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La locura de Bad Bunny, un nuevo pastor para millones de ovejas

Parece que la cuestión de estos conciertos es, más que disfrutar, incluso más que asistir al espectáculo, es estar. Figurar. Decir que se ha estado

Madrid

Bad Bunny durante su actuación en Madrid el 30 de mayo

Bad Bunny durante su actuación en Madrid el 30 de mayoEFE

A Bad Bunny no se le oye cantar en sus conciertos multitudinarios. Tampoco se les oyó a Los Beatles en el Shea Stadium o en otros conciertos con menor afluencia. En su caso era por el griterío ensordecedor de cientos de miles de, mayormente, chicas enfervorizadas. También por el primitivo sistema de sonido, sobre todo para grandes escenarios.

Los propios «Fab Four» no se oían entre ellos. No oían sus voces al cantar ni oían sus intrumentos al tocarlos. Los de Liverpool se cansaron de aquello porque querían tocar su música. Porque eran buenos compositores y buenos intérpretes. Lo de Bad Bunny es otra cosa como la musica en el XXI es otra cosa. Y él es el paradigma: la nada musical vestida de parafernalia.

Y todo el mundo quiere ir al concierto de Bad Bunny, aunque es posible que no se oiga nada más que el ritmo insistente que obliga a, por ejemplo, bailar siempre igual. Se supone que uno se cansa de eso. Y de no escuchar ninguna melodía destacable en un concierto. También es posible que el público se canse de escuchar ese sonido gutural del protagonista similar (si es que se le oye) al de un cuerno hindú acompañado de sonidos de instrumentos caribeños.

Todo es posible, pero la impresión es que no. Se ha visto a muchos famosos «perreando» o algo parecido. Parece que la cuestión es, más que disfrutar, incluso más que asistir al espectáculo, es estar. Figurar. Decir que se ha estado. No es un concierto, sino una cita en el calendario del candelero. Una cosa envuelta que no contiene nada, pero ahí está.

En la Super Bowl no bailaba nadie más allá de los asistentes a la famosa «casita», quienes parecían, como en los conciertos barceloneses y madrileños, los invitados a una fiesta en el campo portorriqueño. Pero esa es una imagen de TikTok. No es una imagen real, sostenida en el tiempo. La música de Bad Bunny no tiene la sustancia suficiente como para mantener el tipo durante tres horas.

Algunas voces ya han dicho que no es divertido después del rato de TikTok. Incluso en la dichosa casita, se ha podido ver a famosos con cara de aburridos, sin bailar, como si estuvieran en la calle o en el mismo campo, mientras Bad Bunny se mueve para allí sin gusto, ni habilidad, ni arte, ni sentido, ni sensibilidad, como si fuera un pastor con un micrófono a modo de vara para sus millones de ovejas.

La noticia está en los invitados al concierto, en los presentes, por decenas de miles, por centenas, por millones en todo el mundo que asisten porque hay como una especie de obligación de ir, de estar, de «perrear», de decir que se ha estado ahí, de que le fotografíen a uno en vez de disfrutar de un concierto musical de lo que no tiene nada. Es la matraca que atrae como las sirenas de Ulises que, en vez de una perdición mortal para los marineros, oculta por detrás de esos «cantos» una absoluta rendición cultural.

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