Van Morrison volvió a ponerse las gafas de 'La leyenda del indomable'
El «León de Belfast» dejó en el cajón un buen puñado de éxitos esperados que sustituyó con su amplísimo y brillante repertorio en una poderosa actuación que acabó en apoteosis
Van Morrison durante el concierto de las Noches del Botánico ofrecido este martes en el Real Jardín Botánico, en Madrid
El calor era el de la película, cuando los presos liderados por Paul Newman sudaban semidesnudos al sol mientras limpiaban las cunetas. El público sudaba al sol madrileño de las 20.30 porque Van Morrison, de 80 años, no toca más tarde.
Y no hay más que hablar. El sol de junio yéndose muy poco a poco. Y además dándole de lleno al «León de Belfast» como en la sabana. Cuando el astro declinó y el Jardín Botánico hizo su aparición con su clima esplendoroso el protagonista le llevaba la delantera.
Quedaba mucha noche, pero no estaba dispuesto a pasarla allí. Empezó incluso antes. Apenas unos instantes después de que anunciaran por la tradicional megafonía que faltaban cinco minutos para que comenzara el concierto. Lo hizo con Deep Blue Sea. Un mar azul profundo como la voz y el saxofón poderosos, interminables.
'Cool Hand Luke'
Llevaba Van Morrison las omnipresentes gafas de espejo del impávido jefe de los vigilantes de la prisión de La leyenda del indomable y el sombrero del falsamente amable director. En el reflejo de esos cristales se podía ver al mismo tiempo la carretera por donde se escapaba Cool Hand Luke, que es por donde pasa la vida para todos.
Blues, soul de alta calidad, fusión, el Enrique Morente de Irlanda del Norte, música con efecto de metrónomo, implacable y al mismo tiempo suave y bella. El amor, los «¡au!» y los ¡«yipyipyip»! intercalados. La voz, el saxo y la armónica y una banda extraordinaria de virtuosos maduros con alma de juventud eterna.
Van Morrison da la sensación de que podría cantar eternamente. Ni el más mínimo asomo de debilidad vocal, al contrario, parece más firme, más entera y amplia y resonante que en cualquiera de sus grabaciones míticas. No aparecen los éxitos de Them, su grupo primero, tampoco las del primer Van Morrison.
Van Morrison en Madrid
Lo de Van es por Ivan. Se llama George Ivan Morrison y le empezaron a llamar Van, como si fuera holandés, pero es de Belfast, de origen escocés. Es especial, como Van Dick, como Van Gogh, como Van Nistelrooy, pero no tiene nada que ver con ellos y al mismo tiempo todo.
When the Rains Came suena extraordinaria en el tiempo y en la pausa. Es el espejo del octogenario Morrison, quien prueba, se deja llevar, se suelta libre y luego suelta su bárbaro gañido a placer, bárbaro y medido. Y sopla como canta. Como un dios del soul y del rock.
When the Rains Came casi se insinúa en el aire. Los cuerpos se contonean instintivamente con semejante sonidos lejanos, como llegados de un Oriente. Es como un estímulo divino con la forma del poder saxofónico y trompetístico. Esa trompeta atravesó más de un alma. Hasta se ríe el gran malas pulgas consciente de su influjo.
Regreso al futuro
Y espolea al público: ¡«Night Time is the Right Time»! como un prestidigitador. En Real Real Gone brilla una corista con una voz de otro tiempo porque estábamos en otro tiempo y todo es de otro tiempo. «Thats all folks», dice el resabiado león. No ha parado ni cinco segundos entre canción y canción.
Ahora lo hace para presentar a la banda, cómodo, superior, superlativo. Un superhéroe que después de animar sutilmente el cotarro, de nuevo sutilmente, inexplicablemente, te sumerge en una introspección. Qué dominio, es doma, además de música directa a los sentidos.
El guitarrista, de unos ¿70 años? toca como Michael J. Fox en el «Baile del encantamiento bajo el mar» de Regreso al futuro. Por fin algo para el gran público con Moondance y sobre todo la apoteosis final de Gloria, el vigilante de La Leyenda del indomable que no falla con su rifle a quien apunta.
'Gloria'
Así uno se siente vivo entre tanto muerto. Entre tanta nadería musical que llena estadios durante días. En ese Gloria iba Matt Dillon caminando apresurado, al ritmo de los compases inmortales, entre el polvo de la calle en Rebeldes de Francis Ford Coppola. Los recuerdos de Van Morrison que se marchó así dejando a todo el mundo precisamente en la gloria («in excelsis Deo»).