La IA destruye la música (y la cultura) sin que sus «dueños» hagan algo humano para frenarla
El concepto humano capital del arte está desapareciendo o ha desaparecido entre los gestores-distribuidores del arte musical del XXI porque ya casi no forma parte del negocio, al menos de lo esencial del negocio: una tragedia en ciernes
Un robot toca la guitarra
Cuando Hitler invadió Polonia y siguió por Europa, encontró colaboradores autóctonos, los colaboracionistas, que se asimilaron al nuevo poder para beneficiarse o para no ser subyugados en contra de su humanidad patriótica.
Quizá el ejemplo más conocido sea el del régimen de Vichy (esta ciudad fue su sede ya que París pertenecía a Alemania), el Gobierno dictatorial colaboracionista francés creado tras la conquista alemana y liderado por el general Philippe Petáin.
Otro general, Charles de Gaulle, fundó el movimiento «Francia Libre», la resistencia que acabó deponiendo el «poder» de Petáin y devolviendo Francia a los franceses al final de la Guerra. Incluso en los campos de concentración nazis se creó la Policía del Gueto, formada por judíos, que se ocupaban de mantener el orden entre los prisioneros.
En el XXI hay otro enemigo que amenaza con destruir (ya ha empezado a hacerlo) la cultura occidental. A mediados del XX el escritor y gran intelectual Stefan Zweig, quien había huido a Brasil de los nazis, terminó suicidándose allí en 1942 junto a su esposa, convencido de que Hitler acabaría conquistando el mundo entero y por tanto acabando con todo lo bello de Occidente.
El gran enemigo de la cultura actual es la IA y su influencia ya alcanza límites terribles con la ayuda de sus propios «colaboracionistas». La música es quizá el arte más afectado por el momento, donde la creación de música no humana empieza a competir con la música humana y no solo eso, sino que la reemplaza, copiando voces y estilos de artistas conocidos, ayudada por el hecho aún más terrible de que el público masivo no es capaz de distinguir lo que le pertenece y lo que no.
La IA es una herramienta extraordinaria en un amplio abanico de posibilidades positivas, pero también negativas. La falta de cultura, de lectura o de pensamiento propio es el caldo de cultivo perfecto para que lo peor de la máquina conquiste con su «populismo» al público y acabe con los artistas humanos.
'Terminator' nunca estuvo tan cerca
Y el peligro se extiende a muchas otras ocupaciones y profesiones, pero la cultura, la base espiritual de los pueblos, el pilar, el sostén de su esencia corre un serio riesgo de derrumbe ante la sustitución de los valores, del talento o de la belleza humanos por la reproducción sintética de la máquina de esos mismos valores, talento o belleza desprovistos de toda alma, simplemente copiados perfecta y superficialmente, aniquilando con ello el germen del arte y de la humanidad.
Terminator nunca estuvo tan cerca y cada vez más. Aldous Huxley dijo aquello de que las técnicas de control y manipulación descritas en Un mundo feliz avanzaban mucho más rápido de lo que él mismo había imaginado. La IA la han creado los hombres y con ella los hombres, por supuesto, quieren seguir su camino, siempre avanzando.
El progreso siempre trae paralelamente consecuencias negativas que hay que prever y solucionar, pero la de la cultura y la IA es tan importante, tan grande y tan incontenible, al menos en estos «primeros» pasos, que es inevitable sentir una especie de pánico similar al del infortunado Stefan Zweig, quien tomó una resolución radical ante la imposibilidad de ver un remedio en ningún caso.
El austríaco no quería vivir en un mundo que no fuera el suyo y del que tan magistralmente escribió en El mundo de ayer. Tampoco en el XXI queremos vivir en un mundo que no sea el nuestro que es al que apunta la IA en relación a la cultura o en su invasión de la cultura. En el caso de la literatura, por ejemplo, los concursos literarios y las editoriales prohíben obras donde se haya utilizado la inteligencia artificial.
Es un peligro real, pero, volviendo a la música, quienes tienen el mando en la distribución, las plataformas, priorizan por ejemplo «la cantidad y la velocidad de consumo», según un libro de Liz Pelly a la que cita Mar Padilla en un artículo en El País. Ninguna mención a la calidad de la obra.
Al streaming llega de todo y los filtros no son los adecuados si se parte de la idea de que lo importante es «la cantidad y la velocidad de consumo» y no el valor, el talento o la belleza. No hay que engañarse y pensar que las antiguas distribuidoras, antes de la época del streaming, eran ángeles protectores de la cultura, pero al no tener importancia (ni existencia) «la cantidad y la velocidad de consumo», el valor, el talento y la belleza eran requisitos considerables, al contrario que ahora.
'El factor humano'
«La cantidad y la velocidad de consumo» eran condiciones impensables antes del streaming, que ha convertido la música en mercancía, alejándola del arte. El concepto humano capital del arte está desapareciendo o ha desaparecido entre los gestores-distribuidores del arte musical del XXI porque ya casi no forma parte del negocio, al menos de lo esencial del negocio: una tragedia en ciernes.
La IA abre un mundo casi infinito de oportunidades y también de dificultades que solo El factor humano, como en la novela de Graham Greene, sobre todo en la cultura, puede superar si los responsables de la distribución de la música no se convierten en colaboracionistas de la IA y sitúan a superior nivel o al menos al mismo que a la «cantidad y velocidad de consumo» a la cultura humana.