Agustín de Foxá
El Debate de las Ideas
El beso de Foxá
Llevo meses adentrándome en las Obras completas de Agustín de Foxá, editadas por Prensa Española a principios de los sesenta. Aunque con gusto, lo hago también con cierto remordimiento, pues no sé si al conde le habría agradado esto de hurgarle línea a línea, esta intimidad que voy adquiriendo sin que él pueda ya oponer resistencia. Muchos de sus contemporáneos dejaron constancia de las ingeniosidades de Foxá, de su instinto mundano y de su cinismo de barrica, pero solo unos pocos sospecharon que con toda aquella pirotecnia buscaba eclipsarse a sí mismo, ocultar su centro delicado y todavía ingenuo. Ese centro es el objetivo de mi expedición, el corazón foxiano, el corazón-mariposa: un poco demasiado bello y con ese aire de reliquia zoológica de una época que probablemente nunca existió.
Disfruto horrores rastreando sus aleteos a lo largo de los tres volúmenes, de unas mil páginas cada uno. No es mucho para unas obras completas. Ya dijo Umbral que, como los otros prosistas de la primera Falange, el conde pecó de «poquedad». Pero acaso bastó. Que no dependiera de la literatura nos ha privado tal vez de lo mejor de su obra, pero le ha dado, en contrapartida, un tono despreocupado que le favorece, de manera que aquello que frustró su plenitud preservó su ligereza. Es como si su obra hubiera muerto en plena juventud: lamentamos lo que pudo haber sido, pero qué fresco el cadáver. Al mismo tiempo, da la sensación de que, al final, dijo cuanto estaba llamado a decir, muy en especial sobre el tiempo, la obsesión de sus obsesiones. De sí mismo afirmó que tenía «el corazón en el pasado y la cabeza en el futuro». Fue un escritor en perpetuo crepúsculo.
El tiempo nutre y también desgarra su poesía; comparece en sus artículos; sostiene Madrid, de Corte a cheka; inspira relatos como Olor a cera o Viaje a los efímeros. Sin embargo, aquí quiero ocuparme de su teatro, la parte más postergada de toda su producción. Según Torrente Ballester, Foxá no encontró nunca el adecuado tono dramático al empeñarse con lo sentimental y heroico, en lugar de optar por la comedia sofisticada, para la que sin duda estaba dotado. Y esa es la razón de que me sea de tanta utilidad su teatro: no lo escribió el personaje público, chispeante, reclamo en las cenas, sino el escritor íntimo, lírico sin interrupción, romántico fuera de fecha. Puede, por tanto, que las emanaciones más directas de su corazón-mariposa estén en títulos como Cui-Ping-Sing (1938), obra poética hasta el paroxismo, imperfecta, inolvidable. En sus propias palabras, «es como si se animasen las figuras de un biombo», con todo lo que eso implica de delicadeza y artificiosidad. Declaradamente escapista, fuera del tiempo y casi del espacio, Cui-Ping-Sing no ha envejecido con los años porque no puede hacerlo: nació encerrada en una gota de ámbar, tan extemporánea en su siglo como en el nuestro.
Foxá retoma su obsesión en Baile en Capitanía (1944). Aquí se enfrentan dos tiempos: uno mayor, relativo a los grandes hechos históricos, recurrente, cíclico; el otro menor, el de la vida de una persona concreta que nace, vive y muere una sola vez. El telón se abre en 1936, con el inicio de la Guerra Civil. Antes de marchar al frente, unos jóvenes acuden a casa de su tía, Eugenia de Urbina, para pedirle las boinas carlistas de sus antepasados. La acción retrocede entonces al contexto de la tercera guerra carlista, en cuyo interior se desarrolla el trágico amor entre la propia Eugenia y Luis de Córdoba, que morirá ejecutado en un acto de represalia desmedida. Por eso, ya de vuelta al 36, Eugenia les da de buena gana las boinas, salvo la blanca, la de Luis. Puede que la historia insista, que regresen los carlistas y se repitan las guerras, pero no así la vida de un hombre, y mucho menos la vida del hombre a quien amó. En contra de lo que pudiera opinar una mirada apresurada, Foxá rara vez compra el embeleco ideológico, sobre todo en la madurez, y en absoluto cree que la salvación del hombre se halle en lo social o lo político. Solo hay una salvación posible y, siguiendo la advertencia evangélica, de nada nos sirve ganar el mundo si perdemos el alma.
Que Foxá tenía el corazón en el pasado salta a la vista, pero tampoco mentía cuando aseguraba que la cabeza le viajaba hacia el futuro. Así lo demuestra el pasmoso relato Hans y los insectos o, volviendo al teatro, Otoño del 3006, drama futurista estrenado el 11 de marzo del 54. La obra se ambienta en el remoto cuarto milenio después de Cristo, pues Foxá temía que, ante el «cohetizado» progreso de la técnica, «mi comedia futurista se me quedase romántica y anticuada». Y sus temores, hemos de decir, eran fundados. Otoño del 3006 tiene mucho de Huxley y otro poco de Orwell, y a pesar de que fija su mirada mucho más adelante que este último, parece escrita desde mucho más atrás. Afloran en ella sus pesadillas sobre una sociedad deshumanizada, es decir, materialista y positiva. Y no deja de ser sintomático que, frente a la perniciosa deriva del futuro, la solución provenga del pasado, en este caso de la mano de un hombre que, allá por el lejanísimo siglo XX, decidió criogenizarse por despecho.
Por último, la obra que funciona como clave de bóveda dramática y que supone, por añadidura, una debilidad personal: El beso a la Bella Durmiente, comedia en tres actos estrenada en 1948, en el Teatro María Guerrero. La obra se sitúa en un momento gatopardiano, en la frontera entre el mundo aristocrático y tradicionalista que declina y el mundo técnico y burgués que despunta. Áurea es Madame Bovary: languidece en la finca de su yerno, el conde de Baza; bosteza junto a su marido y sus dos hijos. Hasta que irrumpe Pablo, ingeniero, aventurero y cosmopolita, ahormado por los nuevos tiempos. El cuerpo de la comedia no carece de interés; sin embargo, su parte más lograda, su quintaesencia incluso, se encuentra en el prólogo, que recrea la escena del cuento popular en la que el príncipe llega al detenido palacio de la Bella Durmiente. A pesar de que la correspondencia simbólica con Áurea y Pablo es patente, el prólogo tiene tanta entidad que cuesta no tratarlo de manera aislada. Tras atravesar las distintas estancias, donde los palaciegos permanecen como maniquíes y el fuego como pintado en la chimenea, el príncipe llega ante la deslumbrante belleza de la princesa dormida. Cuando se inclina para besarla, su anciano acompañante le hace dudar: «¡Pensadlo, señor! Esto así es tan hermoso y perfuma tanto al pueblo con su recuerdo… La vida es tan cruel, y ellos así parecen tan felices». El príncipe se indigna, pero el viejo insiste: «Apenas despierte empezará a morir. Así era inmortal».
En la autocrítica publicada en ABC, Foxá declara que El beso a la Bella Durmiente procura reflejar el mundo de su tiempo, indeciso «entre la defensa heroica del pasado y el anhelo angustioso del futuro». De esa zozobra surge la pregunta hamletiana del príncipe, desarrollada en el prólogo con tanta franqueza que es inevitable sentir que está escrita desde muy dentro: «¿Qué es mejor, despertar o dejar dormir?». Hay que esperar al epílogo para oír la respuesta. Después de la resolución desgarradora del romance entre Pablo y Áurea en el tercer acto, regresamos a la alcoba de la Bella Durmiente. El príncipe, que ha permanecido dubitativo, al fin se decide y besa a la princesa. La vida fluye de nuevo: el bufón acomete la siguiente nota; el caballo, que levantado parecía una estatua, cae para volver a ser «una pobre bestia de carga»; el ejército enemigo está a las puertas. Constata el viejo: «Señor: ya son mortales. Ya corre la sangre». Foxá no lo dice, pero uno casi le escucha murmurar que, en realidad, no había alternativa, que lo anterior no había sido más que un largo sueño.