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Bandera del Ejército Católico y Real de la Vendée

Bandera del Ejército Católico y Real de la Vendée

El Barbero del rey de Suecia

La Vendée vindicada

Está llamando mucho la atención el fervor vendeano que felizmente embarga a Federico Jiménez Losantos. Ha comprendido que la brutal represión republicana de la Revolución Francesa fue el pistoletazo de salida en la sien de la civilización occidental. Le honra. No habría llegado hasta ahí sin el trabajo pionero de Reynald Sécher, que recuperó el tema para el gran público con su tesis La Vendée-Vengé. Le génocide franco-français (1986), ni sin continuadores como Javier Barraycoa, que acaba de publicar una estupenda síntesis para entender bien el origen, el contexto y la trascendencia de aquellos hechos. Se titula: El genocidio de La Vendée (Libroslibres, 2026), y resulta tan informado como vibrante.

Arranca su ensayo Barraycoa con la homilía del cardenal Sarah del 13 de agosto de 2017 en la villa de Le Puy de Fou, gran santuario de la memoria vendeana. Allí llamó a edificar una «Vendée interior», una fortaleza espiritual «ante los ataques del enemigo». Y advirtió de que «todo cristiano es espiritualmente un vendeano». Como nos insta el purpurado, el interés de conocer la historia hay que redoblarlo con la emulación. Para hacer ambas cosas, aprovecha mucho leer en paralelo el estudio de Barraycoa y las memorias coetáneas de María de Sainte-Hérmine, tituladas Una familia de bandidos en 1793, y editadas en 1902 por el sacerdote Jean Charruau.

Aquella adolescente aristócrata angevina se vio metida de la hoz a la coz (nunca mejor dicho) en el conflicto y ofrece una vibrante relación de los hechos, con mucho pulso narrativo y una exquisita sensibilidad para el lenguaje, que conmueve y enciende.

El lector contemporáneo, maleado por estos tiempos, puede pensar que las virtudes de los personajes se exageran tanto como su abnegación. Pero enseguida acude en su auxilio el ensayo de Barraycoa, que cuenta sucesos de idéntica bondad y análogo altruismo atestiguados por la historia. Era otro clima moral. Hemos caído tan bajo que nos cuesta creerlos; pero que Oscar Wilde nos ampare: no dejemos que las alcantarillas nos impidan contemplar las estrellas. En La Vendée, el heroísmo adquiere dimensiones homéricas. François Athanase de Charette de La Contrie, que no quería ir a luchar, se escondió debajo de la cama, de donde le sacaron sus campesinos para rogarle que les condujese a la batalla. Luego fue uno de los líderes indiscutibles. Todo evoca a Aquiles en el gineceo y después. Cuando Charette iba a ser ejecutado, el general republicano Travot se lamentó: «¡Cuánto heroísmo perdido!», pero Charette repuso: «No, señor, nada se pierde para siempre».

En las memorias de Sainte-Hérmine nos asombra la capacidad de perdón de los protagonistas; pero también fue una constante en los generales vendeanos. Estas fueron las últimas palabras de Charles de Bonchamps, tras ordenar desde su lecho de muerte que no se ajusticiara a los prisioneros: «Si no he podido volver a erigir los altares y el trono, al menos los he defendido. He servido a mi Dios, a mi Rey, a mi patria. He sabido perdonar».

El tono romántico de Una familia de bandidos en 1793 parece directamente el de una novela de aventuras. Recuerda a La Pimpinela Escarlata de la baronesa Orczy o a El conde de Chanteleine de Julio Verne. Pero El genocidio de La Vendée vuelve a demostrarnos que era el tono de la época. A Henri de La Rochejaquelein en su adolescencia le llamaban «el arcángel» por su porte distinguido. En la guerra, empezaron a llamarle «el intrépido». Relata Barraycoa: «Tenía a bien llevar un pañuelo rojo al cuello y otro en la cintura para portar las pistolas. En la batalla de Fontenay, sus soldados oyeron a los azules gritar: «¡Apunta al del pañuelo rojo!». Por la noche los oficiales le pidieron que no usara el pañuelo para no ser reconocido, pero él se negó. Al día siguiente toda su tropa decidió ponerse también pañuelo rojo y de ahí se fue extendiendo a todos los otros ejércitos vendeanos». ¡Cuántas categorías en una anécdota! El espíritu de los campesinos trae a la memoria el espléndido Cartas de un requeté como el de los aristócratas recuerda la carta del marqués de Estepa.

El juego con los tiempos del relato de María de Sainte-Hérmine parece casual y es causal. Juega con las sorpresas, los spoilers, los olvidos… La aparición alrededor de la página 400 del apellido Rembure, que es el de sus nietos, resulta un guiño magistral. En la primera parte del libro se regodea en la douceur de vivre anterior a la revolución, con un aire a las novelas de Jane Austen. Quiere que veamos lo que hemos perdido, del mismo modo que en la última, prácticamente revive el cuento de la Cenicienta. Nos narra cómo, también en la vida ordinaria y humilde, puede pervivir el espíritu heroico. Entremedias, en la parte central, como es lógico, la guerra.

El libro está muy bien escrito. Su aparente sencillez transmite honradez y serenidad. Todo aderezado de un excelente humor, que humaniza las virtudes, y adquiere filo de epigrama cuando describe a los republicanos y sus discursos: «Un lenguaje que pretendía ser lírico y resultaba grotesco». Hace un giro novedoso: en vez de «nuevo rico» habla de «rico improvisado», mucho más afilado. Todo el mundo sabe que poner bien las comas es dificilísimo. Miren ésta, tan tajante: «La cuchilla caía por última vez, y el mártir entró en la gloria».

En Una familia de bandidos hay también análisis profundos, casi emboscados. Deja atisbar el papel de la envidia mimética. A un revolucionario, entre grandes declaraciones demagógicas, se le escapa: «Tendré mi elegante uniforme, como el señorito Arturo cuando partió, hará pronto cuatro años. Tú lo mirabas embobada, Josefina. Pues bien: no tardará mucho en que yo sea otro tanto, y tú serás mi mujer, y honores y riquezas serán de ambos». También entrevé la mecánica sacrificial que luego explicaría René Girard, pero que ya opera aquí. Hallamos asombrosos paralelismos con Historia de dos ciudades de Charles Dickens.

Tanto a Javier Barraycoa como a María de Sainte-Hérmine les impulsa un propósito pedagógico, del que nosotros salimos claramente beneficiados. Dice la francesa: «Mi único objeto al emprender este trabajo fue daros a conocer mejor vuestra familia y los beneficios de que Dios la ha colmado, beneficios amargos, sin duda, pero preciosos». Se lo dice a sus nietos, que reciben su relato, pero también a nosotros, que falta nos hace.

No sabía de cuál de los dos libros leídos en paralelo ofrecer mi selección de frases, pero estoy seguro de que Javier Barraycoa, que es un caballero, estará encantado de ceder su sitio a la dama:

Sólo existe una tragedia irreparable: traicionar el deber y perder el alma.
*
Alma generosa, se indignaba con la sola idea de no tener más mérito que el que dan los títulos y las riquezas, y estaba resuelto a no contentarse con estas frágiles ventajas, que nada añaden, según él se expresaba, al mérito personal. […] Ni vuestros bienes ni vuestra nobleza os podrán servir de excusa en el tribunal de Dios.
*
Cuanto más considerable es la fortuna, cuanto más elevada es la categoría, mayores son los deberes.
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Debemos aficionarnos al latín, y aficionar a nuestros hijos, porque es la lengua de la Iglesia.
*
…y siempre me ha parecido que debía salvarme y santificarme en el estado del matrimonio.
*
[Genoveva de Sainte-Hérmine acepta casarse con el joven conde de Serant y le dice:] Temía un poco tu inmensa fortuna, pero sé que amas a los pobres y espero que seamos buenos ricos.
*
[Responde el conde:] —Ahora, Genoveva, es precioso que te haga una pregunta. Si un día el Rey necesitase de mi espada […] ¿me prometes que tu ternura no se ha de oponer al cumplimiento de un deber sagrado? —Indigna sería de ti, Arturo.
*
Los que rezan bien jamás serán apóstatas.
*
¡Qué alegría, que satisfacción sentimos al recibir pruebas de estima y afecto por parte de un príncipe de la tierra! ¡Qué dichosos nos consideraríamos en demostrarle nuestra gratitud, aun a precio de nuestra sangre. ¡Ay! ¿Cuándo llegaremos a comprender el precio de los favores del divino Rey en el Santísimo Sacramento? ¿Cuándo le pagaremos amor con amor?
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Entre nosotros había doce que tenían escopetas y las dispararon y mataron a doce.
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¡Cuántas encopetadas señoras y grandes señores, que hubieran muerto en la incredulidad si la desgracia no los hubiera humillado, recobraron la fe al subir los escalones del cadalso, y perdiendo esta vida mortal ganaron la que no ha de tener fin!
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¿Qué mérito tendríamos en ser virtuosos si nuestras buenas acciones fuesen recompensadas siempre aquí en el mundo? No habría bribones, porque el vicio no ofrecería ventaja alguna. Pero al mismo tiempo, entendedlo bien, se suprimiría la magnanimidad, la santidad, el heroísmo. La virtud no vendría a ser más que un nombre vano, pues el cumplimiento del deber sería siempre una operación muy lucrativa.
*
Debemos admirar, hijos míos, ese valor sublime, aun en nuestros enemigos, y aun gloriarnos en él, pues al fin y al cabo, eran franceses.
*
«Rueguen por mí; es cosa muy dura el tener que vivir siempre entre ganapanes».
*
Daba gracias a Nuestro Señor por llamarlo al honor de morir por Él.
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