Salvador Dalí y una de sus obras
Del tabaco a una servilleta: las primeras ventas más insólitas de los grandes maestros de la pintura
Fernando Botero cambió una acuarela por dos cajetillas de cigarrillos y Salvador Dalí pagaba sus cenas con dibujos y firmas. Antes de convertirse en genios universales, muchos artistas vendieron su obra por cantidades irrisorias
Dos paquetes de cigarrillos. Ese fue el precio de la primera obra que vendió Fernando Botero. Setenta y siete años después, aquella acuarela juvenil se ha convertido en una pieza codiciada por coleccionistas. La historia recuerda que incluso los nombres más cotizados del arte comenzaron siendo artistas desconocidos cuyas obras apenas tenían valor para el mercado.
La historia del arte está llena de primeras ventas sorprendentes. Desde cuadros intercambiados por tabaco hasta dibujos utilizados para pagar una comida, las obras que hoy alcanzarían millones de euros fueron, durante décadas, poco más que un medio para sobrevivir.
Dos cajetillas de cigarrillos
En 1949, un jovencísimo Fernando Botero pintó la acuarela La plegaria. Tenía apenas 17 años y estaba lejos de convertirse en uno de los artistas latinoamericanos más reconocidos del siglo XX. Su comprador fue Efrén Ossa, pionero del derecho de seguros en Colombia, que pagó por ella dos cajetillas de cigarrillos Pielroja.
El artista Fernando Botero
Más de siete décadas después, la obra regresó al mercado del arte en una subasta celebrada en Bogotá, donde fue adquirida por 420 millones de pesos colombianos. El contraste resume mejor que ninguna cifra la evolución del valor artístico y económico de la obra de Botero.
Pagar con una firma
Salvador Dalí no tuvo demasiados problemas económicos una vez alcanzó la fama, pero desarrolló una peculiar manera de evitar pagar algunas de sus comidas. Era habitual que frecuentara restaurantes de París o Nueva York acompañado de numerosos invitados y se ofreciera a pagar la cuenta.
Su truco consistía en extender un cheque por el importe correspondiente y realizar un pequeño dibujo en el reverso antes de firmarlo. Los propietarios sabían que aquella pieza original de Dalí podía valer mucho más que la propia cena, por lo que preferían conservarla antes que cobrar el dinero.
Salvador Dalí en París en los años 30
Existe otra conocida anécdota atribuida al pintor ampurdanés. El dueño de un restaurante le pidió que acompañara su firma con un dibujo en una servilleta para saldar la deuda. Dalí se negó y respondió: «He dicho que le pagaba la comida, no todo el restaurante». Aunque el episodio presenta distintas versiones, ilustra perfectamente la conciencia que tenía el artista del valor de su propia firma.
Picasso y el restaurante que no quiso comprar
Una historia prácticamente idéntica acompaña desde hace décadas a Pablo Picasso. Según la versión más difundida, el malagueño acostumbraba a realizar dibujos sobre servilletas o manteles de papel para pagar algunas consumiciones. Cuando el propietario de un restaurante le pidió que firmara uno de ellos, Picasso respondió: «Estoy pagando el almuerzo, no comprando el restaurante».
Pablo Picasso fue un pintor de origen malagueño. Que se caracterizó por su estilo cubista
Los historiadores no han podido determinar si la anécdota ocurrió realmente o si se trata de una leyenda construida alrededor del pintor. Lo que sí está documentado es la estrecha relación que Picasso mantuvo con cafés y restaurantes durante sus años parisinos y el extraordinario valor que adquirieron sus dibujos y bocetos incluso en vida del artista.
Un solo cuadro vendido
Ninguna historia resulta tan paradigmática como la de Vincent van Gogh. El neerlandés, convertido hoy en uno de los pintores más cotizados del mundo, únicamente consiguió vender una obra durante su vida: El viñedo rojo, adquirido en 1890 por la artista Anna Boch por 400 francos belgas. Durante años dependió económicamente de la ayuda que le prestaba su hermano Theo.
Van Gogh murió sin conocer el éxito internacional de su obra. Más de un siglo después, algunos de sus cuadros han superado los 80 millones de dólares en subasta, convirtiéndose en uno de los grandes símbolos del reconocimiento artístico póstumo.
Vincent van Gogh – Autorretrato con la oreja vendada (1889)
Estas historias revelan una paradoja del mercado del arte: el valor de una obra rara vez es inmediato. Antes de convertirse en iconos universales, Botero cambiaba acuarelas por tabaco, Dalí utilizaba dibujos para pagar sus cenas y Van Gogh apenas encontraba compradores para sus pinturas.
Hoy, bastaría una firma de cualquiera de ellos para alcanzar cifras millonarias. A veces, la distancia entre una cajetilla de cigarrillos y una obra maestra es únicamente el paso del tiempo.