Portada del libro 'Últimas virutas de taller', de Miguel d'Ors
El Barbero del Rey de Suecia
En el taller de d’Ors
El poeta Miguel d’Ors (Santiago de Compostela, 1946) lleva años publicando sus Virutas de taller en la exquisita y minoritaria editorial Los Papeles del Sitio, a cargo de Abel Feu. Ángel Ruiz, atento lector, ha definido el contenido de estos libros como «textos que no llegan ni a ensayos ni a artículos ni a columnas; están en una escala inferior, son comentarios breves, anotaciones, apostillas, sobre la actualidad o sobre lecturas, mayormente». Parece poco, pero luego el crítico los aplaude. En efecto, Virutas de taller tiene puntos de contacto con el diario, la crónica, el ensayo, la crítica literaria, la entrevista, el poema de circunstancia, la columna de opinión o la colección de aforismos, aunque el hecho de que tenga algo que ver con todos esos géneros hace imposible encuadrar el libro en uno solo de ellos.
Acaba de salir su quinta —y al parecer última— entrega, titulada Últimas virutas de taller [2019-2024] (2025). El tono es el mismo que el de las iniciales Virutas de taller [1995-2004] (2007), que el de Más virutas de taller [2004-2009] (2010), que el de Todavía más virutas de taller [2009-2014] (2015) y que el de Penúltimas virutas de taller [2014-2019] (2020). Confiemos en que haya, al modo de Jaime Gil de Biedma, unas virutas póstumas, felizmente apócrifas.
Aunque luego hablaré de su inteligencia y de su amenísimo rigor, si tuviese que dar una sola nota definitoria de estos libros, destacaría su indiferencia ante el qué dirán, e incluso ante el qué diremos. En una de las entregas anteriores, d’Ors decía: «Me doy por muerto por mucho que la estupidez contemporánea me mande una y mil veces sus padrinos». Esa muerte amortizada le otorga una enorme flexibilidad post mortem: habla de lo que quiere, con un soberano desdén por el éxito y las modas. A veces parece arisco, pero con un fondo indudable de gracia y de lógica. Por ejemplo, cuando le preguntan por el posible miedo a la muerte, contesta: «A un cristiano no tiene mucho sentido hacerle esta pregunta». El entrevistador vuelve a la carga: «¿Cree en la verdad absoluta?». Miguel d’Ors responde: «Repito la respuesta anterior». El pensamiento débil no es el fuerte de Miguel d’Ors.
Tampoco el pensamiento estrecho. Junto a su firmeza, destaca la amplitud de intereses del poeta. Le interesa mucho su oficio, desde luego, que enfoca, como advierte su título tan de carpintero, con actitud (y aptitud) de artesano. Se para a distinguir los ecos en las voces con delectación de entendido: trazas de Góngora en Campoamor. Pero también le apasionan las otras artes. Son muy afinadas sus observaciones sobre pintura, música o cine. En este aspecto resulta un libro enormemente práctico. Propone lecturas y ofrece algunas listas de películas imprescindibles.
Aprovechando la ausencia de apremio por ganarse al lector o por componer la figura, aplica con soltura la técnica del collage. Esto es, recoge citas de los más diversos autores y, a veces, las discute, pero casi siempre las comparte, dejando que digan lo que él piensa. El procedimiento crea una sensación de amenísima conversación y desactiva completamente el peligro del soliloquio en el que pueden caer libros como éste. Un ejemplo: «Leyendo el Informe sobre la esperanza del cardenal Müller, encuentro este diagnóstico clarividente de algunos males del mundo actual: «Nuestra sociedad, que se vanagloria de la democratización de la cultura y de la información, asiste, sin embargo, impávida a la marginación de aquellos intelectuales que proponen un pensamiento fuerte, al nacimiento constante de creencias irracionales e insultantes en su vulgaridad, a la difusión de ideologías destructivas que se imponen bajo la capa de lo políticamente correcto, a los movimientos oscuros de unos pocos, henchidos de poder económico, que manipulan a discreción las conciencias de la gran masa de la población»».
Miguel d’Ors se define en varias ocasiones como reaccionario. Además, es reaccionable: sus opiniones, inteligentes y rigurosas incluso cuando escuecen, nunca nos dejan indiferentes; sus observaciones nos enriquecen, sus puntos de vista nos iluminan y sus planteamientos nos hacen reflexionar. Son virutas, sí, pero con las que se puede encender un gran fuego de campamento alrededor del cual charlar, pensar, cantar y resistir.
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Vuelvo a la poesía de Unamuno, que nunca me entusiasmó. […] Tras el «¿Queréis que acabe ya?» larga todavía quince versos más.
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Chesterton: «Sólo a un crítico muy superficial le sería imposible ver al eterno rebelde que hay en el corazón del conservador».
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Álvaro Cunqueiro, en su cuento «O galo de Portugal» recogido en Merlín e familia i outras historias: «Tiña don Esmeraldino un curmán xerónimo, no severo convento que istes penitentes disfrutan en Lisboa» («Tenía don Esmeraldino un primo jerónimo, en el severo convento que estos penitentes disfrutan en Lisboa»). Frases así son las que hacen que uno ame la literatura.
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Manuel de Sandoval: «La hora / de los muchos, funesta a los mejores».
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Para cualquier cosa que me proponga escribir, tanto si es verso como si es prosa, las mejores ideas se me ocurren al día siguiente de haberla escrito.
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[Sobre literatura fantástica]. En cambio, donde hay Fe hay más interés por la vida sencilla y cotidiana, por la «realidad real» —digámoslo así—, en la cual, con la mirada de la Fe, es posible descubrir la palpitación constante de lo sobrenatural, de la Trascendencia.
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[¿Un buen poema es aún mejor si, además, contiene sentimientos nobles?] Como poema no diré que es mejor, pero sí que es una cosa mejor.
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Me preguntan en un impreso cuál es mi género. Pues ninguno, señores: las personas no tenemos género. Eso es cosa de las palabras. […] Como Miguel o como profesor me corresponde el género masculino, como persona o criatura me toca el género femenino.
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Verme incluido, bajo el rótulo blancos, en el mismo grupo que Boris Johnson, el Príncipe Harry o Gabriel García Márquez, tan físicamente distintos a mí, me hace pensar que ésa es una etiqueta muy de brocha gorda, que sirve a algunos tendenciosos para agrupar a todos los que no son negros, cobrizos ni amarillos.
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Mi «local de trabajo» como poeta es el mundo.
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«Los hijos no son propiedad de los padres», gritan ahora las mismas que no hace nada gritaban: «Nosotras parimos, nosotras decidimos».
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¿Qué cualidad aprecia más en un hombre?
—La bondad.
¿Y en una mujer?
—Ese resplandor que surge de la unión de bondad, inteligencia y belleza.
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Meditabundo me quedo cada vez que veo horrorizarse por mi «falta de sensibilidad» al llamar subnormales o deficientes a ciertas personas, a alguien que aboga porque esas mismas personas sean eliminadas por sus madres antes de nacer.
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Cada vez que me entero de que un violador que ha salido de la cárcel con un permiso penitenciario ha vuelto a abusar de una mujer, no puedo evitar lamentar profundamente que personajes como Cesare Beccaria o Concepción Arenal tuviesen tan buen corazón.
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HIPPIGRAMA
¿De veras quieres, Jovio, como dices,
romper con esta sociedad odiosa?
Déjate de Nepales y de autocaravanas,
olvídate de todas las comunas
y todos los mercados rusonianos
donde trocar pulseras por gallinas.
Para quedarse fuera de este mundo
hay un procedimiento más sencillo
—y que además supone mucho menos
gasto en tiempo, dinero y combustible—:
no tener un smartphone.
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Pienso que el valor de un poeta viene dado por sus mejores aciertos, con independencia de cuál sea el nivel habitual de su obra.
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Atención a esto que escribe Jean-Jacques Rousseau, en el capítulo IX del «Libro tercero» de El contrato social, hablando «De los signos de un buen gobierno»: «Me sorprende que se desconozca un signo tan sencillo o que se tenga la mala fe de no estar de acuerdo con él. ¿Cuál es el fin de la asociación política? La conservación y la prosperidad de sus miembros. Y ¿cuál es el signo más seguro de que se conservan y prosperan? El número y la población. No vayáis, pues, a buscar en otra parte tan disputado signo. El gobierno bajo el cual, sin extraños medios, sin colonias, los ciudadanos se multiplican, es infaliblemente el mejor. Aquel bajo el cual un pueblo disminuye y decae, es el peor. Calculadores, el asunto es ahora de vuestra incumbencia: contad, medid y comparad».
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Tener hijos. Cada vez hay más gente que lo reclama como un derecho y menos que lo asume como un deber.
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[Pide el Papa Francisco I: «Aprendamos de la humildad de las plantas». Añade d’Ors:] Y de la paciencia de las piedras.
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Los dogmas católicos eran mucho más llevaderos que los del progresismo.
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Las charlas amistosas más chispeantes y enriquecedoras de las que tengo recuerdo las mantuve con gente que en las cosas esenciales pensaba como yo.