Lo único feo en el concierto de Morrissey fueron las sectarias imágenes de tauromaquia
Menos mal que el episodio acabó pronto con I Know It's Over de Los Smiths, el eco impresionante del gran artista solo en el escenario
El cantante británico Morrissey, durante su concierto en Madrid
Morrissey siempre caprichoso. Quiere imponerte las cosas. Lo mismo se va o no viene, que viene. Y cuando viene te pone una introducción de media hora (antes de la hora de inicio del concierto) con vídeos musicales de los 70. Y así.
Vídeos curiosos, escogidos. El imaginario de Paul Morrissey, que siempre aparece en imágenes en sus conciertos como si la pantalla estuviera conectada a sus influencias, a su mente. Hay un in crescendo en estas grabaciones.
Discreta entrada
Un collage que culmina con una Judy Garland madura y poderosa antes del declive y con Bowie, el de los orígenes, el de Ziggy que se alimentaba de leche y era acústico e impresionante y sonaba maravilloso.
Son las variedades de Morrissey que terminaban para presentarse él, a las 21.10 horas, con el escritor James Baldwin en su caletre compartido. Gritó cuatro veces «¡Madrid!» y comenzó con Billy Budd, la canción que se llama como la novela de Melville.
Había poca gente. Discreta entrada al borde de agosto para ver al alternativo y legendario Morrissey, que a lo mejor debía sentirse con todos esos huecos y ese inmenso palacio poco lleno como cuando empezaba.
El cantante británico Morrissey, durante su concierto en Madrid
Un volver atrás como en El curioso caso de Benjamin Button, pero en el sentido bello, en el del artista que sigue haciendo lo mismo que hace cuarenta años con su voz mítica. Tan mítica y hermosa como la de los más grandes de la historia.
Los Smiths aparecen por primera vez con Shoplifters of the World Unite, pero la primera emoción sensible se produce con First of the Gang to Die. Y mientras las fotografías y los vídeos acompañan la música y el timbre y la percusión, perfectas.
Pasolini con gabardina y Bruce Lee en movimiento warholizado. Las imágenes se mueven por él en un acuerdo o un arreglo más que justo. Kirk Douglas conduce un descapotable descontrolado mientras su acompañante femenina se desespera entre chispas.
Jack Kerouac y Brigitte Bardot
No es espectáculo para el XXI. Así que, qué felicidad. La música es potente, la voz maravillosa y la pantalla el hechizo no apto para estos tiempos. Nadie parece entenderlo. El vacío y la dispersión de la gente suman valor a lo que se ve y se escucha.
Por entonces ya han vuelto Los Smiths con How Soon is Now? y aparece un Jack Kerouac sorprendido que asiente amable entre el desgarro de Morrissey. Vale para todo la voz de Morrissey. Lo viste todo, cualquier cuerpo, también el de Brigitte Bardot moviendo la cucharilla de una taza de café.
Suena Sure Enough, The Telephone Rings y el teléfono lo coge ¿John Garfield? La parte visual es tan Morrissey como su timbre único y medido y elegante, hasta que aparece «la canción que va a representar a España el año que viene en televisión»:
El cantante británico Morrissey, durante su concierto en Madrid
Es The Bullfighter Dies a la que acompañan imágenes de lo peor de la Fiesta, escogidas con saña, desde la muerte de los toros sin contexto a la brutal cornada a Julio Aparicio en cámara lenta. La demagogia barata y la única fealdad de un concierto estupendo que cierto es que atrae a menos gente que un festejo normal en Las Ventas.
Menos mal que el episodio acaba pronto otra vez con una bonita versión de la bonita I Know It's Over de Los Smiths. El eco impresionante del hombre solo en el escenario en el espectáculo conceptual como en aquel libro de Don DeLillo donde reproducían Psicosis a cámara lenta.
Everyday is Like Sunday produce un nuevo despertar. Da la impresión de que esa voz puede convertir cualquier cosa en belleza. Suedehead llega estupenda con ¿Chet Baker? en el cuadro al que sucede la mano de Robert Mitchum y el «HATE» tatuado en los dedos de La noche del cazador con el sonido de Jack el Destripador.
La felicidad
Llega el final. Se despide la banda, presentados uno a uno por el protagonista. Uno a uno hablan un momento. Hay una guitarrista de Lucca, en La Toscana. Un colombiano felicita al público, «cabrones», por el Mundial, antes de que resuene la felicidad de There's a Light That Never Goes Out, la apoteosis de Los Smiths y de Morrissey, que al terminar se quita la camiseta, la lanza al público y le deja con Pier Paolo Pasolini mirándole a los ojos.