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Javier Jiménez

Feria del Libro de Madrid: el ruido y la furia

El consenso y el bien común deben seguir siendo la garantía para que se preserve el corazón y seña de identidad de la Feria: la bibliodiversidad

Madrid

Imagen de la última edición de la Feria del Libro

Imagen de la última edición de la Feria del LibroEuropa Press

La muerte nos sorprende a todos, aunque sabemos que es inevitable. Quizá lo que más nos desconcierte es lo sorpresivo de su llegada, aunque sea anunciada. Somos animales de costumbres y, en el fondo, nos desagradan las sorpresas. Así ha vivido el mundo de la cultura el despido fulminante de Eva Orué, hasta hace unas semanas, directora de la Feria del Libro de Madrid. Al sector del libro en general, por lo sorpresivo –y sorprendente– de la decisión «unilateral» de sus contratadores –el Gremio de Libreros de Madrid– la noticia le ha dejado en estado de shock. El que los responsables de la decisión hayan impuesto la cláusula de confidencialidad a todo lo que rodea el asunto no ha hecho sino disparar todas las alarmas: en vez de zanjar el tema de forma incontestable, la «ley del silencio» está propiciando, por el contrario, toda una avalancha de hipótesis, muchas de las cuales rozan el delirio y las teorías de la confabulación. Los más exaltados, sedientos de una explicación razonable y racional –el nuevo becerro de oro son las redes sociales, fuente inagotable de desconcierto y nano-esquizofrenia– se echan en brazos, cómo no, de lo irracional y emocional, y el péndulo de la locura colectiva oscila entre echarle la culpa a Marruecos o a una trama judeo-masónica.

Entre tanto desquicie, se hace imperativo volver a la sensatez. Tomando la distancia prudencial de tanto ruido y furia, y para que conste a los cronistas y censores del sector, por mi parte, respetando la tradicional cortesía institucional entre editores y libreros, y como simple apunte personal, me quedo con las muestras de solidaridad y reconocimiento de su labor que Eva Orúe está recibiendo por parte de los distintos agentes del sector, entre los que no faltan editores, libreros y escritores. Vaya la mía también: ha sido un privilegio trabajar codo con codo con ella durante los últimos cinco años en la Comisión Organizadora de la Feria. Aquí acaba el apunte personal.

A partir de aquí –se aclaren o no, finalmente, las razones del cese y trascendiendo la polémica–, creo que es más prudente, sensato y útil para todos que hagamos una reflexión profunda de lo que es la Feria del Libro de Madrid.

En mayo de 2025, la Feria del Libro de Madrid fue declarada por el Consejo de Gobierno de la Comunidad de Madrid Bien de Interés Cultural (BIC). Esta cita anual de los lectores con los autores, editores, distribuidores y libreros, durante diecisiete días, en el Paseo de coches del Parque de El Retiro, la convierte en motor esencial de la industria editorial de la ciudad, la región y de España. Con esta declaración oficial no sólo se ha reconocido el bien inmaterial que supone, sino que esta distinción garantiza un marco jurídico que protege su valor literario, histórico y cultural.

La Feria del Libro, cuya titularidad la ostenta el Gremio de Librerías de Madrid, alcanza así una dimensión cualitativa que la diferencia radicalmente de otras ferias del libro: sin renunciar a su condición de feria comercial, se subraya, de forma ostensible, su marcado carácter cultural.

Con este reconocimiento, las autoridades autonómicas, pero también las municipales y estatales, han adquirido un compromiso: el de proteger dicho bien y propiciar que se den las garantías suficientes para que –dado que se celebra en un espacio público– su actividad se desarrolle sobre los principios de libre concurrencia e igualdad de oportunidades, propiciando la equitativa participación de las librerías, editoriales y distribuidoras.

Al igual que el libro –algo mucho más que un producto de consumo puesto que tiene reconocimiento legal como de bien cultural y de primera necesidad–, la Feria del Libro de Madrid, en tanto que BIC, se convierte en un escaparate que da la oportunidad, una vez al año, de mostrar al público lector visitante, por un lado, la variedad de las librerías de Madrid; y, por otro, la riqueza del patrimonio bibliográfico de las editoriales madrileñas y españolas.

Entre las primeras, Madrid puede presumir de tener una espléndida red de librerías, de distintos tamaños y tipologías: generalistas, especializadas, de barrio, cadenas de librerías, urbanas o librerías de pueblo. Todas conforman un tupido mapa que cimenta la sociedad civil y propicia el comercio de proximidad. Capitaneada por ellas, la Feria del Libro no sólo ha crecido a lo largo de estos años, sino que se ha ido adaptando a las nuevos gustos y necesidades de los lectores, que son, finalmente, el «pulmón» de la Feria.

Entre las segundas, ya solamente la Asociación de Editores de Madrid (AEM) agrupa a 320 empresas editoriales, lo que la convierte en el gremio con mayor número de asociados de España. Junto con las editoriales pertenecientes a la Federación de Gremio de Editores de España, con su participación las editoriales aportan a la Feria la variedad y riqueza de sus catálogos, reforzando nuestra principal seña de identidad: el fomento de la lectura y la defensa de la bibliodiversidad.

La «bibliodiversidad» –concepto que tiene pendiente una entrada en el Diccionario de la Real Academia– es uno de los intangibles más importantes de la Feria del Libro de Madrid. La encarnan y dan vida, precisamente, todos los agentes que conforman este evento cultural: los libreros, con sus distintas tipologías; los editores, con su patrimonio bibliográfico; los distribuidores, representando a aquellos pequeños sellos editoriales que no pueden permitirse asistir por su cuenta; y los autores, de todos los géneros, para todos los públicos.

La bibliodiversidad de la Feria consiste precisamente en eso: que, por un lado, acoge tanto a la gran librería como a la librería de barrio, que visibiliza tanto a librerías generalistas como a librerías especializadas. Por otro lado, que propicia la participación de grandes, medianas y pequeñas editoriales: entre ellas no falta el cine, el teatro o la poesía; editoriales universitarias o religiosas, de estudios de género o dedicadas al género de viajes; científico-técnicas; infantiles o dedicadas a los clásicos. Para las pequeñas editoriales, además, cuyos títulos no suelen tener la visibilidad suficiente en librerías a lo largo del año, la Feria ofrece la oportunidad de dar a conocer de primera mano a los lectores no sólo sus novedades sino su fondo y la riqueza y variedad de sus catálogos. El papel de los editores en la Feria es precisamente ese: darse a conocer a nuevos lectores, promocionar sus colecciones y a sus autores, y aportar su grano de arena al fomento de la lectura. Así versa el lema de los editores de Madrid: 17 días en la feria, el resto del año en las librerías.

El carácter «bibliodiverso» de la Feria del Libro de Madrid consiste, finalmente, en que hace presentes y propicia el encuentro con los lectores a autores de primera, segunda y tercera división: desde el autor mediático que firma best-sellers ante colas multitudinarias, hasta el escritor de no ficción de corte universitario, al dibujante de cómic o la poeta novel. La bibliodiversidad también es eso.

Tras sus 85 ediciones, la de Madrid es, por sus cifras, la feria del libro más importante de España: 523 expositores participantes, de los cuales 120 son librerías (59 generalistas, 61 especializadas), 16 organismos oficiales, 13 distribuidoras, 9 gremios de editores y 365 empresas editoriales, con un mapa editorial que ronda los 1.000 sellos representados.

En su última edición, la asistencia se ha estimado en torno a los 800.000 visitantes, y la programación cultural ha contado con más de 400 actividades. Todo ello da cuenta de la importancia comercial para la ciudad y la región, sí, pero, no menos importante, de la riqueza cultural a nivel nacional e internacional. Todo ello nos permite calificarla como «reina de todas las ferias del libro».

Desde hace décadas, los editores hemos colaborado con los libreros de Madrid –depositarios de la Feria–, y los distribuidores –todos ellos con representación en la Comisión organizadora– así como con el equipo directivo para, por la vía del consenso, dotar a la Feria del mejor reglamento posible, garantizando el cumplimiento de los requisitos establecidos para la participación, y tomando las medidas oportunas para que la Feria se desenvuelva sin mayores percances. El objetivo que siempre ha primado desde nuestra posición ha sido –y seguirá siendo– el bien común, por encima de partidismos e intereses espurios.

Dejemos, pues, la polémica atrás y pensemos en el futuro, más allá del ruido y la furia. Aquellos dos pilares, el consenso y el bien común, deben ser seguir siendo la garantía para que se preserve el corazón y seña de identidad de la Feria del Libro de Madrid: la bibliodiversidad. Se lo debemos a los «dueños» de este bien cultural: el pueblo de Madrid y los cientos de miles de personas que nos visitan todos los años. Por todos ellos, ¡viva la Feria del Libro de Madrid!

  • Javier Jiménez es editor
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