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Bad Bunny en concierto

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Las delirantes teorías sobre Bad Bunny para justificar su éxito prefabricado

Hay críticas musicales que han llegado a elogiar el «arte» de Bad Bunny para bailar. No se han atrevido a elogiar sus cualidades vocales, pero hay tiempo sobrado para que caiga esa barrera inverosímil: la posverdad todo lo puede

Imagínese estar todo el rato hablando de una piedra. En la televisión, en las redes, en los periódicos... La piedra omnipresente. Al principio de su aparición se informa de su procedencia, de su composición, de su edad, de su color o de su tamaño.

¿Y después de qué? No se entiende mayor interés por el origen de esta piedra. Pero el caso es que la piedra sigue apareciendo en todas partes. La piedra llega a España y se expone durante diez días en un museo. Y se produce la locura: colas interminables para ver a la piedra.

Ninguno de los visitantes se pregunta qué tiene la piedra. Simplemente quieren verla, estar a su lado. Y entonces el fenómeno se agiganta desde la inanidad de la piedra de cuyo objeto comienzan a aparecer teorías que hacen de la piedra algo trascendente.

Una piedra que refleja la idiosincrasia del lugar donde fue encontrada, a saber: la dureza de una tierra y la tonalidad de sus paisajes, junto a brillo de los ojos de su gente. Un suponer. Humo en todo caso. La farfolla del arte moderno. Una jerga sobre la nada y una crítica que se devana los sesos para encontrar la justificación más peregrina para darle importancia a una piedra.

«Una rosa es una rosa es una rosa», escribió Gertrude Stein. Hoy quizá hubiera escrito «un plátano es un plátano es un platano», en referencia a Comedian, la obra de Maurizio Cattelan, como hubiese escrito «Bad Bunny es Bad Bunny es Bad Bunny». Pero hay quienes se empeñan en que una rosa, un plátano y y Bad Bunny son más de lo que son.

Hemingway escribió que Stein le enseñó a prescindir de los adjetivos, esto es, a decir que Bad Bunny es Bad Bunny es Bad Bunny. Sin embargo Bad Bunny es como la piedra del principio de estas palabras, sobre el que hasta se hacen ensayos, no es para menos, pero no en dirección a su verdad, sino a la de su posverdad.

La periodista Marta Fernández ha escrito un ensayo titulado Bad Bunny ganó a las máquinas donde la tesis (la del título) es interesante: «Ya hay herramientas sintéticas que replican voces de cantantes que suenan perfectas, pero eso no nos llega. Lo que nos llega es el error. La posibilidad de caer y volver a levantarnos».

Se refiere Fernández a un mensaje que llega independientemente de la manifestación artística a través del que aquel se representa. Tras de lo cual puede venir cualquier cosa. Se quiere decir lo que cada uno estime inconveniente.

Dice la autora de Bad Bunny ganó a las máquinas que «la discografía de Bad Bunny es la tradición musical de Puerto Rico sudada por él mismo. Sudada, llorada, bailada, disfrutada y gozada en su cuerpo. Y por eso nos llega, porque contiene toda esa experiencia humana».

¿Pero cómo puede ser eso posible con esa ausencia de talento artístico tan patente y sin embargo tan tristemente invisible para tantos? No se trata de poner el foco en la obra de una estimable escritora y periodista, sino de intentar mostrar que Bad Bunny es una piedra, pese a las esforzadas teorías que intentan explicar el fenómeno de la piedra.

Un verdadero fenómeno artístico que trasciende de su ámbito no necesita explicarse porque hay razones artísticas que lo hacen trascender de dicho ámbito. No es el caso de Bad Bunny, cuya trascendencia es únicamente un denodado empeño (conseguido) por elevar el ejercicio multimillonario y multitudinario a la categoría de arte. Un arte nuevo inexistente.

La posverdad

Hay críticas musicales que han llegado a elogiar el «arte» de Bad Bunny para bailar, lo cual es imposible porque no baila. No se han atrevido a elogiar sus cualidades vocales, pero hay tiempo sobrado para que caiga esa barrera inverosímil. La posverdad todo lo puede, como que el feminismo más incisivo en otros casos menores no dice ni mú por el proceso de selección de invitadas a la famosa casita prefabricada como todo en este engendro de la posmodernidad.

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