Franco y Hitler durante la entrevista de Hendaya
Franco quiso regalar a Hitler esta obra maestra de Goya, pero nunca llegó a entregársela
El retrato de 'La marquesa de Santa Cruz' obsesionó a Himmler durante su visita al Prado en 1940, y Franco decidió regalárselo a Hitler
En 1941 la España de Franco vivía todavía en su particular idilio con la Alemania de Hitler. La Segunda Guerra Mundial estaba en su apogeo, y una España con las heridas de la Guerra Civil aún sangrantes trataba de contentar a una Alemania que la empujaba a una guerra en la que Franco se resistía a entrar.
España era un Estado no beligerante en la Segunda Guerra Mundial que apoyaba a Alemania, una situación que se revertiría en 1943, cuando regresaría a la neutralidad.
Como forma de contentar a Hitler, Franco pensó en hacerle un regalo especial, y la respuesta vino de Heinrich Himmler. El jerarca nazi había visitado España en 1940, y durante su visita al Museo del Prado se quedó prendado de una pintura que, aunque no era propiedad de la pinacoteca, se encontraba depositada en sus salas.
Se trataba del retrato de La marquesa de Santa Cruz, pintado por Goya en 1805. Tras admirar la obra de los artistas alemanes, como Durero, y las colecciones atesoradas por los Austrias, que contemplaba como confirmación del «genio ario», llegó a Goya, y la perfección de este retrato junto con un símbolo similar a la cruz gamada cautivaron a Himmler.
Retrato de 'La marquesa de Santa Cruz', de Goya
¿Quién era la marquesa de Santa Cruz?
La marquesa de Santa Cruz retratada por Goya se llamaba Joaquina Téllez-Girón y Pimentel, nacida en 1784 y fallecida en 1851, se apunta en la reseña publicada por el Prado del cuadro. Era Doña Joaquina hija de los duques de Osuna y en 1801 se casó con José Gabriel de Silva Bazán y Waldstein, marqués de Santa Cruz.
En su época fue una de las mujeres más populares de la alta sociedad, modelo de elegancia y belleza, y arquetipo de aristócrata.
Goya conocía a la marquesa desde mucho antes de realizar el retrato. De hecho, la retrató de niña junto a sus padres y hermanos en el conocido retrato de los Duques de Osuna y sus hijos, expuesto también en el Museo del Prado.
Este retrato, sin embargo, es muy diferente de aquel. En el retrato de familia, la futura marquesa de Santa Cruz era una niña y Goya realiza un retrato donde lo que se trata es de transmitir la alta dignidad del duque y su familia.
En este, en cambio, la marquesa es ya una mujer adulta de 22 años y Goya busca la idealización de su belleza, recurriendo a modelos neoclásicos y pintando una escena propia de la mitología griega.
Es un retrato más fresco, donde Goya muestra a una aristócrata ilustrada, moderna, con una cuidada educación, conocedora de los clásicos y aficionada a la literatura y el arte, ejemplo de virtudes y amante de las artes.
La lira identifica a la Marquesa con una musa, tal vez con la identidad de Terpsícore, musa de la danza, la poesía y el canto, se señala en el Prado.
El interés de Hitler
Sin embargo, esa identidad velada es tan solo uno de los muchos misterios que oculta esta pintura que cultivó a Hitler. ¿Qué fue lo que vio Himmler en su visita a la pinacoteca en 1940 que, tras dar cuenta a Hitler, lo obsesionó con la pintura?
La respuesta se encuentra en la lira que sostiene con la mano izquierda. El instrumento musical ostenta un símbolo similar a la esvástica empleada por los nazis. Himmler interpretó ese hecho como una prueba de que el origen de la genialidad de la pintura de los grandes maestros españoles se encontraba en una supuesta herencia de la cultura aria.
En el Prado explica, sin embargo, que ese símbolo es un lauburu, un símbolo común entre los pueblos vascones y de otros pueblos prerromanos de la costa cantábrica.
El interés nazi dio lugar al inicio de una curiosa trama en la que se vio mezclada la obra de arte, y que tuvo un último capítulo en 1986. Por suerte, hagamos un ‘spoiler’ al lector, la historia terminó bien y el cuadro continúa hoy colgado en las galerías del museo del Paseo del Prado.
Franco estaba decidido a regalar la obra a Hitler por medio de la embajada de Alemania en Madrid, por lo que forzó a su legítima propietaria, la Infanta Doña Luisa, a venderlo al Estado. Para compensar la afrenta a tan ilustre propietaria, Franco desembolsó 1,5 millones de pesetas por el cuadro y le ofreció tres copias del mismo.
Sin embargo, Franco nunca llegó a enviar la pintura al dictador nazi. Las razones se han discutido ampliamente, sin llegar a una conclusión clara. Tal vez el dictador español se encaprichó con la obra, de hecho terminaría colgando en las paredes del Palacio del Pardo. También se dice que Franco supo venir el cambio que se produciría en la guerra a partir de 1943 y, ante una posible derrota alemana, decidió dejar de mostrarse tan amistoso con Hitler.
En cualquier caso, en 1947 el cuadro volvería a cambiar de manos tras adquirirla por también millón y medio de pesetas el coleccionista bilbaíno Félix Fernández Valdés. Tras su fallecimiento, el cuadro pasa a manos de Pedro Antonio Saorín Bosch por 25 millones de pesetas en 1983. La venta incluía una cláusula que impedía a su nuevo propietario exportar la obra.
La clausula, pese a todo, no fue respetada y la pintura se trasladó a Zurich tras venderla al marchante inglés Michael Gordon Simpson y este a Lord Wimborne, quien la transferirá a los fondos de sus empresas.
Finalmente, Wimborne decide deshacerse de La marquesa de Santa Cruz y lo vende por 12 millones de dólares al museo Getty de California. Es entonces cuando surge el escándalo y el Estado español pone en marcha toda su maquinaria legal para recuperar la pintura.
Y es que el Museo del Prado, tras estudiar el caso, descubre que los documentos de exportación se habían falsificado, motivo por el cual todos los procesos de venta se debían considerar ilegales y la pintura regresar al patrimonio del Estado.
Ante el escándalo, el museo Getty se deshace de la pintura, que regresa a manos de Wimborne, el cual la traslada de nuevo a Zúrich vía París.
Es entonces cuando España corre el mayor peligro de perder la pintura definitivamente y para siempre. Lord Wimborne obvia todos los requerimientos y decide subastar la pintura el 11 de abril de 1986 en Christie’s. El gobierno español lleva el caso ante la justicia británica buscando que se impida la subasta.
La presión obligó a Wimborne a negociar con el gobierno español la venta de la pintura y no llevar a cabo la subasta. El Estado adquirió la obra por 6 millones de dólares, y regresó a Madrid el 17 de abril de 1986. El gobierno declaró la pintura Bien de Interés Cultural poniendo fin a una de las peripecias más extraordinarias vividas por una obra de arte.