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Aparición de Bad Bunny en la Met Gala de Nueva York 2026

Aparición de Bad Bunny en la Met Gala de Nueva York 2026GTRES

La jerga de Bad Bunny que conquista el mundo y la izquierda aplaude: ¿representa esto al español?

Si la jerigonza triunfante hubiera sido la madrileña, el cheli, quizá hoy Ramoncín hubiera sido el ganador del Grammy al mejor álbum y hubiese actuado en la Super Bowl

No son los más de 500 millones de hablantes de español en el mundo resultado de la Hispanidad. No. Parece que Bad Bunny, para amplios sectores de la sociedad, en buena medida de izquierda, es el responsable de la internacionalización de lo hispano y del español, de su expansión.

De lo hispano a través de la lengua. De la lengua española, se supone. Aunque es mucho suponer si se tiene en cuenta la «lengua española» que utiliza el cantante portorriqueño en sus canciones. Decir que habla quizá sea demasiado. Decir que vocaliza también lo es en una suerte de mascullar, de sonido gutural ininteligible, cavernícola incluso, la mayoría de las veces.

Y que causa furor. Un furor inducido, eso sí. Porque cantar o lo que sea que hace Bad Bunny como si tuviera la expresión del monje Salvatore de El nombre de la rosa, aquel que mezclaba lenguas al hablar, no puede ser un fenómeno de masas sin la correspondiente «mano» mediática.

Es la jerga portorriqueña llevada a las listas de éxito mundiales como si fuera un hallazgo. ¿Se imaginan que en vez de la jerga portorriqueña hubiera sido, por ejemplo, la jerga madrileña, el cheli? Hoy quizá no estaríamos hablando de la estrella de la música mundial Bad Bunny, sino de la estrella de la música mundial Ramoncín.

En la comparación está el descubrimiento. El ridículo tremendo vestido de logro, de política, de ideología y de hito. Haber llevado «pichear» (ignorar o despreciar) a la fama es como si se hubiera llevado a la fama «dabuten», mientras, un suponer también tremendo, Ramoncín recoge el Grammy al mejor álbum y actúa en la Super Bowl. Este es el símil sangrante para que se entienda en España.

Así el cheli portoerriqueño triunfa con Bad Bunny en una gran tomadura de pelo instituida y sin posibilidades de retorno. En una película estadounidense de adolescentes de los ochenta, el protagonista llegaba a un pacto con la chica más popular del instituto para simular que salía con ella y así hacerse por ello también popular. Lo consigue fácilmente, pero en el desarrollo y aceptación de esa popularidad basada en banalidades, todo se escapa de las manos hasta el punto de que cualquier tontería vista desde fuera por dentro es una absoluta genialidad que todos copian y repiten.

Lo de Bad Bunny es una popularidad de instituto estadounidense de los ochenta, pero llevado a la global por el globalismo. La estupidez, la vulgaridad, lo feo visto como algo popular, forzadamente agradable o bueno o divertido. «Janguear», una forma de hablar local, tenida como un descubrimiento. Y como «janguear», «bichote» o «chapear». Y no son precisamente términos bonitos, para enseñar a los niños. Para que tengan cultura.

Es lo contrario a la moraleja que tenían aquellas películas de adolescentes. Es la superficial popularidad, el soez «perreo», por ejemplo, o el «bro» que ha sustituido por aquí al «tío», en vez de criticada o corregida, elevada al ideal. Como si la moraleja fuera Bad Bunny igual que el cruel rey del baile del instituto en una inversión moral. Pero tampoco hay que darle tantas vueltas, simplemente debería bastar con alejarse un poco del ruido, respirar, meditar y escuchar sin jaleo la música y las letras de Bad Bunny, el «embajador de lo hispano», para darse cuenta del engaño que conquista el mundo y que por supuesto bien poco tiene que ver con el español.

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