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El Debate de las Ideas
Caridad y fronteras
Quiero empezar con una advertencia: me dedico a la antropología filosófica, a la filosofía de la cultura y voy a abordar la cuestión que se anuncia en el título desde esa perspectiva. Es verdad que soy cristiano, y es verdad que quiero tener en cuenta los principios doctrinales de la Iglesia, pero quiero abordar aquí el asunto con la libertad académica del que quiere entender las cosas y quiere ayudar a que los demás las entiendan, desde mi compromiso profesional con decir lo que veo.
Asumo el riesgo de parecer demasiado académico, pero no veo manera de pensar sobre estas cuestiones sin remontarnos un poco. Buena parte de mi recorrido profesional como profesor de filosofía en la universidad ha consistido en hacer plausible para mis estudiantes que en el hombre hay una dimensión que no es estrictamente orgánica, material. Pero desde hace un tiempo el reto es otro: hacerles ver lo relevante que es para poder pensar al ser humano que somos mamíferos y que la condición de organismo mamífero no es irrelevante, ni impertinente, ni insignificante. Y que de ese contexto se extraen muchas luces sobre las cuestiones humanas.
Somos mamíferos, sí, pero somos mamíferos muy raros y una de las cuestiones más raras y asombrosas de nuestra especie es que no tenemos propiamente hablando instintos. Es verdad que en el lenguaje común hablamos de instintos, pero en sentido estricto, un instinto es un automatismo conductual. Es un esquema rígido entre un estímulo y una respuesta que está regido por un tipo de inteligencia que no es tanto individual como de la especie y que se traslada en su mayor parte por vía filogenética, o sea, por el patrimonio genético que se traslada desde los procreadores hasta la criatura. Un tigre no necesita mucho para discriminar entre lo comestible y lo incomestible. Las grandes líneas de la conducta animal, la reproductiva, la alimentaria, la del acecho o la fuga, según se trate de depredadores o de presas, están estructuradas y no hay originalidades de tipo individual porque la inteligencia que se está poniendo en juego es una inteligencia de la especie, que se traslada filogenéticamente. Los individuos de esa especie no tienen, pues, que discriminar.
Nosotros no tenemos, propiamente hablando, instintos. Tenemos inclinaciones. Pero esas inclinaciones no desencadenan automatismos conductuales. Nuestras inclinaciones están mediadas voluntariamente y están mediadas, además, por códigos simbólicos que son diversos según la pluralidad de los sistemas culturales. Nosotros no sabemos qué es lo comestible y lo incomestible, no sabemos identificar el agua potable y, cuando lo identificamos, es por criterios culturales, porque está embotellada y es traslúcida.
Esto tiene que ver con algo que para mí fue en su momento una sorpresa: los estudiosos de la conducta humana cayeron en la cuenta de que esa falta de inteligencia grupal transmitida genéticamente, nuestra especie la sustituye mediante un recurso básico que es la prohibición. Todos los sistemas culturales, y también el sistema de socialización de los niños, están repletos de estrategias de poner límites. El proceso de socialización, o sea, de incluir al niño en una sociedad humana, se produce mediante la puesta de límites. Somos libres porque no tenemos instintos y porque por eso mismo nuestra conducta no está fijada ni determinada, pero nuestra condición de seres libres requiere sistemas prohibitivos, sistemas en los que esa libertad tenga que atenerse a unos límites.
Para poner un ejemplo, los grandes monos antropoides luchan contra la endogamia, o sea, evitan que el grupo se reproduzca solo entre ellos, con un mecanismo que es instintivo: cuando los machos orangutanes, por ejemplo, crecen y entran en la madurez sexual, los machos dominantes del grupo los expulsan porque no quieren competencia. Y como los expulsan, esos machos tienen que buscar nuevos grupos y de esa manera no se produce una endogamia que daría lugar a la inviabilidad de la especie.
Las especies en las que se produce competencia entre los machos por las hembras se caracterizan por un dimorfismo sexual muy claro y acentuado. Los machos tienen una diferencia anatómica muy marcada con las hembras. Nuestra especie humana es la que menor dimorfismo sexual tiene. No hay ninguna especie de homínidos en la que el varón se parezca tanto a la hembra como nuestra especie. Conclusión etológica: esta especie ha resuelto de alguna manera el acceso sexual entre los varones y las hembras de tal manera que no existe un sistema, estrictamente hablando, de competencia. ¿Y cómo una especie así evita la endogamia? La única manera es mediante la prohibición del incesto. ¿Esta prohibición se traslada genéticamente? No. La prohibición del incesto se traslada culturalmente, mediante aprendizaje, y es una prohibición decisiva. Sin prohibición del incesto no hay sociedad familiar. Si el padre o la madre pueden tener trato sexual con sus hijos, entonces no hay manera de saber qué es un padre o una madre, ni qué es un hijo o un hermano.
La prohibición es lo fundacional de la sociedad familiar y además la prohibición del incesto produce un efecto muy interesante. Los que son excluidos del trato sexual son incluidos en ese tipo de sociedad familiar que se funda en esa exclusión. Los que quedan excluidos del trato sexual son precisamente los que quedan incluidos dentro de esa nueva sociedad que es la familiar.
Esto se ve quizás más claro con una segunda prohibición, que para nosotros es muy importante: la prohibición del canibalismo. Los que son excluidos de la condición de alimento son incluidos en la comunidad de lo humano. Al que no reconoces la condición de humano te lo puedes comer porque es caza. En cuanto deja de ser caza, es excluido de la condición de alimento y por eso mismo es incluido en la condición de humano.
Desde este punto de vista, en el relato de la creación en el Génesis se pone una prohibición: la creación del ser humano, en tanto que ser libre, no está completa hasta que se pone una prohibición. Mediante la prohibición se eleva al hombre al estado de libertad, que le distingue del resto de los animales a los que no se les puede poner leyes, pues han sido creados con sus leyes ya escritas, las de su especie. Por eso también un pueblo alcanza el estatus de libre cuando se le da la ley. Eso es lo que hace Moisés con los judíos cuando les da la ley: liberarlos. Los pueblos son libres cuando tienen ley, si no la tienen son solo libres potencialmente.
Si la prohibición del incesto da lugar a la sociedad familiar, la prohibición del incesto hace posible la virtud familiar. Y si la prohibición del canibalismo da lugar a la comunidad de lo humano en forma negativa, su forma positiva es la virtud de lo humano. Y si las prohibiciones que son el contenido de la ley son su forma negativa, su forma positiva es la pietas romana. La pietas romana contiene el conjunto de deberes que el hijo tiene que tener respecto del padre. No es un término originariamente religioso, es un término originariamente familiar. Lo que pasa es que lo religioso y lo familiar en la sociedad antigua no está tan disociado como lo está entre nosotros.
Por ampliación de la pietas familiar aparece la veneración de los antecesores, de los padres de mis padres, que son los difuntos. Y entonces la piedad se vuelve también una afiliación funeraria y se asocia a la idea de la religión, o sea, de los deberes de culto respecto de los antepasados. Y por ser una virtud filial se amplía también al lugar patrio, al lugar de los enterramientos, al lugar de la casa, al territorio habitado, labrado, roturado, que se llama patria.
Y por eso la pietas es una virtud que tiene que ver con la virtud familiar, y tiene que ver también con la religión antropológica, que es funeraria, y con aquellos elementos que se reciben como un legado. El territorio, las instituciones, las leyes, las costumbres, los idiomas. Ante ellos, los hombres sienten una inclinación natural a respetarlos, venerarlos y preservarlos.
Veíamos que la prohibición del canibalismo, y por tanto la generación de la sociedad humana, es el mandato de que a los seres humanos tienes que dejar de comértelos. Pero eso es solo la parte negativa: la parte positiva es que a los seres humanos tienes que dejar de comértelos y darles de comer.
Porque los humanos son los que se dan de comer entre sí y no los que se comen. La institución antropológica precristiana que recoge la idea de que hay que dar de comer a los hombres por su condición humana y no comértelos, tiene un nombre: hospitalidad. Y tiene un tratado literario que es una especie de elogio monumental de la hospitalidad y que no por casualidad es uno de los libros fundacionales de nuestra tradición, la Odisea. Si en la tradición romana se define lo humano por la pietas, en la tradición griega se define más intensamente por la hospitalidad.
Dice Aristóteles, y yo creo que lleva mucha razón, que los que consideran poco deciden pronto. O sea, que es muy fácil decidir cuando consideras pocas cosas. Pero que en cuanto empiezas a considerar muchas, la decisión se hace más problemática. Yo soy filósofo y quiero que las cosas aparezcan con su complejidad. Una complejidad que no queda resuelta por el hecho de ser filósofo ni por el hecho de ser cristiano.
La hospitalidad es una virtud doméstica. Pero hay un momento en la historia de las civilizaciones mediterráneas en el que la hospitalidad doméstica se somete a tal tensión, a tal demanda de acogida, que se tiene que, como ahora decimos, externalizar. No ser ya una virtud de la casa, sino generar un espacio propio. Y así se crean los hospitales. Esa sobredemanda de hospitalidad se produce en las grandes rutas de peregrinación, en la que lleva a Santiago, en la que lleva a Roma y en la que lleva a Jerusalén, que es donde se crean los hospitales. Que no son una casa doméstica, sino una institución fundada desde la hospitalidad.
Las casas no se fundan para la hospitalidad, se fundan para dar cobijo y librar de la intemperie al grupo familiar. Pero el hospital se instituye para ejercer una hospitalidad irrestricta con todos los que lleguen. Y los que la gestionan ya no son padres de familia, sino personas que han llevado la hospitalidad a la perfección que exige la caridad cristiana.
Pero para hacerlo se tienen que ir de las casas particulares y fundar hospitales. Esto es crucial: la hospitalidad que la caridad cristiana puede demandar al padre de familia no es la misma que la que puede demandar a instituciones de acogida. Del mismo modo, la hospitalidad que la caridad cristiana puede demandar a las sociedades civiles no es la misma que la hospitalidad que la Iglesia puede demandar a sus fieles. Por eso yo, como padre de familia, ciudadano, receptor de un legado cultural, de un territorio que me han transmitido mis antepasados, y como hijo de la Iglesia, tengo deberes que no son considerados cuando se plantea la hospitalidad como algo meramente universal y a la luz de la caridad.
La sociedad familiar humana se puede describir muy bien como un dentro en el que sus miembros quedan a salvo de la intemperie del mundo. Ese dentro está muy bien reflejado simbólicamente con el fuego. El 90 % del tiempo nuestra especie ha vivido a la intemperie. El fuego lo puso a salvo del frío, de la oscuridad y de las bestias. O sea, le puso a salvo del invierno, de la noche y de las bestias. Y ese estar a salvo de esas tres cosas hizo el mundo habitable en su conjunto. En torno al fuego, el mundo se hizo habitable para una especie como la nuestra, que tiene muchos problemas para conseguir lo que se llama homeostasis térmica, es decir, no morir de frío. Por eso, la casa, el lugar de la familia y el lugar del fuego se dicen igual: hogar.
El hogar humano se constituye no por su cierre, sino precisamente por su apertura. Lo que distingue a la casa humana, además de, obviamente, el fuego, es... es la puerta. No el tabique. Obviamente, la puerta se puede cerrar, pero si solo se cerrara, no sería puerta.
Lo propio de la casa es la puerta y la puerta está hecha para abrirse. La costumbre humana de que se inaugura la casa invitando es porque la casa no está acabada, en tanto que humana, sin la apertura y la acogida de los otros. Dicho de otra manera, la hospitalidad es constitutiva del hogar humano. Y la crisis de la hospitalidad es también una crisis del hogar humano. En la casa donde no se acoge hay un fenómeno de pauperización humana antropológica, hay un fenómeno de deterioro del hogar propio, que es exactamente lo que pasa en las fincas de las grandes ciudades. La vecindad es una institución humana de primera importancia: antes, a los vecinos, les podías dejar las llaves de tu casa. Y entre las virtudes cristianas que las familias cristianas en la actualidad viven con más imperfección está la hospitalidad, que es un hábito humano y una institución humana precristiana Lo cual no quiere decir que no sea cristiana, pero no tuvo que llegar el cristianismo para que en las sociedades humanas se practicara. La caridad perfecciona la hospitalidad, tanto la doméstica como mediante la creación de los hospitales, que junto con las universidades son los dos únicos edificios que hay en las ciudades medievales cristianas y que no estaban en Roma ni en Atenas. Hospitales y universidades.
Pero además de aquellas dos prohibiciones que señalábamos antes, hay una tercera prohibición, que es con la que se crean las sociedades de vecinos. Las aldeas se crean cuando se establece la prohibición de las lindes, que son muy importantes. En lenguaje antiguo son sagradas. Hasta ese momento eran clanes tribales, sociedades compuestas por sujetos con vínculos parentales. No había vecinos. Se crea una sociedad de vecinos, que entre ellos no tienen un vínculo familiar, cuando las lindes se respetan mutuamente. Y si dos vecinos no están de acuerdo en la linde, ahí no puede haber sociedad, hay guerra. No puede haber sociedad civil, hay guerra civil. Es lo que cuenta Tito Livio a propósito de cómo Rómulo y Remo crean Roma. Rómulo es elegido rey, coge un arado y traza un perímetro, abre un surco y dice: 'aquí está la ciudad'. Pero de la ciudad hay que poder entrar y salir. Y entonces levanta el arado en un sitio y queda un sitio sin surco; en latín, portare, y de ahí puerta. La ciudad es un dentro, como la casa, del que se puede entrar y salir, y tiene una puerta. Y proclama: 'quien allane el surco, quien traspase el límite, será reo de muerte'. Y su hermano, medio mofándose y despechado porque no ha sido él el beneficiado por los dioses, lo salta y entonces Rómulo cumple lo que había dicho y lo ajusticia.
Rómulo ha fundado una sociedad de vecinos, ha establecido un surco, un límite, que es la forma material de una ley, y ha dicho que quien lo traspase será reo de muerte, y como además de rey es también juez, la ha hecho cumplir, y además con un hermano gemelo. O sea, ha generado un tipo de sociedad donde es más importante los límites que respetamos entre nosotros que el hecho de ser hermanos. Y por tanto, es un tipo de sociedad donde los parentescos van a ser secundarios respecto de la vecindad.
En latín, el surco que abre el arado se llama lira. Por eso la acción del que se salta el surco se nombra con el verbo delirare. Delira el que ha perdido el sentido común. Y el sentido común es también el sentido de lo común. Y el sentido de lo común es que, si en mi casa alguien entra por la ventana, yo le sacudo con lo que tenga a mano. Si viene por la puerta, no, pues no tengo en principio que temer daño, pero si entran por la chimenea o por la ventana…
Y si tengo un hijo que le da por entrar por la ventana, pues lo tengo que llevar al psicólogo porque delira. Hay una cosa para entrar que se llama puerta. Y es muy importante porque la ventana la tengo abierta para que entre el aire y no el que quiera. Y en cambio la puerta la puedo abrir y la puedo cerrar, así que puedo poner límites, y si puedo poner límites, puedo poner a salvo a los que están dentro de la casa. Y es mi obligación poner a salvo a los que están dentro de la casa porque soy el padre.
Mis deberes morales, que tienen naturaleza universal, tienen sin embargo ordinalidad. Yo tengo obligación de dar de comer a todos los hombres, pero no quitándoles la comida a mis hijos. La primera obligación que tengo es dar de comer a mis hijos, y luego a los hijos de mis vecinos, y luego a los hijos de los vecinos de mis vecinos… Y si puedo, a todos los hombres. Pero sólo si puedo.
Por eso si quiero que se ejerza una hospitalidad irrestricta e ilimitada, no puedo hacerlo en mi casa. Tengo que crear hospitales. Pero el hospital no puede estar dentro de la ciudad. Porque si dejo entrar en la ciudad a todo el mundo que va a ir al hospital, entonces la ciudad se ha acabado.
Es cierto que tengo obligaciones, muchas. Tengo que vivir la caridad perfecta con mis hijos. Y con mis vecinos. Y tengo que mantener el legado de mis antepasados y trasladarlo a mis hijos…
Hay algo, además sobre lo que no les he llamado la atención antes. Hablar de hospitalidad y de inmigración como si lo uno implicara lo otro es equivoco. Porque la hospitalidad es la institución de acogida al viajero, no al que viene a quedarse. En los hospitales se vivía la forma de la caridad perfecta respecto de los peregrinos… en la suposición obvia de que los peregrinos seguirían, cuando pudieran, su camino. El hospital no es solo el hábito de la hospitalidad sino también el hábito del cuidado y de la cura. Porque viene con el tobillo doblado y no puede salir mañana, pero saldrá. Nadie se viene a vivir al hospital. Ni queremos que viva la gente en el hospital. Es un lugar de tránsito. Un lugar de acogida con arraigo no es un hospital. Es otra cosa.
Si no entendemos esto corremos el riesgo de plantear a los fieles cristianos que vivan una forma de la acogida que es la de una caridad que se corresponde con formas de vida consagradas, pero no con el estatuto de ciudadanos de una nación. Yo no creo que la nación sea un bien que la Iglesia tenga que preservar, pero a mí sí me corresponde. Es un bien de naturaleza temporal, pasajero, fugaz, pero es una unidad de destino en el mundo. De los que tenemos los mismos antepasados, hablamos los mismos idiomas, hemos generado las mismas instituciones, hemos cultivado el mismo territorio.
Es por ello que hay que repensar la hospitalidad, porque la hospitalidad es la virtud de la acogida que ejercemos con los hombres en tránsito. Y también hay que repensar el estatus del huésped, porque no me parece que sea razonable pensar que los hábitos de la casa los van a cambiar los huéspedes que están acogidos. Y me parece que es una actitud elemental del huésped adoptar los hábitos del anfitrión. Y por tanto, que es una disposición elemental exigible que quienes vienen, no en tránsito, sino por la razón que sea y se les acoge, tengan la disposición elemental a asumir, al menos en lo esencial, los hábitos de quienes les acogen. No exigirlo es dejar, sencillamente, que el huésped se conduzca de manera abusiva.
Hay bienes temporales, completamente fugaces, pero que son también ámbitos de salvación. Y quizás no son obligación moral de la Iglesia universal, pero son obligación moral de los cristianos que pertenecemos a esa comunidad. Tenemos que ver cómo atender a una caridad, a la que somos llamados igual que los religiosos, pero no en los mismos modos que los religiosos. Por eso tenemos el derecho de plantear que, por afín que sea el origen de las personas que acogemos en nuestro país, es razonable plantearles que no pueden formar una comunidad de iguales a las que trasplanten sus hábitos en el contexto de nuestras sociedades. El multiculturalismo es una empresa occidental fallida que no ha conseguido el grado de integración ni de convivencia necesario.
¿Por qué vienen a nuestro país? Porque aquí hay futuro. Un futuro que no tienen en su casa. No sé cuándo empezamos a llamar migrantes a los emigrantes. Vaya por delante que ambas palabras son correctas y se pueden utilizar. Pero ese momento tiene que ver también con un cambio cultural, cuando una determinada posición ideológica al mando en los Estados europeos decidió utilizar las migraciones de distinto patrón cultural para disminuir y diluir el patrón cultural dominante, que les resulta poco afín y poco hostil. Cerrar los ojos a esto es cerrar los ojos a una realidad histórica.
¿Se ha visto algo más anómalo en la vida que la alianza sentimental entre partidos de naturaleza neomarxista y emigrantes seguidores de una religión teocrática? ¿Es una conclusión aventurada decir que lo que les une es un enemigo común? Es más, ¿hay algo que un Estado laico pueda preferir más que una erosión de las matrices culturales, religiosas y morales precisamente para conseguir la posición de neutralidad arbitral que le concede su actual pretensión de autoridad moral? ¿Vamos a cerrar los ojos a esto?
En definitiva, la forma en la que un país asuma los requerimientos universales de la hospitalidad según la caridad cristiana puede tener las mismas limitaciones que tiene mi casa, que no puede albergar a todo el que lo desearía. Y también puede preferir, sin que en ello haya un ápice de racismo, que hay orígenes que producen síntesis integratorias que son más pacíficas y más duraderas. Este es un tema que la Iglesia en España tiene que discutir, pero no solamente entre personas consagradas. Se tiene que escuchar primordialmente a laicos cristianos que quieren vivir la perfección de la caridad, pero que tienen deberes respecto de bienes que son temporales y seculares.
Antes he dicho que vienen aquí porque tienen futuro. Y tienen futuro porque hay instituciones. Las instituciones son pasado. Aquí hay un futuro abierto porque hay instituciones, porque hay trabajo acumulado de los hombres con la forma de memoria. Y la principal de ellas es la universidad, el lugar donde tenemos el depósito de todo lo que hemos sabido hasta el día de hoy, y lo tenemos para comunicarlo a quien quiera, a quien tenga la disposición, a quien pueda. Ese es un invento cristiano.
Y en la universidad se comunica ese saber indiscriminadamente, no como tiene que hacer un padre. Un padre no puede enseñar su oficio al primero que llegara, porque se quedaba sin oficio para darles de comer a su familia. Fue la perfección de la caridad cristiana la que hizo que el conocimiento se trasladara no solo de padres a hijos, sino a cualquiera que llegara a la universidad. Fue la perfección de la caridad cristiana vivida por hombres consagrados la que dio lugar a la hospitalidad irrestricta en los hospitales. Pero no olvidemos que aquella fue una virtud para el transeúnte, y que en cuanto deja de ser una virtud para el transeúnte hay que pensar en los deberes del huésped y en la necesidad, indefectiblemente, de que haya límites.
Este texto reproduce la ponencia que el autor expuso en el marco de las III Jornadas de Católicos y Vida Pública de Alcalá de Henares.