Fundado en 1910
Andrés Amorós

Historias del 27
Andrés Amorós

Chaplin, su amigo Edgar y «el toque Neville»

El cineasta que llevó el humor español a Hollywood y definió una forma propia de comedia dentro de la Generación del 27

Act. 09 may. 2026 - 09:52

Charles Chaplin y Edgar Neville

Charles Chaplin y Edgar NevilleTwitter/Edgar Neville Romreé

Los cinéfilos hablan con toda normalidad de «el toque Lubistch», no tienen duda de lo que es: una feliz combinación de inteligencia, elegancia y saber prescindir de lo innecesario. La síntesis de aquel refinadísimo espíritu vienés, que encuentra su versión musical en los melancólicos valses de El Caballero de la rosa: el final de una época (y, quizá, de una civilización).

Guillermo Cabrera Infante no duda en proclamar a Lubitsch «maestro de los maestros de la comedia hablada». El genial Billy Wilder contaba que, en su despacho privado, tenía un cartel con esta inscripción: «¿Qué haría Lubitsch?» Era el mejor recurso que había encontrado, para los momentos de duda.

A semejanza de esto, en España –creo yo– podríamos hablar de «el toque Neville». En todo lo que lleva su firma (artículos, libros, cuentos, comedias, películas) brillan el talento, la sutileza, la ironía, la sugerencia… Es el ejemplo más feliz de «la otra Generación del 27», la de los humoristas.

Como es sabido, a él se debe la aventura de los españoles que fueron a Hollywood. Cuando le destinaron a un puesto diplomático, en Washington, se apresuró a viajar a la Meca del cine, se hizo amigo de las grandes estrellas y consiguió que llamaran a un grupo de escritores españoles, para que trabajaran en las versiones de películas para el mercado hispanoamericano.

'Tertulia del Café Pombo' (Ramón Gómez de la Serna de pie) de José Gutiérrez Solana

'Tertulia del Café Pombo' (Ramón Gómez de la Serna de pie) de José Gutiérrez SolanaGTRES

Edgar había nacido en Madrid, en 1899. Era hijo de un ingeniero inglés y de la condesa de Berlanga de Duero. Estudió en Madrid y en Suiza. Participó en las tertulias vanguardistas de Ramón Gómez de la Serna.

En 1922, con 23 años, acudió al Concurso de Cante Jondo, que promovieron en Granada Manuel de Falla y Federico García Lorca, y publicó sobre él artículos entusiastas: se había enamorado ya para siempre del flamenco. A la vez, se apasionó por el teatro y por el cine.

Una muestra clara de su talento es lo mucho que lo estimaba Charles Chaplin, que odiaba a los pretenciosos.

Como «corresponsal de ABC en Hollywood» –así lo llama el diario–, publica Neville artículos en los que cuenta que va con su amigo Chaplin al baño turco; luego, escuchan los dos «con arrobo» discos de cante jondo, «la música que más me gusta: le lleva a uno a otro mundo».

Charles Chaplin, en una imagen de archivo

Charles Chaplin, en una imagen de archivoGTRES

Le presentó Edgar a la guapísima actriz española Mari Alba. Para intimar con ella, Charlot hizo imitaciones, repitió el genial baile de los panecillos de La quimera del oro y acabó cantando «una graciosísima canción en vascuence, que nadie sabe dónde aprendió».

Unos años antes, Chaplin había filmado una parodia de la popular ópera Carmen, en la que aparecía vestido de torero, aunque todavía no había asistido a ninguna corrida de toros.

Una anécdota poco conocida es que, en Navidad, Neville le regaló a Chaplin una Plaza de toros de juguete, con todos los protagonistas y todos los detalles. En su casa de Hollywood, Charlot jugaba a los toros con su amigo, haciendo él tanto de toro como de torero; y, al final, de torero muerto, por una cornada. (Lo mismo le gustaba hacer a Federico García Lorca, de joven).

Federico García Lorca

Federico García LorcaGTRES

Así cuenta Edgar una velada, en Hollywood, el 23 de noviembre de 1928: «Les dimos una comida, aquí en casa, a base de flamenco al gramófono. Charlie se puso mis zahones y el cordobés; Angelita, mantilla y mantón, e hicieron de espectadores de una corrida. Charlie respondió a un brindis tirando un sombrero; luego, se peleó, en un español figurado, delicioso, con su vecino de localidad; luego, pidió la oreja; después, saltó al ruedo y fue cogido; después, volvió a su localidad y a la salida, del brazo de Angelita, como había mucha aglomeración, sacó una navaja y fue matando a los que interceptaban el paso; después, cantó flamenco y bailó».

Neville también se hizo amigo entonces de un peculiar personaje, Harry D’Abbadie D’Harrast (1897-1968), el llamado «caballero D’Harrast», estudiado por José Luis Borau. Era un cineasta vasco-francés, gran amigo de Chaplin (fue su ayudante, por ejemplo, en Luces de la ciudad).

En recuerdo de aquellos días de Hollywood, Neville llamó a su casa malagueña «Malibú».

Cuando Edgar volvió a España, colaboró con D’Harrast en la película La traviesa molinera (1934), basada en el tema de El sombrero de tres picos, de Pedro Antonio de Alarcón, que también había inspirado a Falla. Con amistosa exageración, Chaplin declaró una vez que ése era «el único filme que debe salvarse en la historia del cine».

Harry D’Abbadie D’Harrast

Harry D’Abbadie D’Harrast

En esa película intervino también otro pintoresquísimo personaje, el ingeniero salmantino Ricardo Soriano (1883-1973), uno de los descubridores de la Costa del Sol, a la que atrajo a algunos de sus influyentes amigos. (Su colección de vellos femeninos inspiró a Berlanga, en La escopeta nacional).

D’Harrast y Soriano fueron los que convencieron y acompañaron a Chaplin para que asistiera a una corrida de toros, en San Sebastián, el 9 de agosto de 1931. Le llevaron primero a ver los toros en los corrales y le dieron de comer opíparamente. Chaplin estaba de buen humor, lo pasó muy bien en la corrida, en la que cortó una oreja Marcial Lalanda. Después de eso, el gran cómico declaró: «Es el espectáculo más completo. Ya no me podré pasar sin corridas de toros».

¿Cómo era entonces el joven Neville? Según el cáustico Ramón Gómez de la Serna, «la primera impresión que da es nefasta». Sin embargo, enseguida cautivaba a todos por su talento y su simpatía.

Andrés Amorós junto al matador de toros Marcial Lalanda del Pino

Marcial Lalanda

Edgar era entonces delgado, alto y fuerte. Llegó a jugar en la selección nacional de hockey sobre hielo. Más tarde, engordó mucho, sea por un problema médico o porque le gustaba demasiado comer. Cuentan que, una vez, entre un amigo y él se zamparon noventa ostras (quizá exageran en el número), además de algunas gambas y centollos. Él se justificaba: «Esto me lo tomo porque no engorda».

En una entrevista con Julián Cortés Cavanillas –el corresponsal de ABC que aparece al final de Vacaciones en Roma–, Neville, con su habitual sentido del humor, le dijo que sus platos preferidos eran «los populares: caviar y salmón ahumado».

Le gustaba vivir bien, sin duda. Tuvo un coche Aston Martin. Con Tono, uno de sus grandes amigos, le encantaba comprarse toda clase de cachivaches, que luego no utilizaba: una batidora, una herramienta para abrir boquetes…

Siendo ya mayor, se planteó una vez comprarse una roulotte. Cuando su hijo le preguntó para qué, se lo explicó: «La aparco a la puerta de la Plaza de Toros de Málaga. Me pongo ciego de chanquetes. Duermo allí la siesta y al despertarme, paso directamente a la Plaza»… Nadie puede decir que era tonto.

Edgar Neville

Edgar Neville

Fue, sobre todo, un gran conversador. Así había cautivado a Chaplin, como atestigua su hija Geraldine:

«Decía de él que era el mejor conversador que había conocido en su vida y con un elegante ingenio, sorprendente en una persona que se expresaba en una lengua que no era la suya».

Siempre le gustaron mucho a Edgar las mujeres. En el Moulin Rouge de París, «vi por primera vez mujeres desnudas, cosa que aprecié grandemente, y es espectáculo que rara vez me ha defraudado».

Según su hijo, «las conquistaba hablando». De mayor, resumió su biografía en un par de versos:

«No supe envejecer, no me di cuenta

hasta que una mujer me hizo saberlo»

Como tantos escritores, había sido más o menos partidario de la República, al comienzo. El desengaño por ver a dónde había conducido le llevó a adherirse al bando nacional, dirigió alguna película como Frente de Madrid (1939).

Eso no le libró de recibir ataques de los dos bandos. Para la izquierda, era «un señorito, alguien que comía caviar en época de racionamiento». Para la censura franquista, por su parte, «es un indeseable. Era protestante, ahora es ateo. Estuvo afiliado a Izquierda Republicana. Fue amigo de Alberti y Bergamín. Lleva una vida francamente inmoral, separado de su mujer». En tiempos del ministro Arias Salgado, fue multado con 25.000 pesetas por su artículo humorístico «Dios, que a veces es bueno»…

Como persona inteligente, Neville no encajaba en las etiquetas: «Yo no he sido nunca demasiado revolucionario ni ahora soy demasiado conservador. La diferencia es que, de joven, se es escéptico del presente y optimista del porvenir; ahora, se es más bien escéptico del presente y también escéptico del porvenir».

Aunque amara mucho a España, a veces se sentía «extranjero en su patria» . En 1936, le propuso a García Lorca llevárselo a Londres pero Federico no le hizo caso, no creía estar en peligro: «Me quieren mucho»… Se equivocó.

La primera novela de Edgar Neville, Don Clorato de Potasa (1929), la dedicó a tres de sus grandes amigos: tres personajes tan dispares como Juan Belmonte, Charles Chaplin y Ramón Gómez de la Serna.

También era compleja su actitud religiosa: «Debajo del pecho de muchos hombres que pasan por descreídos, late frecuentemente un corazón que busca a Dios por un camino distinto al señalado y que dialoga con él, en la intimidad de su casa… Todas las noches, tengo unos segundos en los que hablo a Dios, sin estar seguro de que me escuche».

'Don Clorato de Potasa'

'Don Clorato de Potasa'

Dirigió Neville cerca de treinta películas. Al comienzo, con una base literaria: El malvado Carabel (1935), basada en la novela de Fernández Flórez.

No se conserva completa su versión de La señorita de Trevélez (1936), basada en la tragedia grotesca de Arniches, que llevó también al cine Bardem, en Calle Mayor.

Originalísima es La torre de los siete jorobados (1944), basada en un relato de Emilio Carrere. En el subsuelo de Madrid, existe una ciudad subterránea, donde se escondieron los judíos que no quisieron ser expulsados de España; ahora, viven en ella una banda de jorobados, dirigidos por un malévolo doctor (encarnado por Guillermo Marín). No se sabe bien a qué género pertenece la película: de terror, de fantasía, sainete, policiaco, gótico…

Duende y misterio del flamenco (1952) es, probablemente, la mejor película sobre flamenco que existe. Neville adoraba el flamenco y hasta cantaba. Le escribió una carta a Fraga: «Mi fuerte, como sabes, es el flamenco y Andalucía, y, sobre todo, los pueblos perdidos en los montes de Ronda…»

Este documental tiene un valor histórico extraordinario: escuchamos cantar, en él, a dos jóvenes gitanas, Fernanda y Bernarda de Utrera. Vemos bailar a Pilar López, en recuerdo de su hermana, La Argentinita. Nos deslumbra Antonio, bailando una sonata del Padre Soler, delante del monasterio del Escorial; también, un martinete, zapateado, teniendo como fondo el tajo de Ronda. Y, de propina, vemos a Juan Belmonte, con sesenta años, en su finca de Utrera, dando unos muletazos a una vaquilla…

Su última película, Mi calle (1960), me parece una auténtica obra maestra. Una calle madrileña es el escenario popular donde se van reflejando los cambios de la política y de la vida española, a lo largo del tiempo: desde comienzos de siglo hasta los años cuarenta.

Portada de 'Mi calle'

Portada de 'Mi calle'

La película es, también, un desfile de grandes actores españoles, protagonistas o no: Ana María Custodio, Antonio Casal, Conchita Montes, Rafel Bardem, Julia Delgado Caro, Mariano Azaña, Lina Canalejas, Pedro Porcel, Susana Campos, Rafael Alonso, Carlos Casaravilla, Maria Isbert, Adolfo Marsillach, Gracita Morales, Agustín González… Es todo un lujo, bajo la batuta maestra de Neville.

Creo que, si Mi calle la hubieran dirigido Vittorio de Sica o Roberto Rosellini, por ejemplo, habría triunfado en el mundo entero y se habría considerado que era una obra maestra del neorrealismo poético.

También escribió Neville, en la posguerra, una docena de obras de teatro. Para entonces, ya había iniciado su relación sentimental con Conchita Montes: una actriz muy singular, muy culta, que también escribía en La Codorniz.

Coincidía Edgar con esa revista en su odio a los tópicos. Definió su humor Antonio Mingote, uno de sus grandes amigos:

«Como comenzaba por burlarse de sí mismo, podía burlarse de casi todo, excepto de la crueldad y de la injusticia, que le enfurecían».

El teatro de Neville es literario, sutil, ambiguo, irónico. Me parece próximo a una serie de comedias que entonces triunfaban en Europa: del húngaro Molnar, Liliom, convertida luego en el musical Carrusel. De Anna Bonnaci, La hora de la fantasía , llevada luego al cine por Billy Wilder, con el título Bésame, tonto. De Priestley, El tiempo y los Conway, estrenada en España en la versión de Luis Escobar). De Eduardo de Filippo, La gran magia, reivindicada por Strehler, en el Piccolo Teatro de Milán…

Conchita Flores

Conchita MontesCírculo de Orellana

Edgar Neville era un personaje muy singular, un cosmopolita enamorado de lo popular español auténtico: la tragedia grotesca, las verbenas, el Carnaval, el flamenco, las nanas…

Se defendía de las etiquetas: «Nos reprochan cultivar el teatro de evasión». Escribía sobre «los temas de todos los tiempos: amor y sexo, bondad y maldad». A eso unía el gran tema del tiempo: lo que pudo haber sido y no fue; el juego de realidad e ilusión…

No coincidía para nada Neville con el honor calderoniano. Su obra se centra en sutiles relaciones sentimentales: Mujeres: ¿hay otro tema?

Tampoco creía que el arte pueda enseñar nada, salvo el refinamiento. Opinaba que el humor es el instrumento que utilizan las personas inteligentes y los seres civilizados para entenderse.

Su mayor éxito, por supuesto, lo obtuvo con El baile (1952), una preciosa comedia. La estrenó Conchita Montes, naturalmente; en el teatro, con Rafael Alonso y Pedro Porcel; en el cine, luego, con Alberto Closas.

Trata de dos amigos adoran a la misma mujer –una diosa, para sus enamorados– que se ha casado con uno de ellos. Los tres viven juntos, felices… hasta que interviene el tiempo, el implacable enemigo; sobre todo, para las mujeres guapas.

El primer acto tiene lugar en 1900: es la juventud, simbolizada por el modern style. El segundo, la madurez, el cubismo. El tercero, la época actual.

Fotograma de la película 'El marqués de Salamanca', de Edgar Neville

Fotograma de la película 'El marqués de Salamanca', de Edgar Neville

En El baile, quiso escribir Neville, ante todo, una comedia de amor. Desmitifica, a la vez, el honor calderoniano y el triángulo del vodevil. Muestra algo mucho menos burgués de lo que suele creerse: que el amor y el matrimonio tienen muy poco que ver. Pero tampoco reduce el amor al capricho, al arrebato sentimental. El amor es para siempre pero no porque lo mande la Iglesia o lo exija la sociedad: es algo cercano al amour fou de los surrealistas franceses. Supone la adoración perpetua , vence al tiempo y a la muerte: los dos viejos enamorados se siguen sintiendo útiles cuando la nieta dice necesitarlos… La vida feliz, ¿puede repetirse? De eso trata la continuación, Adelita.

La comedia tuvo un enorme éxito. Contaba Neville que la había dictado en cuatro mañanas pero que era su obra preferida.

Conchita Montes realizó la proeza de representarla en Inglaterra, en inglés. En una carta, comentaba Edgar que la crítica de Londres la encontró «demasiado sencilla, ingenua y sentimental», tres adjetivos que casi definen su ideal, pero que sí había triunfado en provincias. Con ironía – y satisfacción – añadía que, «en todas partes, las señoras me dicen que ésa es su historia». ¿Cabe mejor elogio?

Murió Edgar Neville en Madrid, el 23 de abril de 1967. Al día siguiente, su amigo Antonio Mingote hizo su necrológica, en forma de chiste. Un angelito comenta, cuando les está abriendo a Neville las puertas del cielo: «Pregunta si es verdad que aquí se ríe uno mucho».

Charles Chaplin vivió diez años más, hasta el 25 de diciembre de 1977. Nunca le dijeron que había muerto su amigo Edgar. Durante todo ese tiempo, siempre que Geraldine Chaplin iba a ver a su padre le daba recuerdos de su amigo español porque sabía que eso le hacia feliz.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas