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Césped con amapolas en flor, tomillo y otras flores silvestres

Césped con amapolas en flor, tomillo y otras flores silvestresGetty Images

La grandeza de la fragilidad

Como los constructores de la Torre de Babel o el mito de Prometeo, el hombre ha sucumbido a la tentación de intentar franquear el abismo entre la fragilidad humana y la omnipotencia de los dioses para obtener finalmente el control

El ser humano avanza en el siglo XXI como un antílope en una estampida, reaccionando a una vorágine de estímulos incontrolable, chocándonos unos con otros en medio de un frenesí ruidoso que nos impide simplemente estar. En este ambiente, corremos el riesgo de huir sin saber de qué, sin recordar de dónde venimos y sin pretensiones de puerto al que llegar.

En medio de tal contexto –casi tragicómico–, el hombre gira en torno a un afán constante, pero inalcanzable: el control ante la incertidumbre.

Como los constructores de la Torre de Babel o el mito de Prometeo, el hombre ha sucumbido a la tentación de intentar franquear el abismo entre la fragilidad humana y la omnipotencia de los dioses para obtener finalmente el control. En la modernidad, como recordaba recientemente en un coloquio en Madrid el filósofo Rémi Brague, la polis parte, de nuevo, de la asunción de que el futuro debe ser exclusivamente el resultado de nuestra acción y voluntad. Como Prometeo, debemos apoderarnos del fuego de los dioses.

La asunción contraria –la falta de control– causa en el hombre moderno ansiedad, y no dar respuesta a este instinto se ve como una irresponsabilidad moral. Así aparecen los mercados y los políticos –aunque no exclusivamente– con promesas que intentan tranquilizarnos en aquellos momentos en que las distracciones que florecen a nuestro alrededor no son suficientes.

Ahora bien: ¿es realista aspirar al control en este mundo? Somos un ser finito, tanto física como temporalmente. Nacemos sin quererlo, crecemos en un contexto de plena dependencia, florecemos como adultos en entornos incontrolables, y deseamos morir rodeados de cuidados de otros. Hoy, en este mundo feroz, somos tan vulnerables que honestamente nos podemos preguntar como humanidad si habrá futuro.

El punto de partida propio de la existencia humana es la fragilidad. Apenas controlamos nada. Abrazar nuestra fragilidad no significa ser débil. Abrazar nuestra fragilidad no implica renunciar a nuestra responsabilidad, sino asumirla desde su marco real.

El gran desafío de la fragilidad es que el hombre encuentra su plenitud en el otro. Es imposible pensar una imagen de felicidad en soledad. En los hits de una vida plena hay siempre otro: una mesa con amigos, un abrazo, un hijo correteando entre sábanas, o un ser superior que contemplamos en medio del monte. Anhelamos el vínculo no contractual que requiere amor o confianza. Disfrutar de un acto de amor o confiar en alguien exige asumir la propia fragilidad: exponerse y aceptar que podemos ser heridos. En el amor, por ejemplo, la tragedia es que no podemos controlar que otro nos corresponda; si nos aman por algo que podemos controlar, quizás no nos aman por nosotros mismos.

¿Y si no focalizamos en lo que sí se puede controlar? En el Silmarillion de Tolkien, observamos cómo el Señor Oscuro ofrece nueve anillos a los hombres para poder tener poder, riquezas, gloria y vida interminable. Tras aceptar tal oferta, sigue el libro: «Tenían, según parecía, vida interminable, pero la vida se les volvió insoportable (…) Y uno a uno, tarde o temprano, según su fuerza natural y el bien o el mal de su voluntad al principio, cayeron bajo la esclavitud del anillo que portaban y bajo la dominación del Único, que era el de Sauron. (…) Nazgul fueron llamados…». En otras palabras:

Igual que una manzana no ha sido pensada para ser preservada, el hombre no fue creado para estar bajo control. Como la manzana cuya obsesión es quedarse en el árbol, el hombre que se niega a darse se marchita, cayendo como los nueve hombres del Señor de los Anillos en una servidumbre y esclavitud en pos del control, hasta vivir como Nazguls. La vida del hombre fue pensada para la poesía, no para el Excel. Quién vive se puede romper, pero quién no vive se pudre. Solo en la primera opción hay una opción de plenitud, y si lo que se rompe se arregla, no se puede decir lo mismo de lo podrido.

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