Los Episodios Nacionales de Galdós adaptados: Trafalgar
Una nueva edición de literatura juvenil aborda la primera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, desde Trafalgar a La batalla de los Arapiles, en un único volumen de 136 páginas. El mismo Galdós publicó en 1908 una adaptación titulada Guerra de la Independencia extractada para uso de los niños, en la que se basa la este nuevo título, Sangre y Libertad
Grabado que representa la batalla de Trafalgar
Bahía de Cádiz, 21 de octubre de 1805. La derrota española en la batalla de Trafalgar dejó a nuestro país sin barcos, sin dinero, sin territorios en América y con las puertas abiertas para que los franceses nos invadieran. Fue el principio del fin del imperio.
En Trafalgar se perdieron los mejores barcos, como el Santísima Trinidad o el Santa Ana. También desaparecieron los más experimentados marinos, como Churruca o Gravina. Esto hizo que España perdiera, en alianza con Napoleón, contra Inglaterra, su control del mar, lo que, a la larga, favoreció los movimientos de independencia de los territorios americanos.
Ilustración de 'Trafalgar'
Además, sin barcos ni Armada, dejó de llegar el oro y la plata y quedó eliminado el comercio marítimo. Como si esto si fuera poco, como se había perdido la superioridad en el mar, Napoleón decidió invadir por tierra Portugal. Llena también España con sus tropas, nos traicionó e invadió también nuestro país en 1808.
Extracto del episodio 1. 'Trafalgar'
Cádiz, 1805. Desde el muelle, el Santísima Trinidad parecía una fortaleza de madera flotante, un monstruo negro y encarnado que proyectaba su sombra sobre las aguas de la bahía y sobre el destino de todos los que estábamos allí. Tenía cuatro puentes de artillería y ciento cuarenta bocas de fuego que apuntaban al vacío. Era el coloso de su tiempo, el orgullo de la Armada, y yo, un muchacho de catorce años que apenas sabía nada del mundo, estaba a punto de meterme en su boca.
La masa de hombres que aguardaba para embarcar era un hervidero: marinos de uniforme pulcro, chiquillos asustados, campesinos arrancados de sus tierras a la fuerza y vagabundos que buscaban una ración de rancho a cambio de jugarse el pellejo. El ambiente apestaba a miedo, el que mastican los que intuyen que no van a regresar.
—¿Qué miras con tanta fijeza, muchacho? —rugió una voz a mi espalda, una voz que sonaba como si arrastrara piedras por el suelo.
Portada de «Los episodios nacionales para niños para uso de los niños del siglo XXI» de Pilar García Pinacho
Me di la vuelta y topé con Marcial. Le llamaban el Medio-hombre, y el apodo era simplemente una descripción matemática. Le faltaba la pierna izquierda, sustituida por un tarugo de madera que golpeaba el suelo con un ritmo lúgubre, y un parche de cuero negro le tapaba el ojo derecho, recuerdo de alguna vieja carnicería contra los ingleses en San Vicente o el Caribe. Su rostro era un mapa de cicatrices y arrugas curtidas por el sol y la pólvora.
—Miro el barco, señor —respondí, tratando de que no me temblara la voz.
Marcial soltó una carcajada seca.
—¿Barco? Eso es un matadero de tres mil toneladas. Un ataúd dorado. Míralo bien, porque una vez que pongas el pie en esa cubierta, tu vida le pertenece al rey, a los oficiales y al primer pedazo de metralla que entre por las troneras.
No supe qué contestar. El Medio-hombre me dio una palmada en el hombro con una mano que parecía una pinza de cangrejo, dura y deforme, y me empujó hacia la rampa que nos transportaría al coloso.
El ascenso por el costado del Santísima Trinidad fue como escalar una montaña de roble. y al pisar la tablazón de la cubierta, el olor cambió bruscamente. Ahora era una mezcla densa de vinagre —usado para limpiar la sangre vieja—, el sebo de los cañones y el hedor de mil hombres hacinados en un espacio mínimo.
—¡Abajo, los nuevos! ¡A los puentes inferiores! —gritaba un contramaestre, haciendo restallar un cabo contra las espaldas de los rezagados.
Marcial no necesitaba que lo empujaran. Con una agilidad asombrosa que desafiaba su pata de palo, descendió por las estrechas escotillas, y yo le seguí de cerca, temiendo perder de vista el único rostro conocido en aquel infierno.
La profesora Pilar Pinacho en la presentación de los Episodios Nacionales para niños
A medida que bajábamos, la luz del sol desaparecía. El espacio era tan bajo que los hombres más altos debían caminar encorvados. Seguimos bajando hasta el tercer puente, donde la penumbra era casi total, rota solo por el parpadeo lánguido de unos pocos faroles de combate protegidos por rejillas de alambre para evitar que una chispa desatara la catástrofe.
—Este es tu sitio, Gabriel —me dijo Marcial, deteniéndose junto a uno de los cañones de a 12 libras.— Vas a ser un mono de pólvora. Tu trabajo es correr.
—Cuando empiece el baile, tu vida dependerá de la velocidad de tus piernas —me advirtió con gravedad, mientras me obligaba a tocar el metal para que me familiarizara con él.— Tienes que bajar a la santabárbara, el almacén de pólvora en lo más profundo del buque, recoger los cartuchos de saquillo y subirlos aquí arriba. Sin parar. Aunque el barco cruja, aunque el humo no te deje respirar, aunque tus compañeros caigan a tu lado. Si el cañón se queda sin comer, los ingleses nos comen a nosotros. ¿Entendido?
Tragué saliva. Los niños corrían descalzos por las cubiertas resbaladizas de sangre, transportando material altamente explosivo mientras las astillas de madera volaban como cuchillos por el impacto de los proyectiles enemigos. Un solo error, una chispa, y saltaríamos en pedazos antes de que el agua inundara el barco.
—¿Y tú qué harás, Marcial? —pregunté, buscando un asidero de seguridad.
—Yo estaré aquí, apuntando esta pieza y cobrándome los ojos que me faltan —dijo, y por primera vez vi una chispa de auténtica locura en su único ojo sano.— Pero, ahora, ¡deja de pensar en las musarañas y ayuda a la dotación a trincar el armamento.
Benito Pérez Galdós en Las Palmas, 1890
Pasamos las siguientes horas en un frenesí de trabajo brutal. El Santísima Trinidad levó anclas y comenzó a moverse, cabeceando pesadamente contra las olas del Atlántico. El mareo me acometió con violencia; los cabos cortaban las manos, el hombro me dolía de cargar maderos y el aire en el tercer puente se volvía cada vez más denso y caliente. Éramos engranajes de una máquina de guerra gigante que avanzaba hacia lo desconocido.
De repente, a media mañana, el tambor comenzó a sonar. Un redoble frenético, seco, que se metía en el pecho y aceleraba el corazón.
Los silbatos de los contramaestres rasgaron el aire con un chillido agudo y ensordecedor. Desde la cubierta superior, el grito bajó como un eco de terror y adrenalina por las escotillas:
—¡Zafarrancho de combate! ¡Velas en el horizonte! ¡Velas en el horizonte!
Marcial me miró fijamente. El tono de burla en su voz se convirtió en calma gélida, la del viejo marino que sabe que la hora de la verdad ha llegado.
—Baja a la santabárbara, Gabriel —me ordenó con voz firme, señalando el abismo oscuro que se abría bajo el puente.— Trae los primeros saquillos. Ya vienen.
A lo lejos, recortadas contra el cielo gris del Atlántico, una hilera de velas blancas avanzaba implacable en dos columnas perfectas. Era la flota británica. Era Nelson.
Me di la vuelta y me sumergí corriendo en la oscuridad del vientre del barco. Sentía que el mundo de los vivos quedaba muy arriba.
Por Gabriel Araceli