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Blas de Otero

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El Blas de Otero que casi nadie recuerda: cuando su poesía dialogaba con Dios

En su primera etapa, el escritor vasco cultivó una poesía de raíz católica, bajo la influencia de los místicos del Siglo de Oro como San Juan de la Cruz y Fray Luis de León

Casi medio siglo —47 años— ha pasado desde la muerte de Blas de Otero en su residencia de Majadahonda, en Madrid. Su figura ocupa un lugar central en la poesía española del siglo XX. Es considerado uno de sus autores más influyentes.

Se le recuerda, sobre todo, como una de las voces esenciales de la poesía social y existencial de la posguerra. A partir de los años cincuenta, Blas de Otero convirtió su obra en una forma de testimonio frente a la censura franquista y el sufrimiento de la sociedad española de la época.

Blas de Otero

Blas de OteroBBVA

Pero su trayectoria no fue lineal. En sus inicios, durante su estancia en el Bilbao natal, el poeta transitó por una etapa menos conocida, aunque decisiva para la construcción de su voz literaria.

Sus primeros poemas, escritos antes de los 20 años, muestran la influencia de los místicos españoles y de la tradición cristiana de San Juan de la Cruz o Fray Luis de León. A ello se suman su fe católica y el impacto del dolor por las pérdidas familiares.

Su etapa católica

Entre 1935 y 1943 desarrolló una poesía de corte místico y clasicista, muy vinculada al Siglo de Oro. En aquellos años de incertidumbre, encontró en Dios un refugio ante la realidad histórica. Siguiendo la estela de San Juan de la Cruz, concibió la poesía como un diálogo amoroso entre el alma —la esposa— y Dios —el esposo—.

Solo publicó un libro de forma individual en esa etapa, aunque firmó poemas en la revista de la congregación de Los Luises con las siglas «Blas de Otero, C.M.» (Congregante Mariano). También editó el cuaderno Cuatro poemas, que anticipa su primera voz mística. En estos textos domina un tono de recogimiento, como en versos del tipo «y el alma se arrodilla ante el ocaso», donde la experiencia religiosa se expresa como entrega serena.

En 1942 publicó Cántico espiritual, obra que remite directamente al título de San Juan de la Cruz. El libro, estructurado en un prólogo en prosa y diez composiciones, articula un discurso de amor divino. Destaca su disciplina formal, con uso de sonetos y metros clásicos del Siglo de Oro.

Extractos de 'Cántico espiritual'

Nada soy si no soy el que yo soy, / el que ha salido de Tus manos.

No te pido, Señor, que me comprendan; / sólo aspiro a que llenes mi mirada.

Todo el mundo, Señor, es una isla / recién salida a flor de agua, inédita, / si la descubres Tú, nauta del viento.

Todo es posible –ay, Dios– con tus promesas / y tu esfuerzo interior, que reconstruye.

Oh alma, que posesa estás de Dios, recibe / su primicia y, en el silencio fresa / del alba, la delicia arregosta, de unión.

El resultado es una poesía alejada del conflicto exterior, centrada en una búsqueda de elevación espiritual y de fusión con lo divino a través de la obediencia y la contemplación.

Con el paso de los años, Otero abandonó progresivamente esa etapa mística. Tras la posguerra y su estancia en París en los años cincuenta, su escritura se alejó del discurso religioso y derivó hacia una poesía existencial primero y, después, claramente social. Obras como Pido la paz y la palabra o En castellano consolidaron esa transformación.

El poeta pasó de la introspección espiritual a una voz comprometida con la realidad histórica, con un lenguaje directo y una clara dimensión crítica. Ese cambio lo situó en el núcleo de la llamada poesía social de posguerra y marcó de forma definitiva su legado literario.

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