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Madre con su bebé recién nacido

Madre con su bebé recién nacidoiStock/NataliaDeriabina

¿Por qué «dar a luz» no tiene nada que ver con la luz?

La expresión alude al paso de la oscuridad a la vida visible, no a ningún fenómeno luminoso, y hunde sus raíces en el latín clásico

La expresión parece clara. Una mujer «da a luz» y el recién nacido llega al mundo iluminado. La imagen funciona. Es potente. Pero es engañosa. Ni el origen de la frase tiene que ver con la luz física ni su sentido inicial apuntaba a ningún destello.

El origen de «dar a luz» está en el latín dare ad lucem. La traducción literal sería «llevar hacia la luz». No se trata de iluminar, sino de sacar algo de la oscuridad. En la mentalidad clásica, nacer equivalía a abandonar un espacio cerrado —el vientre— para entrar en el mundo visible.

La clave está en esa oposición: oscuridad frente a luz. No hay lámparas ni claridad simbólica. Hay un tránsito. El nacimiento como paso de lo oculto a lo visible.

La luz como mundo, no como brillo

En muchas culturas antiguas, «ver la luz» significaba existir. La luz representaba la vida. Por eso, la expresión se consolidó en lenguas romances como el español. «Dar a luz» terminó siendo sinónimo de parir, pero sin referencia directa a la iluminación.

Algo similar ocurre con otras expresiones. «Salir a la luz» no implica encender nada. Significa hacerse público. Dejar de estar oculto. La metáfora es la misma.

Imagen de archivo de un recién nacido

Imagen de archivo de un recién nacidoGetty Images

Con el paso de los siglos, la frase se ha mantenido intacta. Su uso es cotidiano. Nadie se detiene a pensar en su origen. Sin embargo, conserva ese sentido primitivo: el nacimiento como aparición.

El lenguaje, a veces, guarda restos de antiguas formas de entender el mundo. «Dar a luz» es uno de ellos. Parece evidente. No lo es. Y ahí está su fuerza.

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