Diosleguarde ilumina en su confirmación una tarde apagada de deslucidos toros de La Quinta
Ni El Cid ni Álvaro Lorenzo tuvieron opciones por mansedumbre y falta de casta general y de transmisión de sus toros
El diestro Manuel Diosleguarde con su primer toro
Joselito el Gallo, «el rey de los toreros», siempre presente en el minuto de silencio el día de su muerte en Las Ventas cada 16 de junio. Hacía 104 años que un toro le quitó la vida en Talavera de la Reina, partiendo en dos la Edad de Oro del toreo, la otra parte era su amigo y rival Juan Belmonte.
Un cárdeno serio se le apareció al confirmante, Manuel Diosleguarde, un apellido-frase bonito. Lo recogió templado, en verónicas firmes, y lo colocó en el caballo con quite medido y media para enfilar a Vendaval y su confirmación de manos de El Cid. A los medios se fue después para brindar al público.
Pareció que venía bien de lejos, hasta que al segundo pase se dio la vuelta y al tercero se le coló. Andaba el de La Quinta y Diosleguarde cambió a la izquierda ayudado, el tercero fue una sima, donde se descubrió que era por ese pitón.
Momento de la confirmación de alternativa de Manuel Diosleguarde con El Cid como padrino y Álvaro Lorenzo de testigo
La siguiente tanda fue la buena de toro y torero con casta, y la siguiente lo bordó el matador, extendiendo el buen recorrido del animal, obligándole y consintiéndole, parándole, saliéndole al paso, entendiéndole.
En esa pequeña cumbre se fue a por la espada Diosleguarde, que hendió el estoque a la segunda con ejecución extraordinaria. Buena faena de mérito que caló en los tendidos, insuficiente para trofeo.
Humilló de entrada Galonero con magníficas sensaciones, pero tras la primera vara se cayó de manos y empezaron los pitos. Con el segundo puyazo se cayó de bruces y allí se quedó sin poder levantarse como la madre de Gilbert Grape, pero sin fuerzas.
Chicuelina de Diosleguarde
Negro zaíno era Tabaco, el sobrero, alto y serio que miraba por encima de las tablas como con intenciones saltarinas. Era difícil de fijar. Embestía bien y salía suelto. No perdonó el quite Álvaro Lorenzo sin lucimiento. El toro andaba sin parar y no hacía caso a los llamadas, ni de los cuerpos, ni de las telas.
El tercer par fue bonito y bueno, con los pitones rozando las rodillas del banderillero, rápido y preciso. Se vino desde lejos a la muleta y El Cid se lo llevó lejos de las tablas. Faltaba emoción y en un par de pases la principió un Manuel Jesús como en un efímero rayo de sol.
Probó por la izquierda el de Salteras, pero ni por asomo. Se le vino encima al apuntar con la espada, que después cayó muy baja. Silencio pese al desdoro. Al tercero de Álvaro Lorenzo le hizo un buen quite, quieto, por tafalleras, Diosleguarde, Y eso fue todo. Brindó Lorenzo, señal de que vio algo, pero no hubo nada. Al natural se vislumbró en un par de pases la talla del torero, pero el toro no quería, sin casta, incómodo.
El Cid con la muleta
Una estocada trasera y tendida le sirvió al toledano para finiquitar el trance molesto. Dos pitones como antorchas, anchos, separados, tenía el cuarto, que unas veces se metía y otras se salía. Lo hizo en banderillas, apretando, y luego se explayó en la actitud con la muleta de El Cid, yéndose, con el torero corriendo tras él para matarlo.
Pinchó el torero al primer intento, talón de Aquiles de siempre de Manuel Jesús, que no acertaba. A la quinta, precisamente, dejó más de media. Desde el suelo se le arrancó el toro al puntillero como en una atracción de miedo. Diosleguarde le dio otra vez alegría a la tarde apagada en el quinto de Álvaro Lorenzo.
Con la cara arriba todo el tiempo (hasta en el caballo) no había forma de bajársela. El toro pasaba sin más, como si entrara en una habitación en vez de la muleta. Lo intentó Lorenzo, pero no se podía. Acertó con la espada en estocada tendida y se levantó el animal otra vez con la primera puntilla antes de la muerte final.
Pase de pecho de Álvaro Lorenzo
Otro cárdeno el sexto, casi todos lo fueron, para el confirmante, que bregó con oficio por abajo para pararlo. La acción fue celebrada por los tendidos en la tarde alicaída que sostenía al fin Diosleguarde con sus detalles lidiadores. Había alguna esperanza después de las banderillas.
Lo citaba desde lejos Diosleguarde y venía y él aguantaba, Por abajo con urgencia le dominó al toro enorme, retumbante. Le sacó pases difíciles, incluso cuando el toro empezó a mirarle y meterse y revolverse con tremendo peligro. Intentaba atropellarle el de La Quinta, pero no se dejaba el joven torero, incólume y valiente.
También técnico y hecho una furia. Audaz y sereno. Despierto. Se desgarró en el grito de la estocada que fue un gran pinchazo en todo lo alto. No entró más a matar y se fue a por el verduguillo. Estaba vivo el toro, pero no había vuelta atrás en el descabello. A la tercera lo consiguió Diosleguarde, que dejó las impresiones que Madrid recuerda.