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Evitar el silencio y el aburrimiento es una actitud habitual de nuestros días.Getty Images/Francescoch

Filosofía para todos

Diez minutos sin hacer nada: el experimento casi imposible de este verano

La filosofía suele defender el valor del silencio y la reflexión, pero quedarse a solas con uno mismo puede ser difícil de soportar

El móvil y su scroll infinito, la música o los podcasts como banda sonora perpetua, los libros de consumo rápido para los viajes en el metro... el hombre de hoy está abonado al estímulo, la actividad y el ruido. El silencio es el enemigo y lo último que queremos es tener tiempo para aburrirnos.

¿Por qué no podemos estar diez minutos sin hacer nada? Aprovechando que estamos en verano y muchos ya disfrutarán de sus vacaciones, es una buena oportunidad para intentar dejar a un lado cualquier distracción y tratar de pasar un pequeño rato en compañía únicamente de nosotros mismos

Para Blaise Pascal, la cuestión no es solo un divertimento estival. El filósofo teme que nuestro afán por no aburrirnos esconda un problema mayor: «He dicho con frecuencia que toda la infelicidad de los hombres procede de una sola cosa que consiste en que no sabemos quedarnos tranquilos en un cuarto».

El francés ofrece un diagnóstico muy actual de la cuestión: «Los hombres, no habiendo podido remediar la muerte, la miseria, la ignorancia, han ideado, para ser felices, no pensar en ellas». Así, considera que el tedio suele abrir la puerta a estas reflexiones incómodas y, por ese motivo, buscamos continuamente «el ajetreo» que nos evite centrar la atención en «nuestra condición débil y mortal».

En sus Pensamientos, Pascal habla de cómo los hombres buscan continuamente ocupaciones que les eviten pensar en sí mismos, en sus problemas o en los que podrían tener. «El rey está rodeado de gentes que sólo piensan en divertir al rey» y el cazador prefiere «la caza a la presa», porque el objetivo último de estas actividades es ahuyentar el aburrimiento y sus consecuencias.

La voz del silencio

Como vemos, el diagnóstico del francés no es demasiado halagüeño a la hora de poner en práctica ese experimento de permanecer diez minutos con uno mismo. Aunque relaciona la infelicidad con la incapacidad para estar «tranquilos», también señala cómo, al dejar a un lado las distracciones, afloran preguntas que solemos evitar responder.

Sin embargo, a lo largo de la historia de la filosofía, otros muchos pensadores han animado al hombre a hacer frente a estas cuestiones. Ya Aristóteles apostaba por la vida contemplativa como camino hacia la eudaimonía.

También Marco Aurelio, el emperador estoico, meditaba sobre la cuestión con una imagen muy veraniega: «En ninguna parte un hombre se retira con mayor tranquilidad y más calma que en su propia alma; sobre todo aquel que posee en su interior tales bienes, que si se inclina hacia ellos, de inmediato consigue una tranquilidad total».

Es casi imposible no cerrar esta apuesta por el silencio sin citar a san Agustín. El obispo de Hipona sí encuentra frutos ubérrimos en ese ejercicio que Pascal deja en suspenso: «No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad», dejó escrito en su célebre De vera religione. El camino más elevado que puede recorrer el hombre, el que lo lleva hacia Dios, comienza con ese esfuerzo por dejar a un lado las distracciones y fijar la mirada en la luz más profunda que brilla en nuestra alma. Quizá diez minutos puedan cambiar muchas cosas.