Un domingo ya no es cualquiera con Lise Davidsen
Sin alharacas ni grandes anuncios, la gran estrella presente de la lírica mundial se presentó, ayer, ante 500 privilegiados espectadores para cantar Lieder de Schubert en el Círculo de Bellas Artes de Madrid
La soprano Lise Davidsen, durante el primer acto de 'Tristán e Isolda’
La competencia en la música también es sana y positiva. La abrupta salida de Antonio Moral del ciclo de Lied de la Zarzuela ha servido para que la oferta se ensanche en beneficio de la clientela. Lejos de amilanarse, el bravo Antonio ha organizado un ciclo paralelo en el Círculo de Bellas Artes para lo que se ha servido de sus amplios conocimientos del oficio y las audiencias, más el impagable valor añadido de una agenda cultivada con esmero por décadas: para ciertos artistas, muy pocos, pero leales, la amistad queda siempre un peldaño por encima del dinero.
De ese modo, la cantante del momento, la soprano a la que todos adulan con la pretensión de que actúe para su beneficio y gloria, se ha presentado esta vez, a casa llena, en esta suerte de Wigmore Hall madrileño, más adecuado incluso para estos encuentros íntimos que la sala de calle Jovellanos, que es el próximo Teatro Fernando de Rojas.
La conexión entre artistas y púbico resulta aquí total, a partir de la mirada que todo lo escruta y percibe desde un lado y el otro, si existe interés. Había razonables dudas entre los más escépticos de cómo se manejaría en esta bombonera el inmenso caudal sonoro de Lise Davidsen, con un programa consagrado a Schubert. Escucharla en estas particulares condiciones podría tener el mismo efecto que el de otra soprano cantándole a uno solo en la ducha.
Lise Davidsen, aclamada ayer, en Madrid
Afortunadamente no hubo que lamentar ningún percance: los modernos bisoñés resisten cualquier tempestad, pero además la artista noruega es intérprete sensible, capaz de mover ese torrente a su entero placer, dejando unas veces, cuando se requiere, que pueda llegar a percibirse nítido el perfil broncíneo de una Brunilda, y plegándose en otros, los esenciales, no diría que al susurro aterciopelado (tarea casi ímproba en este caso), pero si a la íntima delicadeza imprescindible para llegar al tuétano de muchas de las gemas que concibió el compositor austriaco.
Pese a su relativa juventud, la Davidsen se maneja ya por el escenario con la destreza de una Waltraud Meier en sus años gloriosos, o casi como Ute Lemper en otro ámbito. Con ella no se necesitan notas al programa, que en este caso además no era más que suelto volandero. Se vale de un micrófono escondido en el interior del piano para amplificar la seducción, del que solo se sirve durante las elegidas pausas, para ofrecer sus impresiones e ideas acerca del repertorio escogido con sabiduría, propiedad e intención.
Como Sinatra en Las Vegas, o mejor, Johny Hartmann a la hora de describirle los secretos de Misty a la parroquia antes de desgranarla con su recia voz baritonal, Lise Davidsen se permite hasta provocar a la suya mediante sus particulares dosis de bien administrada inteligencia, perspicacia y algo de mala leche. Por ejemplo, cuando antes de interpretar Margarita en la rueca desafió a los presentes a que recordaran, si eran capaces, aquel último beso que verdaderamente les hubiera removido las entrañas. Menuda faena.
Johny Hartmann
El tópico no puede faltar en este caso, pero resulta necesario, en un arte tejido de sutilezas, que verifica el milagro ideal de la comunión entre poseía y música, resaltar la labor del pianista. La soprano puede dedicarle algún tiempo extra a sus comentarios, conocedora de que nada de lo esencial puede fallar, porque cuenta con la complicidad de James Bailleu, atento incluso a indicarle las entradas ante cualquier atisbo de vacilación o imprevista demora, como ocurrió al inicio del recital.
Con tan magnífico colaborador, Davidsen se muestra segura para navegar con éxito entre las aguas de un programa exigente y complicado por la variedad de atmósferas que sugiere, y su relativa popularidad: la selección se compone de Lieder bien conocidos por los habituales degustadores, lo que resulta propicio para las comparaciones con los grandes del género, y en una ciudad donde se ha podido escuchar a casi todos con frecuencia.
Una voz como las míticas de antaño
La intérprete no se esconde, consciente de sus virtudes, y aunque el tiempo ya se encargará de añadir, aquí y allá, esas sombras y matices que enriquecen la expresión a partir de las experiencias vividas, ofrece un fraseo franco, directo, extrovertido, bien intencionado, que añade quilates al oro de la voz más destacada del panorama internacional, una como las míticas de antaño.
En uno de sus comentarios, la propia Davidsen apuntó a otro señalado lugar común, que cada una de estas canciones contiene una ópera en miniatura. Y sostuvo, por ejemplo, que Die Allmacht tuvo que haber surgido de un encuentro entre su autor y Wagner, justo antes de lanzarse a una interpretación vigorizante que enardeció convenientemente a esa parte de la audiencia que siempre va a esperar de ella escucharle una Senta, Isolda, Elisabeth o la citada Brunilda (es lógica la excitación, porque no parece que en Madrid vaya a cantar mucho Wagner con escena, más ahora que ya ha dicho que limitará sus apariciones para poder ocuparse de sus hijas como es debido).
La soprano Lise Davidsen
De algunos de estos Lieder ya había dejado un notable recuerdo en su única aparición, hasta el momento, en la antigua casa más amplia, pero con peores vistas, de Moral. Repitió, por ejemplo, Erklönig, donde, a falta de una mayor diferenciación de los distintos planos asociados a cada personaje, ella se deja arrastrar por el tremendo dramatismo del instante para volver a proponer otra versión de marcados acentos casi veristas (su lady Macbeth, más que Tosca, puede llegar a marcar una época).
«Pocas audiencias como las españolas»
En su única intervención «falada», que diría el maestro Manoel de Oliveira, Bailleu, apropiándose por una vez él mismo del micrófono, señaló que en la segunda parte la atmósfera algo lúgubre de las primeras canciones escogidas darían lugar a un repertorio algo más luminoso. Difícil con Schubert, casi siempre escorado hacia la melancolía.
Pero es cierto que, en el tramo final, a partir sobre todo de Du bist die Ruh, el dramatismo intenso, junto a la exaltada religiosidad, se vieron barnizados por destellos luminosos que permitieron a la soprano exhibir, junto al poderío de su registro superior, con esos agudos centelleantes de refulgente sonoridad, acariciadoras medias voces, pianos plateados y conmovedores, que confieren a su canto esa irresistible riqueza expresiva ya apuntada, desde el inicio, en Conoces la tierra de los Mignon-Lieder.
La insistencia en las ovaciones, que ella alabó en sus anuncios («pocas audiencias me gustan tanto como las españolas»), le arrancaron un par de propinas, iniciadas, como no podía ser de otra manera en una velada consagrada a una de las cimas de este arte, con otra gema de la faceta lírica intimista propia de la sensibilidad de este autor, An die Musik. En un domingo cualquiera, en Madrid, de la nada puede surgir Lise Davidsen para transformarlo, elevándonos a un mundo mejor.