El escritor Juan Manuel de Prada durante una entrevista con El Debate
El Debate de las Ideas
Juan Manuel de Prada: «El Barroco es una operación de salvamento de la naturaleza humana»
Juan Manuel de Prada impartirá un curso, organizado por la Fundación Cultural Herrera Oria, sobre el Barroco a partir del próximo 6 de octubre. El curso, con plazas limitadas, profundizará en los rasgos del Barroco y recorrerá, a lo largo de diez sesiones, sus principales hitos. Prada plantea el curso como «un viaje para redescubrir el Barroco como una constante antropológica y civilizatoria que define nuestra identidad y se niega a desaparecer». Sobre ellos hemos conversado con el reconocido escritor.
— Hay diversas visiones de lo que es el Barroco, casi tantas como tratadistas lo han abordado. ¿Cuál es tu visión del Barroco?
— El análisis que se hace del Barroco suele estar siempre lastrado por las mismas limitaciones, que parten de considerar el Barroco como una mera reacción formal frente al Renacimiento. De este modo, se remarcan los aspectos puramente formales como el alambicamiento, la complejidad barroca frente a la limpidez renacentista.
Creo que ésta es una visión radicalmente errónea, que entronca además con el intento de configurar una imagen de España oscurantista, según los cánones establecidos por la Leyenda Negra. El Barroco se presenta, por lo tanto, como una especie de hinchazón artística, una saturación formalista, una pura hojarasca ornamental. Para lograrlo, se han tenido que hacer una serie de manipulaciones de nuestra historia cultural. Por ejemplo, en casi todos los tratados sobre el Barroco sus contornos temporales se difuminan, aunque hay unos pocos años en los que todos los tratadistas están de acuerdo en que son los de la hegemonía indiscutible del Barroco. Curiosamente, esos años coinciden con los años de publicación del Quijote; pero, sorprendentemente, esos mismos tratadistas no consideran que el Quijote sea una obra barroca. De hecho, se ha impuesto la falacia de que el Quijote es una obra renacentista o, en todo caso, manierista, pero nunca una obra barroca. Es la misma estrategia, poco más o menos, que se ha seguido para presentar a Dante o a Giotto como un poeta y un pintor renacentista; si miramos los años en los que ambos desarrollaron su obra, nos preguntamos: «Pero, ¿cómo demonios van a ser renacentistas, si vivieron en plena Edad Media?». Evidentemente, hay un interés ideológico detrás del hecho de que determinadas escuelas artísticas reciban el nihil obstat de la modernidad, frente a otras que tienen que ser caracterizadas como oscurantistas. De ahí que el Renacimiento sea un movimiento tan elástico temporalmente que pueda acoger lo mismo a Dante que a Cervantes. ¿Y por qué tienen que sacar a Cervantes del Barroco? Por la misma razón por la que lo caracterizan absurdamente como criptoprotestante, como criptojudío, como un «alumbrado», como cualquier cosa menos un católico normal. Esto tiene una razón de ser muy profunda, que es la necesidad de caracterizar el Barroco como una vuelta a la oscuridad de la Edad Media. Por eso creo que lo primero que tenemos que hacer a la hora de enjuiciar el Barroco es disolver toda esa espesa mugre de tergiversaciones y mentiras y ofrecer un nuevo planteamiento que ya no presente el Barroco como un movimiento meramente formalista. Tenemos que dejar atrás la visión que se funda en una división entre el fondo y la forma y volver a la visión aristotélica, donde fondo y forma forman una aleación, donde la complejidad de la forma nos está hablando de la complejidad del fondo.
Hay un momento en el que el arte se da cuenta de que no le bastan los arquetipos, pues la naturaleza humana es compleja, mezcla el barro y el oro, la vileza y la nobleza, y para mostrarla se requieren nuevas formas de expresión que exigen penetrar en el meollo de esa naturaleza humana, un meollo donde libran una batalla las pulsiones más sórdidas y los anhelos más luminosos y que nos exige hablar de la acción de la gracia y de la obra de la redención, algo para lo que ya no sirven los arquetipos renacentistas. Hablar de la complejidad humana exige reconocer que la naturaleza humana está hecha de tensiones, de una atracción hacia el abismo por un lado y de un anhelo de lo sublime por otro, del lastre del pecado original y de la luz de la redención, y eso es precisamente lo que trata de mostrar el arte barroco. Por eso el Barroco tiene tensión, tiene dolor, tiene retorcimiento, pero también tiene mucho de visión jocunda de la vida, de alegría, de fiesta. Esta complejidad es, a mi modo de ver, la esencia del Barroco.
— Intuyo que entonces no estás de acuerdo con Eugenio D’Ors cuando exponía lo que él consideraba una constante, la contraposición entre lo Barroco y lo Clásico.
— En efecto, creo que Eugenio D’Ors es uno de los tratadistas que han contribuido a una visión muy mutilada de lo que es el arte barroco. Y esto a pesar de que, curiosamente, D’Ors escribe sobre el Barroco para oponerse a Benedetto Croce, que consideraba el Barroco como un arte absolutamente degradado. Pero D’Ors, al presentar el Barroco como una de las fórmulas de reacción frente al Clasicismo, lo mete en el mismo saco que el Romanticismo, y creo que aquí se equivoca de plano, planteando un movimiento pendular en las artes que no es tal. Yo creo que el Romanticismo, que efectivamente reacciona frente a un Clasicismo previo, tiene sin embargo una visión antropológica radicalmente distinta a la del Barroco, opuesta incluso, porque ya no es la tensión espiritual del Barroco, sino la liberación de los instintos, el vitalismo, que no tiene nada que ver con el Barroco. A D’Ors le pierde su visión formalista de los movimientos estéticos.
— Has señalado que, para desacreditar al Barroco, se le ha querido presentar como un regreso a la oscuridad de la Edad Media. ¿Pero no hay en esa acusación algo de verdad, no existe un hilo que realmente une Barroco y Medievo, aunque no compartamos la valoración negativa?
— Naturalmente, el Barroco es una vuelta a la Edad Media, esto es indudable; pero la Edad Media no es ese páramo oscurantista que pretenden los modernos, infectados por sus neuras ideológicas (y por su odio a la fe). Que el Barroco es una vuelta a la Edad Media lo ilustra maravillosamente Cervantes: en la primera parte del Quijote, su personaje quiere resucitar el ideal de la caballería andante, que es un ideal medieval, y se tropieza con un mundo renacentista que lo rechaza. En la segunda parte, en cambio, todos los personajes tienen que aceptar las reglas de juego de Don Quijote; incluso los que quieren burlarse de él, como los duques, tienen que aceptar sus reglas y tratarlo como a un caballero andante. Don Quijote impone los ideales de la Edad Media al marchito Renacimiento. A esta recuperación de los ideales de la Edad Media, que se imponen sobre el Renacimiento, es a lo que llamamos Barroco. El Barroco es una recuperación de la cosmovisión medieval, que vuelve a ser teocéntrica: Dios está en el centro. Esta visión teocéntrica no quiere decir, por supuesto, que no se reconozca la autonomía de las realidades naturales, pero es una autonomía no desligada de las realidades sobrenaturales, a las que se subordina. Esta visión es más luminosa porque la visión humanista, antropocéntrica, deja al hombre en un lugar muy difícil: o lo endiosa o lo degrada, o lo convierte en un dios o lo convierte en algo peor que un animal. La visión del Barroco, en cambio, acepta la complejidad humana y, por lo tanto, los hombres son capaces de las cosas mejores y de las peores. Hay autores que, por su especial visión pesimista, pueden reflejar lo peor de la naturaleza humana, pero también hay autores del Barroco que muestran lo mejor de la naturaleza humana, como podemos apreciar en la poesía de Lope, que muestra los anhelos más nobles, las necesidades más espirituales y limpias del ser humano. Lope de Vega, por cierto, es otro autor plenamente barroco al que muchas veces no se presenta como tal. Hay que entender que tanto Quevedo, como Lope, como Cervantes son autores barrocos y que esta condición no depende de que posean un estilo más recargado, sino de su visión compleja de la naturaleza humana. El estilo siempre es el hombre y autores alambicados los ha habido en todas las épocas y movimientos estéticos, como también autores menos alambicados.
— Señalas que el Barroco reacciona contra la visión antropocéntrica del Renacimiento, de igual modo que el Concilio de Trento fue una reacción. ¿Qué relación hay entre ambos? ¿Es el Barroco un producto eminentemente católico?
— Sin duda. Estoy convencido de que el «manifiesto» del Barroco es el Concilio de Trento. Entonces no se hacían manifiestos, pero si hubiera que elegir uno, serían los decretos del Concilio de Trento. El Barroco, en primer lugar, es una escuela teológica. Esa escuela teológica genera una visión filosófica y política. Y esa visión filosófica y política genera un arte nuevo. Está todo íntimamente vinculado. Sería inconcebible el Barroco fuera de la cultura católica, donde únicamente podría haber barrocos formalistas. Pero el Barroco, tal y como lo vamos a proponer y a estudiar en este curso, no se puede desgajar de la cultura católica y, concretamente, de la reacción de la cultura católica frente a la herejía luterana. Esto me parece fundamental. El Barroco es una operación de salvamento de la naturaleza humana: en un momento en el que se la mira con desconfianza, como algo que está irremisiblemente podrido, y que nos deja sólo dos opciones, o un arte idealizado que niega la podredumbre humana o un arte degenerado que solamente se fija en ella, es entonces cuando el Barroco proclama que se puede hacer un arte que no rehúya la podredumbre humana, pero que la mire como algo que está deseoso de redimirse. Esta es, en síntesis, la nota vertebradora del Barroco.
— De hecho, podemos encontrar Barroco en zonas católicas como Austria o el sur de Alemania, donde se presenta en el marco de una fuerte voluntad de enfrentamiento contra el protestantismo.
— En efecto, y en Italia también lo hay. Pero fuera de las zonas que en ese momento eran España, el arte barroco es una moda, un arte de segunda fila que no tiene la fuerza genuina del arte barroco español.
— Donde realmente florece el Barroco con toda su fuerza es en el humus español. Eso habla de lo que era España en aquella época y, por otro lado, plantea la cuestión de si un español está, diríamos, condenado a ser barroco.
— De alguna manera sí. La tesis de la Historia de los heterodoxos españoles de Marcelino Menéndez Pelayo es que no existen grandes escritores españoles que no hayan sido católicos; defiende que los escritores no católicos en la historia de la cultura española son notas a pie de página. Podemos seguir haciéndonos esa pregunta: ¿los grandes escritores que vinieron después no eran acaso también católicos? A fin de cuentas, Unamuno es católico de manera angustiada, Valle-Inclán es católico de manera un tanto agitada, Lorca es católico de un modo extraordinariamente delicado. Esto nos tiene que hacer reflexionar sobre la identidad del arte español, que indudablemente está muy ligada a la fe que han profesado los españoles tradicionalmente a lo largo de los siglos. Por otro lado, creo que no se puede ser plenamente barroco sin ser católico. Se pueden probar imitaciones o se puede hacer un Barroco desencarnado, de laboratorio, sin ser católico. Pero su más íntima identidad tiene que ver con la visión católica de la vida.
— En el curso te detienes en algunos autores del Siglo de Oro. Se ha presentado el Barroco como un momento en crisis, pero repasando esa pléyade de autores, impresionante, uno no puede dejar de cuestionar la afirmación de que el Barroco sea la expresión de una crisis.
— En todo caso, sería una crisis entendida en el sentido etimológico de la palabra, como un momento de fuerte convulsión. Lo que sucede en aquel momento es que hay una empresa común de los españoles, que se plasma políticamente en la monarquía hispánica y culturalmente en las expresiones más hermosas de nuestra historia. En el curso nos vamos a centrar sobre todo en la literatura, pero no podemos olvidar, por ejemplo, la imaginería barroca, que es un arte español único.
Todo esto se produce en un momento en el que España «sabe lo que es». Los momentos de esplendor de una cultura son aquellos en los que un pueblo asume lo que es y decide expresarlo en todas las realidades humanas: en la política, en el pensamiento, en el arte, en la literatura… Esta es la grandeza del Barroco y también la miseria de nuestra época. Ahora somos personas desnortadas, no sabemos lo que somos y no podemos identificarnos con ello, por eso es inevitable que sólo seamos capaces de producir birrias, engendros sin vigor.
Esto es una constante a lo largo de la historia. Antes decíamos que no podemos hablar de una distinción entre fondo y forma, porque constituyen una aleación misteriosa; cada fondo exige una forma concreta. Estoy convencido de que los pueblos solamente pueden alcanzar su esplendor encontrando su forma. Los pueblos, cuando entienden lo que son, cuando lo aceptan humildemente, sin grandes alharacas pero sin avergonzarse de lo que son, es cuando verdaderamente pueden dar lo mejor de sí mismos. Y esto es lo que creo que se produce en España con el Barroco.
— Llama la atención, no obstante, que ese pueblo español desnortado llene los teatros cuando se programa Calderón o Lope y se eche a la calle tras la imaginería barroca. Es como si intuyese que allí hay algo muy valioso que está en su mano recuperar. ¿Es esa pervivencia de lo barroco expresión de un instinto de supervivencia que no ha muerto del todo?
— Es que la naturaleza se resiste a ser destruida. Ocurre como cuando se echa una tonelada de cemento sobre tierra de labranza: el cemento acaba por agrietarse y por esas grietas asoman las hierbas. Durante siglos hemos sido aplastados, hemos sido cubiertos de cemento, y sin embargo hay algo que se rebela en nosotros contra esas toneladas de cemento, lo resquebrajamos y entonces brota España. Es la vieja metáfora de Ramiro de Maeztu sobre la encina y la hiedra: la hiedra oprime a la encina y no la permite crecer, pero la encina sigue estando ahí. Hemos sufrido la labor destructiva de siglos en el intento de crear un artificio, que una y otra vez es resquebrajado por la subsistencia de nuestra naturaleza, que, a pesar de todo, sigue aflorando y que nos permite mantener la esperanza.
— El estudio del Barroco sería, pues, no una mera labor arqueológica, sino algo que nos interpela a nosotros, españoles en el siglo XXI. Torras y Bages decía aquello de que Cataluña será católica o no será, ¿España será barroca o no será?
— Desde la visión que hemos ofrecido del Barroco no existe otra posibilidad. Cualquier otra posibilidad, además de artificial y contraria a nuestra idiosincrasia, es profundamente empobrecedora. Una de las cosas que a mí más me impresionan de la literatura contemporánea es que, simplificando, hoy en día los escritores españoles parecen escritores finlandeses. Hay una especie de amputación que trata de renegar de nuestra tradición y esto se está demostrando que es sumamente empobrecedor.
Las últimas grandes personalidades literarias españolas murieron hace bastante tiempo. Quienes luego han sido consagrados son autores que no van a dejar ninguna huella en nuestra cultura, son fenómenos puramente artificiales. Y lo que tenemos hoy son como las escurrajas, la purrela, el poso final que queda de una cultura que está dando las boqueadas. Una de dos, o abrazamos el suicidio, la desnaturalización absoluta, renegamos de lo que somos y nos lanzamos al abismo de la nada, o recuperamos esta tradición que es la nuestra y que es la única que nos va a permitir dar lo mejor de nosotros mismos, como se lo permitió a los autores del Barroco.
Pero para eso, claro, hay que arrepentirse. Hay que hacer una contrición muy fuerte. Hay que renegar de todo aquello que nos ha envilecido. Y renegar también de muchos sobornos, de muchas comodidades y, por lo tanto, va a ser algo doloroso. Pero creo que lo acabaremos haciendo, por las buenas o por las malas. No sabemos cómo ocurrirán las cosas, pero siempre me gusta recordar algo que a la gente le gusta olvidar sobre una de las parábolas más conmovedoras y luminosas del Evangelio, la del hijo pródigo: no debemos olvidar que, antes de volver a la casa del padre, el hijo pródigo tuvo que comerse las algarrobas de los puercos. Tal vez tengamos que comernos las algarrobas de los puercos para volver a ser barrocos, para volver a aceptar nuestra tradición cultural, para volver a asumirla y a identificarnos con ella.