Fundado en 1910
'La paradoja del padre'

'La paradoja del padre'

La paradoja del padre

Y entonces, un día cualquiera, sucede algo que quiebra la linealidad del proceso: un salto en el tiempo, un síncope imprevisto en el ritmo calmo y amortiguado que hasta entonces impregnaba el discurrir amable de los días

Sucedió hace unas semanas. Era un domingo a primera hora del día y estábamos acabando de vestirnos antes de salir de casa. Como corría un poco de prisa, me acerqué a la habitación de mi hijo pequeño, asomé la cabeza por la puerta entreabierta y le pregunté si necesitaba ayuda. «No, gracias», me respondió. Me giré sobre mis pasos y seguí a lo mío. Tardé unos segundos en percatarme de lo que acababa de suceder: era la primera vez que mi hijo rechazaba mi ofrecimiento. Hasta ese día, yo le había venido ayudando con los últimos detalles en la labor de acomodarse su atuendo dominical; había aplicado mi celo paterno e invertido una generosa porción de mis reservas de paciencia en la resolución de esos pormenores –acabar de abotonarle la camisa y hacerle un doble nudo a los cordones de los zapatos- que requieren de una destreza que sólo con el tiempo y la práctica se consolida.

Y de repente mi colaboración se desestimaba. Mi hijo era capaz de vestirse sin que yo tuviera que intervenir para supervisar la diligente culminación de su tarea. En apariencia, se trataba de una cuestión anecdótica en la que no merecía la pena demorarse; pero sucede que es precisamente bajo la superficie de lo anodino donde muchas veces nos topamos con el rostro de una verdad que nos sobresalta.

El hecho en sí no suponía más que otro paso en la dirección natural de las cosas. Los niños crecen y sus habilidades se depuran; con una plasticidad asombrosa, sus mentes se amoldan a los desafíos que la realidad les plantea. La apropiación del lenguaje y el desarrollo de sus facultades motoras constituyen sin duda sus logros más espectaculares, tanto por la velocidad a la que se producen como por el hecho de que están destinados a influir de una manera decisiva en su modo de habitar el mundo. Pero los cambios no cesan. Sus cerebros absorben datos que inmediatamente transforman en información útil para el desciframiento de la realidad en la que se desenvuelven. Sus sentidos captan hasta los matices más sutiles del entorno. Al contrario de lo que sucede con la mayoría de los adultos, para ellos la curiosidad no es un lujo de la inteligencia, sino una respuesta elemental a su afán por desentrañar el enigma que les suscita cada experiencia inédita, cada objeto desconocido, cada rincón por explorar.

De ahí que, durante los primeros años de la vida del niño, sus padres vivan en un estado de vigilancia que no admite resquicios. Para que el proceder espontáneo de la criatura no acabe obrando en perjuicio de su integridad, sus padres asumen, imbuidos de un instinto providencial que se anticipa a las amenazas circundantes, la responsabilidad de poner límites al alcance de sus impulsos. Entretanto, el niño va conquistando nuevas cotas de autonomía. Lo hace de una manera constante, en un itinerario siempre ascendente, sumando una pequeña victoria tras otra en sus diarias escaramuzas con el mundo.

Sin embargo, la mayor parte de los éxitos mediante los cuales la criatura ensancha los márgenes de sus dominios pasan inadvertidos a los ojos de los padres. Estos perciben el dinamismo de una evolución, se dejan envolver -si no surgen indicios anómalos- en la tranquilizadora conciencia de que todo marcha a su debido ritmo. Y entonces, un día cualquiera, sucede algo que quiebra la linealidad del proceso: un salto en el tiempo, un síncope imprevisto en el ritmo calmo y amortiguado que hasta entonces impregnaba el discurrir amable de los días.

Fue aquella mañana de domingo cuando me di cuenta de que algo había cambiado en la relación con mi hijo pequeño. La nimiedad que suponía la cancelación de un hábito doméstico asumía de improviso las trazas de una revelación. Era como la marca que jalona el final de una etapa y anuncia el comienzo de la siguiente. El vínculo de dependencia que, de manera necesaria, une a los hijos con sus padres no se había disipado, pero se había revestido de un cariz distinto. Así pues, yo debía dar un paso atrás en lo referente al peso de mi presencia en la vida del niño. El logro que para él representaba el hecho de acabar de vestirse sin ayuda de nadie dejaba en mí, sin embargo, un regusto ambiguo. Porque ese logro, que a todas luces debía considerarse para ambos un motivo de celebración, al mismo tiempo se erigía en la evidencia inapelable de que yo estaba dejando de ser para mi hijo una figura imprescindible.

De modo que en esto consiste la paradoja de ser padre. Por descontado, se trata de una verdad tan antigua como nuestra especie, pero ese carácter consolidado no la vuelve menos problemática. La paradoja, que por supuesto es compartida por la madre, se resume en lo siguiente: te haces cargo de un ser humano desde el instante mismo en que viene al mundo, atiendes a todas y cada una de sus necesidades, lo educas, vigilas sus pasos, le ofreces cariño y consuelo, tratas de proveerlo de una reserva suficiente de confianza con la que pueda plantarle cara a las más feroces eventualidades del futuro, y mientras haces todo eso y desarrollas un apego hacia él como seguramente no sentirás hacia nadie más durante el resto de tu vida, te resistes a admitir que el fin último de tus desvelos sea que, llegado el momento, ese ser se halle preparado para apartarse de ti y emprender su propio camino.

Pero así son las cosas. Ver crecer a un hijo es sentir que vas siendo poco a poco desplazado del centro de la vida de alguien que, a su vez, fue un día el centro de tu propia vida. Se necesita humildad para aceptarlo, y también una cierta dosis de fe en que el legado que le has transmitido acabará alguna vez por dar sus frutos. Supone asimismo aprender que toda ganancia implica una pérdida y –puede que sea esto lo más doloroso- admitir que hay instantes de una dicha cómplice y perfecta que ya sólo se repetirán en tu memoria.

Ahora, las demostraciones de cariño se atenúan, las palabras se recubren de una entonación menos enfática. De un modo paulatino -que de paso sirve para mostrarnos de qué vertiginosa sustancia está hecho el tiempo- la atención al orden de las necesidades materiales (alimento, sueño, higiene) se ve desplazada por otros modos de acompañamiento no menos importantes, y que en lo sucesivo será necesario aprender a brindar desde los márgenes de la vida.

Pero el amor permanece intacto, fuerza primigenia del universo, tan incondicional y solícito, tan limpio y rebosante de generosidad como debió de surgir desde la matriz de un mundo recién estrenado en el primer amanecer del hombre.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas