El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en una imagen de archivo
Filosofía para todos
Las joyas de Zapatero y la filosofía de las apariencias
Los pensadores Thorstein Veblen y Nicolás Maquiavelo nos ayudan a entender el caso de Zapatero y el pequeño tesoro oculto en su despacho
Del torrente de informaciones surgidas al calor de la investigación al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, una se ha llevado la palma en cuanto a interés y número de comentarios. Sin ser, quizá, lo más grave de todo lo que se ha ido conociendo, las fotografías de las joyas descubiertas en una caja fuerte del despacho del socialista han acaparado portadas, análisis y comentarios en tertulias, barras de bar y grupos de WhatsApp.
¿Cómo es posible que un político que asegura que «ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho» pueda tener escondido un pequeño tesoro en un cajón? ¿Por qué ese puñado de collares, relojes y pulseras llama tanto la atención dentro de una trama en la que se habla de movimientos de millones de euros? Dos pensadores separados por varios siglos de distancia nos pueden ayudar a entender este asunto: Thorstein Veblen y Nicolás Maquiavelo.
Los cambios económicos, sociales y políticos impulsados por la Revolución Industrial llevaron a muchos pensadores a tratar de explicar ese nuevo mundo. El sociólogo Thorstein Veblen se ocupó de la evolución de la denominada «clase ociosa», ese grupo de personas que convierten en ostentación y símbolo de distinción el hecho de no tener la necesidad de trabajar en cuestiones «productivas».
El recorrido histórico que plantea el autor y que termina en su época, los últimos años del siglo XIX, concluye que «el caballero ocioso» ha dado algunos pasos más respecto a ese interés por demostrar su estatus. Por un lado, el lograr una «ociosidad vicaria» en su entorno y, todavía más importante, «poner de manifiesto el ocio que no ha vivido a la vista de los espectadores». Muy similar a esto, Veblen acuñó el concepto de «consumo ostensible», clave para entender la cuestión.
Explica el estadounidense que esa clase ociosa necesita evidenciar su nivel comprando bienes «como prueba de fortaleza pecuniaria». Ese caballero ocioso antes mencionado «gasta sin limitaciones bienes de la mejor calidad». La acumulación de riqueza llega a tal punto que se convierte en un motivo de diferenciación, incluso entre aquellos que se disputan ese trono social.
Tener, pero no mostrar
El análisis de Veblen sobre el consumo ostensible nos lleva hasta nuestros días. Aunque esa relación con la ociosidad es mucho más dudosa, no cabe duda de que la posesión de determinados productos no tiene solo un valor de utilidad, sino de nivel social: móviles, coches, relojes, joyas... A pesar del recordado eslogan, no son demasiados los que comulgan con aquello de «no es lo que tengo, es lo que soy».
Sin embargo, en el caso que nos ocupa, esa idea sí parecía estar en la esencia del expresidente Zapatero. Convertido en «faro moral» del PSOE sanchista, el dirigente que sustituyó a Aznar en La Moncloa acudía a los actos de su partido insistiendo en un socialismo que se aleja de ese interés por el enriquecimiento personal y la ostentación.
¿Cómo se puede sostener ese discurso teniendo un patrimonio dorado escondido en un cajón? ¿Por qué esforzarse en poseer riquezas para construir después una imagen distinta? La explicación clásica la encontramos en el libro de cabecera de muchos políticos: El príncipe, de Maquiavelo. En su capítulo XVIII, titulado De cómo los príncipes deben cumplir sus promesas, el italiano da las claves para despejar la ecuación.
El comienzo de Maquiavelo ya es toda una declaración de intenciones y un claro ejemplo de realismo político: «La experiencia nos demuestra que son precisamente los príncipes que han hecho menos caso de la fe jurada, envuelto a los demás con su astucia y reído de los que han confiado en su lealtad, los únicos que han concluido grandes empresas».
El florentino deja claro que quien ostenta el poder puede y debe desentenderse de su palabra si eso va contra sus intereses. En un párrafo demoledor, concluye: «Hay que saber disfrazarse bien, ser hábil en fingir y en disimular. Los hombres son tan simples y se aferran a las necesidades a tal grado que, quien engaña con arte hallará siempre gente que se deje engañar».
Si el expresidente Zapatero apelaba a la virtud de los socialistas es probable que lo hiciese pensando en esta última frase de Maquiavelo, al menos en lo que respecta, aparentemente, a su caso particular: «No es preciso que un príncipe posea todas las virtudes citadas, pero es indispensable que sepa aparentar el poseerlas. Y hasta me atreveré a decir esto: que el tenerlas y practicarlas puede llegar a ser pernicioso, mientras que, el aparentar tenerlas, siempre será útil».
Así, el lujo como símbolo de estatus descrito por Thorstein Veblen se da la mano con el arte de aparentar y disimular que Maquiavelo considera indispensable para quien aspira a conservar el poder. El caso Zapatero se convierte de este modo en todo un ejercicio sociológico, político y filosófico.