Miembros de la Escuadrilla Elcano en Heliópolis
Manila 1926
Álber Vázquez reivindica los Grandes Vuelos: «Seis hombres hicieron historia con un gorro y unas gafas»
El escritor ha publicado El gran vuelo, una obra de no ficción que reconstruye la expedición aérea española que unió la Península con Filipinas
5 de abril de 1926. Los aviadores González Gallarza, Martínez Esteve y Joaquín Loriga, junto a sus mecánicos Pedro M. Calvo, Eugenio Pérez y Joaquín Arozamena, ponen rumbo a Manila (Filipinas). Tras 17.000 kilómetros y casi un mes de travesía, la Patrulla Elcano evidenció el grado de modernidad alcanzado por la aviación española de la época.
Un recorrido que hoy se concebiría como un viaje de larga distancia fue entonces una hazaña de dimensiones incalculables. Permitió situar a España en la vanguardia aeronáutica internacional y buscó reconectar con Filipinas, un territorio cargado de simbolismo en la historia de los antiguos dominios de ultramar.
(De izq. a dcha.) González Gallarza, Martínez Esteve y Joaquín Loriga
Con motivo del centenario, el escritor Álber Vázquez rescata esta historia en El gran vuelo. Autor de una amplia trayectoria narrativa, con más de una veintena de títulos publicados y una obra centrada en la novela histórica, Vázquez documenta el hito protagonizado por la Patrulla Elcano a bordo de los aviones Elcano, Magallanes y Legazpi.
— ¿Cómo surgió el libro y qué le llevó a interesarse por esta temática?
— Siempre me ha interesado y he escrito sobre la historia de España. Un día estaba leyendo sobre la aviación española de principios del siglo XX y me topé con esta historia, entre otras. Me di cuenta de que se aproximaba el centenario.
A partir de ese punto de partida comencé a investigar y di con una historia fabulosa. El caso era tan relevante que decidí centrarme en un libro de no ficción. Había tanta información que no fue necesario fabular. También comprobé que gran parte de ese material estaba desordenado y decidí jerarquizarlo.
— ¿Cómo ha sido el trabajo de documentación?
— La expedición se compuso de tres mecánicos y tres pilotos. Dos de esos pilotos publicaron sendos libros: uno en el 26, año en el que ocurre la expedición, y otro en el 27. Esos dos libros son el germen de toda la investigación; fueron el hilo del que empecé a tirar. Todavía conservo los originales, algo que no es nada sencillo.
De izquierda a derecha: Martínez Esteve, Joaquín Loriga y González Gallarza Álber Vázquez
La expedición aporta mucha información de primera mano, es la fuente original. A partir de ahí me puse a reconstruir el relato, porque ellos no eran escritores, sino militares. No toda la información está ordenada y, en muchos casos, omiten datos que para mi son relevantes y aportan mucho a la narrativa.
También recopilé numerosas fuentes secundarias que, a lo largo de un siglo, han ido aportando información sobre el viaje.
— En estos vuelos conviven héroes, mecánicos, mandos militares y decisiones políticas. ¿Qué personaje o figura le ha parecido más peculiar?
— En cada avión viajan un piloto y un mecánico, siempre los mismos; las parejas no se separan. De los mecánicos hay poca información, aunque todos son militares.
Los pilotos son González-Gallarza, Loriga y Esteve. Loriga falleció al año siguiente en un accidente de avión, por lo que murió joven y no tenemos demasiada información sobre él, más allá de que fue un excelente piloto.
Nos quedan los otros dos pilotos, que son los más relevantes: Esteve y González-Gallarza. Tienen caracteres muy diferentes y trayectorias vitales casi antagónicas.
Esteve es un personaje clave en los primeros días de la Guerra Civil, tras el levantamiento militar contra el Gobierno de la República. Se declara partidario de la República y se niega a acatar la orden de realizar un bombardeo, por lo que es juzgado en esos primeros momentos del conflicto.
A partir de ahí es expulsado del Ejército y cae en desgracia. El personaje antagónico es González-Gallarza, que sí es franquista y llegará a ser general y ministro de Franco. Es un hombre sólido, bien plantado y echado para adelante.
— ¿Qué simbolismo tiene bautizar los aviones como Magallanes, Legazpi y Elcano?
— Era una costumbre de la época y creo que esa decisión quedaba en manos de los pilotos, pero no es algo especialmente relevante.
El hecho de que se llamaran así responde a que el viaje unía España con uno de los lugares del mundo que en el pasado estuvieron vinculados a nuestro país. Magallanes, Legazpi y Elcano fueron quienes establecieron ese puente entre España y Filipinas en el primer gran viaje.
— Este viaje forma parte de una serie de grandes vuelos españoles que cumplen cien años. ¿Qué trascendencia tuvieron en su momento?
— En su momento, muchísima. No lo podemos imaginar hoy. Entonces sucedían muy pocas cosas grandiosas, no como ahora. La gente vivía de forma más lenta y reposada. Este evento supuso un gran revuelo, no solo en España, sino también en distintas partes del recorrido, incluidas Filipinas, donde fueron recibidos como auténticos héroes. A quienes llegaron, porque Esteve no lo hizo; solo llegaron Gallarza y Loriga.
— En el siglo XVI España se volcó en la exploración marítima. ¿Puede decirse que en el siglo XX hubo una ambición similar en el aire o son procesos distintos?
— Son procesos completamente distintos. El siglo XVI es el gran siglo de España, cuando no tiene rival en los mares y es capaz de llegar donde nadie más llega. Desde el viaje de Cristóbal Colón en 1492, solo España era capaz de hacer algo así.
En el siglo XX, España intenta emular a las grandes naciones y no quedarse atrás en la aeronáutica. Solo habían pasado 23 años desde el primer vuelo a motor. España estaba entre los países capaces de volar, pero no era una gran potencia. El objetivo era no perder comba. En aquella época, los aviones eran Breguet, procedentes de Francia. En España no se fabricaban.
— ¿Qué puede aprender un lector de hoy de aquella expedición y de aquellos aviadores casi un siglo después?
— Puede aprender una peripecia que es pura aventura. También cómo se hacían las cosas entonces, muy distinto a hoy. Hablamos de hombres que hicieron historia atravesando medio mundo con un gorro y unas gafas, en aeronaves sin cabina. Los mecánicos dormían ahí durante la noche.
Eran tiempos en los que no existía el sentido de fragilidad actual. Hoy todo es muy frágil. Conocer la peripecia de unos hombres que afrontaban la vida de otra manera, y que asumían con naturalidad situaciones que hoy nos parecerían una locura, es quizá la gran enseñanza. Nos hemos vuelto un poco tontorrones y quizá deberíamos recuperar, no la inconsciencia, pero sí cierta forma de vivir con más aplomo, como ellos.