Portada de 'La estirpe de Sócrates'
Tataranieto de Sócrates
La síntesis está en la intención del autor: seguir una línea genealógica intelectual que nace en Sócrates, pasa por Jenofonte y llega hasta él mismo
El perfil de José Luis Trullo (Barcelona, 1967) que ofrece la contraportada del libro La estirpe de Sócrates (Cypress, 2025) es una declaración de intenciones: «Desde hace tres décadas se dedica a la escritura, a la traducción y a la edición, siempre de manera vocacional, sin ánimo de lucro. En los últimos años se ha consagrado al rescate de los clásicos del humanismo occidental». Estamos ante un intelectual apasionadamente entregado a una misión.
Tampoco engaña la cubierta del volumen. Como vamos a encontrarnos casi dos libros, uno se anuncia en el título La susodicha estirpe; y el otro, en el subtítulo: La vocación personal. La síntesis está en la intención del autor: seguir una línea genealógica intelectual que nace en Sócrates, pasa por Jenofonte y llega hasta él mismo, transmitiendo —segundo libro— el papel protagonista de la vocación personal.
Pero concentra su mayor fuerza en reclamar la legitimidad de su estirpe: «Sócrates y quienes nos queremos creer herederos suyos», afirma, reclamando el título de legítimo sucesor frente a cualquier otro pretendiente, por prestigioso que sea. La línea genealógica en la que Trullo se inscribe la forman Jenofonte, Cicerón, Séneca, Epícteto, Marco Aurelio, San Agustín, Francesco Petrarca y Juan Luis Vives. Y «después nosotros, sus tataranietos».
Esta vívida pasión sucesoria resulta emocionante, y más porque Trullo asume la misión de Séneca: «Hagamos, sin embargo, como un buen padre de familia: incrementemos las riquezas recibidas; que este patrimonio engrandecido por mí, pase a la posteridad». No quiere acaparar. Lejos de él –como enfatiza su biografía– el ánimo de lucro. Eso también lo ha heredado de Sócrates y de su aversión a los sofistas profesionalizados.
Y aquí entra en juego el subtítulo. El meollo de esa herencia, para José Luis Trullo, es la conciencia de una misión personal, de una vocación íntima, siguiendo con fidelidad el dictado del daimon interior. Leer a Sócrates al margen de este núcleo vivencial es falsificarlo o marear la perdiz. Reclama Trullo su posición de heredero con muy buenos títulos y está dispuesto a pleitear con quien pretenda un mejor derecho: «Que los auténticos herederos del espíritu socrático, los más atentos a su mensaje integral, son los estoicos imperiales –y no los platónicos o los aristotélicos, como se afirma en los manuales de filosofía al uso– se debe a su atención extrema, por no decir casi exclusiva a la conducta personal». Éste es su legado: «Sin circunloquios abstrusos ni excursos estrambóticos, la traducción de la doctrina en unos términos que nos conciernen a todos, con independencia del oficio o de la ocupación a la que pensemos dedicarnos».
Para ello postula dos defensas arriesgadas. Una, de la noción de felicidad, que ha de navegar entre Escila y Caribdis. Ni el rechazo voluntarista del concepto, tan exquisito como estéril, ni su subjetivación postmoderna, que lo trivializa. Así lo expone: «Que haya que mantener una sana distancia respecto a los vendedores de sucedáneos no implica que debamos impugnar la bella idea que tratan de degradar, so pena de tirar al niño con el agua de la bañera».
La segunda defensa es la clave. La vocación es el lazo donde se anudan sin anularse el destino y la libertad. El destino divinizado (Fatum) de los clásicos ahogaba la autonomía del individuo y la libertad de los modernos es tan indeterminada que no es capaz de otorgar a la vida ni una misión teleológica ni la menor densidad narrativa. Diagnostica Trullo: «De hecho, al despojar la ciencia moderna al ser humano de cualquier compromiso teleológico, le ha arrojado en brazos del sinsentido». La hazaña de los humanistas ha sido encontrar la perfecta (y exigente) trabazón de providencia divina y misión personal. Urge recuperarla.
Para esa misión, Trullo opta por seguir la línea socrática a lo largo de la historia, repasando a los más atentos sucesores y añadiendo interpolaciones, glosas, citas, desarrollos, ecos y conclusiones. El resultado es un verdadero diálogo socrático y una arriscada aventura personal, con ribetes novelescos. «Elegiré seguir a Sócrates. Y si es preciso, hasta la cruz, es decir: hasta la cicuta», afirma José Luis Trullo, y nosotros (mi daimon y yo, para empezar) le creemos y se lo agradecemos.
No existe una receta para ser feliz porque sólo hay un modo de ser uno mismo.
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Un misántropo no tiene ningún derecho a hacerse llamar humanista.
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[La idea de que hay un poder superior que interviene en nuestras vidas] repugna al hombre moderno, al cual le gusta creerse dueño y señor, nada menos, que de su destino.
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Sócrates se ubica en un punto equidistante entre uno y otro polo: ni renuncia al ejercicio de su libertad personal, ni niega la supremacía del dios sobre el orbe entero y, por supuesto, sobre su propia ubicación en él.
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En esta simbiosis de sentido de la trascendencia y libertad personal encontramos la clave de bóveda sobre la que descansa la tradición vocacional de Occidente.
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No hay nada peor para un ser humano que arrostrar una existencia desprovista de una inscripción cósmica, de un papel propio, sustantivo y necesario.
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Sócrates, según Jenofonte, pensaba que «a los ignorantes con razón se les debía llamar esclavos».
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La dimensión cívica del saber resulta crucial. Decía [Sócrates] que los más gratos a los dioses eran en la labranza los que hacían bien sus trabajos agrícolas; en medicina, sus deberes médicos; y en política, sus funciones civiles. Pero el que no hacía nada bien no era ni útil para nada ni grato a los dioses.
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Para Sócrates no hay alternativa: si uno aspira a la virtud, a la sabiduría y a esa plenitud en la que se resume la noción más densa y seria de la felicidad (eudaimonía), debe dominarse a sí mismo.
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El peor de los tiranos, el capricho. […] Epícteto postula una concepción aristocrática, casi heroica de la libertad (en varias ocasiones apela a Heracles como modelo inspirador), preñada de autodisciplina, de límites y exigencias. ¿Y cómo es nuestra naturaleza? De seres libres, nobles y respetuosos.
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[Para Epícteto la participación del hombre en la razón, esa chispa divina del Logos, tiene consecuencias ontológicas y éticas muy parecidas a la filiación divina para los cristianos.] Como hijos del dios, nuestro deber es mostrarnos a la altura de dicha dignidad en todo momento y, además, mostrar agradecimiento por el honor que nos depara. [Insta, en consecuencia, a una especie de Imitatio Christi por lo estoico:] En la medida de lo posible, asemejarse a la divinidad tal cual la halla. Si la divinidad es leal, también él ha de ser leal; si libre, también él libre; si bienhechora, también él bienhechor; si magnánima, también él magnánimo; en resumen, hacer y decir todo lo demás como émulo de la divinidad.
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Sin una comprensión profunda del valor de la vocación para el individuo, no es posible captar la riqueza y la densidad del legado socrático.
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La historiografía progresiva únicamente atiende a las rupturas cualitativas y no a las interpretaciones preservativas, tan importantes por lo demás para comprender la pervivencia de la propia cultura occidental.
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Cicerón: «La virtud no es otra cosa que la naturaleza llevada a su más alta perfección».
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Este valor existencial del saber me parece clave para la confirmación de lo que vendrá a llamarse «humanismo».
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Marco Aurelio: «El que no sabe para qué ha nacido tampoco sabe quién es él ni qué es el mundo».
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[El hombre tiene una posición eminente en el cosmos] En efecto, por si a estas alturas alguien podía tener alguna duda, el humanismo occidental es especista y antropocéntrico… a más no poder.
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San Agustín: «En comparación con la suma sabiduría, las riquezas, los honores, los placeres del cuerpo o todas estas cosas juntas […] han de tenerse por abyectísimas». [Desde luego, pero no olvidemos que las comparaciones son odiosas.]
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[Entre la autonomía personal y la providencial tutela de Dios, se produce] un círculo virtuoso que arroba el corazón y eleva el ánimo.
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La felicidad ha de ser entendida aquí, no como una sensación subjetiva de euforia (al modo de nuestros contemporáneos, mucho más preocupados por lo que sienten que por lo que piensan, saben o hacen), sino como un estado objetivo de cumplimiento o realización […] como vocación consumada.
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Francesco Petrarca no era un «adelantado a su época» o el primer heraldo de la nuestra, sino un reaccionario de tomo y lomo.
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Petrarca: «Entender con claridad y prontitud muchas e importantes cosas, recordarlas con seguridad, contarlas de modo brillante, escribirlas con arte y declamarlas placenteramente, si todas estas cosas no tienen aplicación a la vida, ¿qué son sino instrumentos de una vacua petulancia, qué son sino trabajo y ruido sin provecho?»
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Como habrá podido constatar el lector a lo largo de este libro, los humanistas de todas las épocas gustan de emplear las mismas palabras para referirse a las mismas obsesiones. No solo no les preocupa innovar, sino que incluso les parece de mal gusto.