Escultura en el mausoleo de Joselito en Sevilla que representa su entierro, obra de Mariano Benlliure
Cinco cornadas famosas y terribles de la historia de la tauromaquia
El impactante desgarro del lóbulo de la oreja sufrido por Manuel Escribano en Huelva al ser volteado en el tercio de banderillas apenas es una anécdota entre las cogidas más espeluznantes de la Historia
No se trata de hacer, todo lo contrario, como el antitaurino Morrissey en su concierto en Madrid del pasado 29 de julio, donde mostró tergiversadas imágenes, por el contexto, desagradables de la tauromaquia. La vida y la muerte están representadas en ella, y en ella también las particulares circunstancias de la tragedia cuando, como en la vida, esta se produce.
Uno era muy pequeño cuando vio la impactante representación de la cornada mortal a Manuel Granero en el Museo de Cera y se quedó de piedra. Algo ciertamente grotesco y mal hecho, mal esculpido, pero que, al fin y al cabo, retrataba lo sucedido el 7 de mayo de 1922 en Madrid.
El toro Pocapena, que ya le había tocado en (mala) suerte en Ciudad Real (la corrida se suspendió), lo volteó en el aire y lo dejó apoyado contra las tablas. Sin poder reaccionar, en un instante, el animal le corneó en el ojo causándole la muerte inmediata. Aquello de que le volviera a tocar en suerte tiene su enjundia para la leyenda taurina, en este caso del infortunio.
Joselito el Gallo, «el rey de los toreros», murió dos años antes, el 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina sin que nadie pudiera creerlo. Un toro burriciego (que solo ve de lejos, aunque Joselito dijo in situ que había perdido la vista en el tercio de varas, donde mató a todos los caballos), de nombre Bailador, se le arrancó donde le pudo ver al matador en la distancia.
El Gallo trató de dirigirle con la muleta, pero al no ver el animal (o no ver de cerca), no siguió al engaño, sino al cuerpo y lo prendió del muslo, lanzándole por los aires. Cuando Joselito cayó Bailador derrotó y le corneó en el vientre. De camino a la enfermería que no existía, el «rey» tampoco existía para consternación del mundo taurino.
Cuentan que a su rival y amigo Belmonte la noticia se la dieron mientras jugaba a las cartas en Madrid, y que el juego se interrumpió mientras todo el mundo primero quedó en silencio y luego fue desapareciendo mientras El Pasmo de Triana se quedó solo, sentado a la mesa, sin parar de decir: «Un toro ha matado a Joselito, un toro ha matado a Joselito...».
Otro toro mató a Francisco Rivera «Paquirri», padre de los también toreros Francisco Rivera Ordóñez y Cayetano, y también de Kiko Rivera, en Pozoblanco. La cogida no fue lo impactante, sino el seguimiento posterior y las imágenes en televisión del matador de Zahara de los Atunes hablando con serenidad y el rostro pálido sobre la gravedad y dirección de sus heridas en el muslo.
El diestro, al ser prendido, trató de zafarse de la cornada, o de contenerla, agarrándose al cuerno del toro, que en el ínterin le produjo destrozos irreparables por los constantes derrotes que le produjeron finalmente la muerte tras horas de agonía y un viaje por carretera desde Pozoblanco al hospital de Córdoba que resultó fatal.
La penúltima de las imágenes (esta sí que fue imagen, y pavorosa: la utilizó Morrissey para su particular y sectaria galería de los horrores) fue la de la cogida de Julio Aparicio en Las Ventas el 21 de mayo de 2010. En un momento de la faena, el matador tropezó, quedando a merced del toro, que le corneó por debajo del mentón. El pitón salió por la boca, causándole serias heridas, pero su recuperación fue completa.
Precisamente donde nació Joselito, en Gelves, Sevilla, también lo hizo casi un siglo antes el torero Manuel Domínguez, a quien después llamaron «Desperdicios». Esta es la historia de una cornada también terrible, pero, como la de Aparicio, no mortal. No se sabe a ciencia cierta si cierta, valga la redundancia, u objeto de fábula.
Lo que se cuenta es que en 1857, al entrar a matar a su primer toro en el Puerto de Santa María, este le vació de cuajo con el pitón el ojo derecho al prenderle en la cara. La leyenda dice que Manuel, ya un torero veterano, se agachó, recogió los restos con un pañuelo y dijo con desdén: «¡Bah, estos son desperdicios!», justo antes de volver a ponerse a torear.
Son estos algunos conocidos ejemplos (ha habido muchos más, como el de Juan José Padilla, que está vivo, o el del Yiyo, que murió en el acto) de la tragedia posible de los toros, que es tan esencial y fundamento de la Fiesta en el sentido artístico como su mejor cara: la del triunfo, la emoción o la alegría. El peligro real con consecuencias terribles en buena medida como explicación de su belleza.