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Obra de Lecomte du Nouÿ que representa a Demóstenes practicando oratoria en la playa

Obra de Lecomte du Nouÿ que representa a Demóstenes practicando oratoria en la playaGetty Images/Pictore

Demóstenes, el orador tartamudo que se enfrentó a la tiranía

El político griego hizo frente al poderoso Filipo de Macedonia con su excelente uso de la retórica

El presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, acaparó titulares hace unos días con su larguísima rueda de prensa. El dirigente blanco quiso salir al paso de los muchos frentes abiertos en su equipo y de la crisis interna que trató de zanjar. El mandatario cerró su intervención recordando que él defendería a los suyos las veces que hiciera falta y criticó a los periodistas que «filosofan sobre el Madrid, como si ellos fueran Demóstenes».

Esta cita a Demóstenes no es casual. El grandísimo orador ateniense, espejo en el que se miraba otro maestro de la retórica como Cicerón, es recordado por sus largos discursos en defensa de la libertad y la democracia frente a la amenaza de invasión del rey Filipo de Macedonia. El griego, por lo tanto, alzaba la voz frente a quien consideraba un tirano. Quizá, con esa imagen de fondo, Florentino Pérez quiso abrochar así una larga rueda de prensa en la que convocó elecciones a la presidencia del Real Madrid. Otro gesto, por lo tanto, aparentemente contrario a cualquier tiranía.

Los discursos de Demóstenes se estudiaron durante siglos en el mundo clásico. Aristóteles los tuvo muy presentes en su Retórica y el ya citado Cicerón no dejó nunca de alabar al orador de Atenas. Plutarco dedicó a ambos dos de sus Vidas paralelas y reconoció en ellos semejanzas «como la ambición, el amor de la libertad cuando tomaron parte en el gobierno y la cobardía para los peligros y la guerra».

También dejó escrito Plutarco lo sorprendente de que dos hombres «oscuros y pequeños hubiesen llegado a ser grandes y poderosos y se hubiesen enfrentado a reyes y tiranos». No cabe olvidar que si Demóstenes tiene sus famosas Filípicas contra el padre de Alejandro Magno, Cicerón es recordado, entre muchos otros discursos, por las Catilinarias con las que ayudó a detener el intento golpista de Catilina y los suyos en la Roma republicana.

Un orador tartamudo

Cuenta Plutarco que el futuro orador no recibió la educación adecuada a pesar de la buena posición económica en la que le había dejado su padre al morir. Nos habla de un niño «delicado, flaco y enfermizo». Pese a todo, descubrió pronto su vocación pública y no tardó en acudir a los tribunales para escuchar los discursos que allí se pronunciaban. Si sus primeros pasos escolares no fueron los mejores, con el tiempo decidió solventar este problema y estudiar con Platón en su recién fundada Academia.

Cuando llegó su hora para participar en los asuntos de la polis, no fueron pocos los que se rieron de su estilo y su pronunciación. Cuentan que «notábase cierta falta de voz, torpeza en la lengua e interrupción en la respiración, lo que turbaba el sentido de lo que se decía». Es decir, Demóstenes era tartamudo. Sin embargo, aquello no apagó las ansias del orador por hacerse escuchar.

El futuro maestro de la oratoria se embarcó en la ardua tarea de corregir sus defectos. Primero contó con la ayuda de algunos actores que le animaron a «recitar de memoria alguna escena de Eurípides o Sófocles». Además, se hizo construir un estudio subterráneo en el que pasaba semanas practicando la modulación de la voz. Para evitar rendirse, mientras trabajaba, se afeitaba solo un lado de la cabeza «para no poder salir, aunque quisiera, detenido por la vergüenza».

Plutarco recoge también algunos testimonios que relatan los métodos «logopédicos» que utilizó el joven Demóstenes para corregir sus problemas con el habla: «La torpeza y balbucencia de la lengua la venció llevando piedras en la boca» cuando ensayaba los discursos. Para mejorar el modo de declamar y el control de la respiración, recitaba versos al tiempo que «corría y subía a sitios elevados». Incluso llegó a enfrentarse a la fuerza del mar para conseguir que sus palabras tuviesen el tono suficiente para hacerse escuchar por encima de las olas.

Voces contra Macedonia

Demóstenes, a pesar de esa «cobardía» que señala Plutarco, puso su retórica al servicio de los intereses de Atenas frente al avance macedonio. Fueron sus palabras las que enaltecieron el espíritu de la polis cuando el avance de Filipo II parecía inevitable, como finalmente lo fue. Pese a todo, logró que varias ciudades-estado griegas se unieran para hacerle frente en la famosa batalla de Queronea, donde las modernas falanges macedonias mostraron su superioridad frente a la clásica formación de hoplitas.

Tal fue el quebradero de cabeza que supuso para Filipo el tono de Demóstenes contra él, que su hijo no quiso repetir los errores de su padre. Asesinado el rey de Macedonia y entronizado Alejandro, que después sería recordado como el Magno, el orador ateniense siguió defendiendo la independencia de su tierra frente a Macedonia. Sin embargo, acabó por ser condenado por sus detractores y tuvo que salir al destierro.

La prematura muerte de Alejandro Magno pilló a nuestro protagonista en el exilio (un viaje que lo alejó de Atenas, pero en el que no llegó a acercarse a Móstoles, pese a la confusión generada estos días en algún periódico español). Aunque trató de aprovechar la circunstancia y la crisis abierta en el efímero imperio macedonio por las guerras civiles entre los generales del fallecido rey, las cosas no mejoraron para Demóstenes y tampoco para la autonomía ateniense. Así, en medio de esta lucha de poderes, pidieron su cabeza y el orador prefirió suicidarse bebiendo veneno a caer en manos de sus enemigos.

Murió el hombre, pero sus intervenciones públicas se conservaron y estudiaron en las grandes escuelas de retórica. Todavía hoy el término «filípica» está recogido por la RAE como sinónimo de un discurso con el que se pretende censurar la actitud de alguien. Demóstenes, por lo tanto, pasó a la historia, y Florentino Pérez le ha devuelto a la actualidad.

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