es, pues, el ámbito de lo incierto y amenazador y, a la vez, ofrece el marco adecuado para que la fantasía despliegue sus dones. El arte, y muy en particular la literatura, han modelado un rico muestrario de criaturas y tramas que hallan en la noche su hábitat predilecto. Así, la noche brinda a los amantes que han quebrantado sus votos de fidelidad la ocasión del encuentro, y también es el instante en el que, al amparo del anonimato que procuran las sombras, los conspiradores se reúnen para elaborar sus planes. El adulterio y la traición, en general aquello que resulta inapropiado o peligroso que quede expuesto a la luz del día, son, por su mismo cariz transgresor, acontecimientos característicamente nocturnos.
En la noche lo atractivo se confunde con lo aterrador. Pero a nosotros, habitantes de un mundo desencantado, acomodados urbanitas que ya no guardamos con la naturaleza más que una relación esporádica y mediatizada por la técnica, nos cuesta participar de la experiencia de misterio que para el hombre de otras épocas supondría comprobar cómo, con cada atardecer, las cosas se sumían en la paulatina indefinición del crepúsculo.
En efecto, salvo en los minutos que anteceden al momento de hundirnos en el sueño, el resto de nuestra existencia transcurre en medio de una prodigiosa sobreabundancia de luz. A cualquier hora del día, sin ser conscientes de ello, absorbemos la luz como si se tratara de un nutriente vital que afianza nuestro lugar en el mundo. Ella nos infunde seguridad y ahuyenta, de paso, las brumas de la melancolía. No es extraño, pues, que a lo largo de la historia de la cultura la humanidad le haya conferido una fuerte significación simbólica. Allí donde la luz retrocede, surge un terreno propicio para que el mal ensanche sus dominios. «La noche está avanzada y se acerca el día –escribe san Pablo– Desechemos, pues, las obras de las tinieblas y vistámonos con las armas de la luz».
El bien resplandece, irradia una luz propia. En cambio, para manifestarse, al mal le basta con el desvanecimiento de esa claridad, a veces tan tenue, que alumbra el camino de los hombres. Es entonces el momento en que la confusión se desata. Ya no hay arriba ni abajo, derecho ni torcido. Los hechos se igualan en valor porque deja de estar vigente un patrón que los jerarquice. La opinión del necio cuenta lo mismo que el dictamen del sabio. No se trata, claro está, de un estado de oscuridad en tanto fenómeno físico, sino de la situación de desbarajuste moral que, en ausencia de referentes esclarecedores, antecede al colapso de una civilización.
En lo fundamental, la Ilustración consistió en el intento de ordenar la vida de los hombres a la luz privativa de la razón. Contra las tinieblas de la ignorancia en que suponían que había permanecido envuelta la humanidad durante la mayor parte de su historia, los ilustrados alentaron la idea de que la propagación del saber, y en particular de un saber basado en el conocimiento científico, bastaría para inaugurar un tiempo nuevo, una era de plenitud y justicia universales cuyos ideales quedaron plasmados en el categórico lema «Libertad, igualdad, fraternidad» con el que los revolucionarios franceses racionalizaron su acción desmanteladora del pasado.
De modo que se identificó la luz con el conocimiento y el conocimiento con el bien. Y a la escalonada salida de la oscuridad primigenia en la que el ser humano habría penado durante milenios es a lo que desde entonces se le ha venido reconociendo con el nombre de progreso.
El progreso supondría, en el plano teórico, una incesante acumulación de luz: cada vez más conocimiento, cada vez más bienestar, cada vez un reparto más equitativo de las riquezas terrenales. El saber, difundido de manera homogénea y a una escala multitudinaria, culminaría en una humanidad de individuos emancipados, liberados de las creencias «supersticiosas» de sus ancestros y capaces de conducirse en la esfera de los asuntos públicos según criterios estrictamente lógicos. Para que ello fuera posible, todos los aspectos relevantes de la vida comunitaria quedarían bien a la vista del ciudadano, quien, depositario inalienable de la soberanía, ostentaría el derecho a decidir periódicamente en qué sujetos delegar la potestad de dirigir la nave del Estado.
Transformado en una especie de nueva fe, el progresismo ha sido elevado durante al menos el último siglo y medio a la categoría de dogma. Ello se ha traducido en un suceso insólito: la moralización de la política. Si la historia avanza en un sentido exclusivamente rectilíneo, la cúspide de los modelos de organización social estaría representada por el triunfo de las llamadas democracias liberales, diseñadas, todo sea dicho, conforme al patrón excluyente que promulgan las ideologías de corte progresista. Pero si damos por válido este aserto de una manera incondicional, surge una cuestión decisiva: quien define lo que es el progreso domina el marco intelectual, cultural y político en el que se desenvuelve la existencia colectiva. Y quien se atreve a cuestionar dicho marco queda relegado de inmediato a una situación de marginalidad que no dista mucho del oprobio. En pocas palabras, se le trata como a un apestado.
Las preguntas que cabría hacerse ahora serían: ¿es este presente urdido por los ideólogos del progreso el reino de la diversidad y la tolerancia, de la igualdad y el predominio de las leyes compasivas que nos quieren hacer creer?; ¿se han librado los habitantes de las naciones más desarrolladas de su sometimiento, parcial o absoluto, a sistemas de poder opacos?; ¿vivimos -en esta supuesta era de la razón crítica- a salvo de los grandes artilugios propagandísticos consagrados a la manipulación bastarda de las emociones?; ¿son las democracias de hoy regímenes donde se han consolidado la transparencia informativa, la separación de poderes y la defensa del bien común como sólidos parapetos tras los que hacer frente a los intereses tantas veces espurios de los grupos de presión minoritarios?
«Luz, más luz» es la célebre frase atribuida a Goethe en su lecho de muerte. Y sin embargo, puede que sea el exceso de luz una de las causas principales de nuestra ceguera de hoy. Vemos más, pero no entendemos lo que vemos. Nos saturan de información, pero somos incapaces de interpretarla. Vivimos rodeado por el coro estupefaciente de las opiniones, pero en nuestras argumentaciones diarias apenas si nos aventuramos más allá del bucle acartonado y estéril de los lugares comunes. Resulta entonces que la sociedad de la transparencia y la razón, la sociedad heredera del ideal ilustrado, es también el tiempo oscuro de la realidad más delirante y de la verdad secuestrada.