La mujer más rica del mundo y sus entrañables caballeros
La dueña de L’Oreal también quiso experimentar la vida loca, mientras en Cataluña se ha exhibido una versión barata del exclusivo club Bildeberg y Arthur Miller regresa a Madrid en una de sus grandes obras
Isabelle Huppert en La mujer más rica del mundo
En la reciente película La mujer más rica del mundo, en las salas españolas desde el pasado viernes, se nos entrega camuflado bajo el ropaje exculpatorio de la ficción, que no se atiene más que veladamente a los hechos biográficos, un pedazo de la vida de Liliane Betancourt, la antigua dueña de L’Oreal. Una señora que mandaba mucho en Francia, entre otras cosas porque supuestamente tenía a los principales políticos a sueldo, como es lógico y natural entre quienes pueden permitirse al servicio (en su casa eran veinte empleados): sucede todo el rato y en todo el mundo, como ya sugiere el gran Leonard Cohen en Everybody knows ¿O vamos a fingir desconocimiento?
Como la mayor parte de su disciplinada existencia resultó algo gris y previsible, desprovista de emociones fuertes (salvo la de consultar a medianoche el saldo de la cuenta bancaria), en justa correspondencia con la responsabilidad de mantener, y aún multiplicar, los excelentes resultados de una heredada empresa multimillonaria, el filme se centra en la última etapa de esta dama.
Fue ésta la de un cierto despendole personal que coincidió con el descubrimiento, ya durante la prórroga, de la mundanalidad a través de un personaje ávido e intrépido, aquel fotógrafo que llegó en el momento preciso para divertirla previo paso por caja.
Él, que era gay, solo la entretenía con sus trampantojos, lo cual ya es mucho más de lo que pueden aspirar bastantes mujeres casadas de su posición. Y ella le correspondía comprándole cosas bellas porque nada resulta gratis en esta vida. La factura, según se mire, resultó algo elevada o no: 1000 millones de euros para el sofisticado bufón, una propina si se tienen en cuenta dos cosas ciertas.
Liliane Bettencourt
En primer lugar, que esta mujer poseía una fortuna personal calculada en unos 30.000, con el cash infinito que le proporcionaba una de esas compañías cuyo éxito infalible consiste en el más lucrativo de los negocios, el cultivo de la vanidad femenina, aquí mediante el sortilegio de unos remedios cosméticos de clase media, la que verdaderamente consume.
Y luego algo más subjetivo, para su cuantificación, pero muy real a juzgar por lo bien que se lo pasaron ambos: esa dicha que su compañero de inesperadas correrías le proporcionó con su descarado sentido del humor, explosiva audacia y bien nutrida agenda de compinches sofisticados, de los que animan con su sola presencia cualquier sarao, desde Saint Tropez a Saint Barth, a partir de su mezcla de excentricidad, atractivo personal más unas gotas de talento artístico. La tragedia de los verdaderamente ricos no consiste en tener mucho dinero, sino en no saber cómo gastárselo.
Si se conocen los cotilleos, y el serial que Netflix dedicó a este asunto (bastante documentado, hasta con revelaciones de conversaciones privadas), la nueva cinta no aportará gran cosa. Salvo por la magnética presencia de esa maravillosa actriz que es Isabelle Huppert, beneficiaria de algún pacto mefistofélico, pues no pasan los años por ella como no sea en su propio provecho: el tiempo le añade solo capas de dignidad majestuosa.
Esa gelidez suya levemente aristocrática, la ironía que desprende el más sutil de sus parpadeos, seguramente convendrían al personaje interpretado, que se ofrecía en las fotos como una suerte de esfinge adicta a la laca (en casa seguramente le servirían la mejor versión, no la que ellos mismos venden al pueblo) y esa mirada de hielo capaz de encerrar todos los enigmas posibles o un vacío tan eterno como sugerente en sí mismo.
Isabelle Huppert
Pero lo más interesante provenga quizá de la parte del marido, un señor que cumplía rigurosamente con acompañarla en su tedio a dos bandas, a cambio también de otro regular estipendio: trajes, viajes y otras minucias, posiblemente en forma de discretos amantes.
El hombre, que también era gay (al final, ella prefirió entregar su tiempo, y el talonario, al más jovial de los dos) había escrito durante su juventud unos artículos que denigraban a los judíos. Era la época, y así se reflejaba hasta en el Ulises de Joyce, donde uno de los personajes, británico, retrata a los hebreos como «la señal de la decadencia de una nación». Por su culpa, «la vieja Inglaterra se muere». ¡Cancélese ya mismo! Lo harían si alguien leyera hoy al dublinés.
En la Francia de Vichy, otro tanto. Aunque en este caso, luego, para hacerse perdonar sus primeros pensamientos antisemitas, el personaje se apuntase a la resistencia contra los nazis. Y hasta se hiciera amigo de Mitterrand, cuyo pasado evidenciaba parejas sombras, mitigadas por su entrega al socialismo que todo lo perdona.
Como Francia odia a los ricos (y España, sobre todo ahora, también), unos periodistas se empeñan en sacar a la luz tardíamente los escritos juveniles del esposo de la millonaria. Para evitarle males mayores a la empresa, cuyos accionistas se muestran siempre virtuosos salvo a la hora de sugerir prácticas al borde de ley si se trata de recoger más beneficios, el señor se ve obligado a dimitir de sus cargos.
El expresidente de Francia Francois Mitterrand
Bastante fastidiado por las revelaciones, que comprometen su reputación pública, aunque no le impedirían seguir disfrutando de los mejores vinos, el hombre dice algo muy sensato. Las sociedades civilizadas se distinguían hasta hace nada por la posibilidad que ofrecían a las personas de poder reinventarse, al menos una vez, durante el transcurso de sus vidas.
Lo saben bien los norteamericanos, que hicieron de ese principio su propia razón de ser, acogiendo en algunos casos a todo tipo de desesperados, entre ellos muchos forajidos, luego convenientemente reconvertidos en hombres de bien, filántropos que en algunos casos contribuyeron al desarrollo de sus comunidades con generosas donaciones para hospitales, museos, universidades, …
Pero este virtuosismo de los nuevos puritanos condena al fuego eterno de la cancelación, negando las paradojas de la naturaleza humana, los posibles errores de otro tiempo; sobre todo si quienes pudieran haber incurrido en ellos militan en el proclamado bando de los opresores.
Ante su justiciera mirada, la única reinvención posible, en esta época, consiste en cambiar de género.
Lo otro, reconocer una equivocación, un extravío, un mal paso y actuar en consecuencia, sin tener que inmolarse definitivamente por ello en el altar de los únicos íntegros, representaría solo una inaceptable impostura, otra más, de los privilegiados.
El Bildeberg barato de los adoradores de Gucci
Si usted se deja caer por aquí, entonces es que no necesita que le expliquen los que es el Bildeberg. La reunión periódica de unos supuestos amos del mundo que, entre el té y las pastas, lloran el fin de la civilización mientras proponen acciones de urgencia que nunca se implementarán (si entre los asistentes a esos cónclaves secretos se encontraban, hasta no hace mucho, la reina Sofía, una gran dama, y Juan Luis Cebrián, ya me dirán lo que se podía decidir ahí).
Pero el nuevo Bildeberg tiene ahora una réplica en barato, que para marcar distancias con el modelo no se esconde. Su más reciente junta de gobierno se ha celebrado en Barcelona, bajo la luz clara del Mediterráneo, porque hoy en España la única prioridad no es lo nacional, sino lo catalán, que ya lo ocupa todo: desde los consejos de administración de las empresas estatales, o controladas por Sánchez, hasta los teatros públicos pasando por RTVE y hasta el VAR.
Déjense de trampantojos como el último de Extremadura. Reivindicar la españolidad no sirve ya de nada: lo primordial para prosperar ahora, o que te atiendan primero en el súper o con una subvención, es ser catalán. O mejor catalán y gay, el santo grial que abriría definitivamente todas las puertas (lo de independista va de suyo).
El grupo Bildeberg
Así que, por la bella ciudad condal, a pesar de los destrozos de Colau, ha pasado un selecto grupo de millonarios comunistas adictos a las grandes marcas, como en el caso del presidente de Colombia, Petro, gran admirador de los terroristas Sacco y Venzetti, que donde encuentre una franquicia con otras resonancias italianas, tal que Gucci, arrasa. Cuando se trata de elegir un cinturón, o unos mocasines con hebilla, es capaz de dedicarle a la oportuna visita más tiempo que a cualquier nimia reunión ministerial.
Los insumisos líderes de esta nueva resistencia antisemita, anti-trumpista y contra la razón, han llegado hasta Montsalvat, esa región idílica soñada por Wagner que algunos sitúan en Montserrat, para proponer su ideario.
Todo se resume en la puesta al día de una eterna, simple consigna: muerte al imperialismo yanqui, como también han proclamado los jóvenes ricos de Coachella durante una última jornada de este recreo primaveral, mediante aleccionadores vídeos con los desastres de Vietnam y las cosas de Kissinger, entre canciones susurradas de Justin Biber.
La imprevista coincidencia entre los cachorros antifa de Harvard y los líderes de la nueva internacional boliviariana en realidad tampoco resulta novedosa: Jane Fonda se habría liado con el Che solo por incomodar a su padre.
Justin Bieber actuando en el festival de Coachella en Indio, California
El sendero que pretenden iluminar los sucesores del Grupo de Puebla (como aquel Sendero Luminoso de Abimael Guzmán, al que apresaron mientras se encontraba con cuatro mujeres) consiste en lo de siempre: empobrezcámonos todos (ellos no, claro), más aún, o pongamos en práctica una redistribución de la riqueza al modo chino. Ese nuevo modelo en el que puedes trabajar como tal, y hasta disfrutar de unas vacaciones y un coche de última generación, siempre que no te dé por pensar por tu cuenta.
De esto último ya se ocupa esta élite salvadora, que, ya solo por ponerse al frente de la pancarta, merece gozar siempre de ciertos privilegios, algo que sabían bien Stalin o Fidel Castro, piezas fundamentales de su particular santoral.
El corolario a este encuentro de los nuevos parias de seda y terciopelo lo ha puesto, cómo no, su anfitrión, sacando pecho para arrearle bien, otra vez, a Israel, al reclamar su exclusión no ya de Eurovisión, sino hasta de los grandes acuerdos internacionales.
Israel, por cierto, un país que, ya en 1957, según relataba Josep Pla, escritor catalán, durante una visita para concebir una serie de reportajes, creía «que el motor del progreso y de la riqueza es la libertad».
Justo aquello a lo que se oponen estos recientes adoradores de Hezbolá, Hamás y todo cuanto ayude a sus intenciones nada veladas de imponerle al mundo un socialismo universal con sus tesis desmontadas por la historia, para extender la pobreza por todos los confines de la tierra como el manto redentor de sus íntimos rencores disfrazados de utopía.
Teatro o cine, ¿en qué quedamos?
Coinciden estos días en Madrid y Nueva York dos Arthur Millers. A Broadway regresa La muerte de un viajante, y en Colón se exhibe Panorama desde el puente. La vuelta al teatro sirve para constatar aquello que solía decir Javier Marías, y también sostiene mi buen amigo Luis Ventoso: todo esto, a estas alturas, salvo Shakespeare, Calderón y Valle-Inclán, y por supuesto los griegos, parece ya muy superado por el cine.
Con todo lo bueno que resulta José Luis García-Pérez, un actor que posee las tablas de otra época, y no hubiera desentonado en aquellos Estudios-1 aunque fuera como secundario, por momentos pareciera como si acabase de traspasar la pantalla, del mismo modo que hacía el protagonista en una de las mejores películas de Woody Allen, La rosa púrpura del Cairo.
La sensación de estar en una sala de cine se refuerza en el Fernán-Gómez madrileño con varios detalles: desde la aparición inicial del propio director de El viaje a ninguna parte casi como holograma, en plan Yoda, para agradecer al respetable el esfuerzo con unas palabras que dejan siempre ganas de más (después de escuchar al maestro, a ver quién sale luego ahí a hacer qué cosas).
El cineasta, Woody Allen
A lo que se suma la mullida comodidad de los sillones, más que butacas, que son como de esas salas cinematográficas caras de algunos países (aquí ya hay alguna), donde lo mismo te sirven un vermú o un pollo asado, y luego ya puedes roncar a pierna suelta si la película dura cuatro horas, lo que ahora denuncia Garci. En vez de un teatro, parece la consulta del psicoanalista.
No, los asientos mejor de madera, espartanos, como ya sabía Wagner, que puso los más incómodos en su templo de Bayreuth, donde a Merkel apenas le cabían las posaderas, para evitar precisamente eso, que en medio de un parlamento de Wotan, de esos que duran media hora, el señor que acaba de zamparse un codillo en una taberna de la zona se quede sopa.
Si uno va al teatro es para apreciar el contacto desnudo con la palabra, bien proyectada, pero de manera natural, no como aquí, que a los actores les ponen pinganillo (y encima se ve), y recrearse en la melódica métrica (como ocurre con Lope de Vega).
Pero claro, esto tampoco se aprecia en una traducción. Por eso para Miller siempre resultará mejor Broadway, si no se acaba el queroseno.
Luego, aún a mayores, si a los asuntos realistas de Miller, que ya están en las series y hasta en los reportajes de Gloria Serra (la inmigración, los traumas de los trabajadores explotados, la violencia doméstica, …), nos los ofrecen con pantallas a modo de decorado, para que se aprecien mejor los detalles de los primeros planos en imágenes, entonces… entonces esto ya es cine, o lo que es peor, un torpe remedo…
Mejor que pongan Antígona con escenario vacío a lo Peter Brook y Bárbara Lennie, a ver si mediante la prueba resulta que es actriz de las grandes.
Espero que el maestro Amorós no me lo tenga en cuenta.