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Ortega y Gasset, Unamuno y Camus

¿Dónde está el intelectual de derechas? ¿O es que no existe el intelectual, ni la derecha, ni la izquierda?

Poetas, escritores, profesores y críticos responden a El Debate sobre una cuestión establecida en la sociedad sobre la que existe una visión profunda y clave, en absoluto alternativa

Dice César Antonio Molina, poeta, escritor, profesor y exministro de Cultura en la época de Zapatero, que «Un intelectual nunca se calificará de derechas o de izquierdas sino independiente, por tanto este es el primer problema».

Se echan en falta los «intelectuales de derechas» cuando se trata de salir a la calle, de opinar sobre política. Da la impresión de que solo salen los «intelectuales de izquierdas», pero puede que Molina, un intelectual, haya dado en el clavo: «... un intelectual nunca se calificará de derechas o de izquierdas...».

La RAE define intelectual como «perteneciente o relativo al entendimiento» (sinónimo de mental o teórico), «Espiritual, incorporal» y «Dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras» (sinónimo de pensador, culto o sabio).

Aquí ya se empieza a acotar el término. Ortega y Gasset creía en el intelectual como en alguien que busca la verdad a través del pensamiento con el que debe iluminar a la sociedad.

No parece este precisamente el siglo de las luces. Para Fernando Rodríguez Lafuente, profesor y crítico literario, director de periódicos o del Instituto Cervantes, entre otras ocupaciones y actividades y responsabilidades culturales y de gestión cultural, abunda en esta idea y en la del intelectual sin diferenciaciones ideológicas.

Rodríguez Lafuente cree que el intelectual está «en declive y absolutamente fragmentado». Una fragmentación «donde prima el espectáculo y no el pensamiento». La intelectualidad, así, es «un archipiélago y no un continente». Pese a reconocer que aún hay nombres que definen la intelectualidad, su influencia dice que es mucho menor que en el pasado.

Cita a los Ortega, los Camus o los Sartre como ejemplo de las grandes ausencias del presente y considera que las redes sociales han hecho mucho daño, donde los opinadores tienen más influencia que los intelectuales y donde también proliferan los «posicionamientos radicales» de la batalla cultural.

Para el escritor Xosé Carlos Caneiro, los intelectuales «No se atreven a dar la cara, entre otras cosas porque se sienten solos: la derecha no tiene una política cultural; ello ha devenido en que los intelectuales liberales o conservadores estén desprotegidos y, por encima, fustigados por los progresistas (eso que ellos llaman el mundo de la cultura)».

Para Caneiro sí hay una intelectualidad de derechas y otra de izquierdas: los dos frentes de la guerra cultural de la que advierte, sin citarla, y quitando etiquetas para ir al fondo de la cuestión que encierra la pregunta del titular el profesor, catedrático, escritor y crítico taurino Andrés Amorós: «Sea de izquierdas, de derechas, de centro o de nada; sea intelectual o no, el que no advierta la gravedad de lo que está pasando ahora en España carece de la mínima lucidez; el que no se atreva a decirlo, carece de la mínima independencia».

Lucidez e independencia. La independencia del intelectual que cita Molina y la lucidez como sentido común. Como si no se tratase de una cuestión de intelectuales («sean o no», apostilla Amorós) sino de supervivencia. ¿Podrían los intelectuales como Ortega o Camus salvar a la sociedad del XXI?

¿Tendrían hoy la influencia que han perdido los contemporáneos, o sería lo mismo? ¿Puede el verdadero intelectual vencer al opinador? Si los «youtubers» e «influencers» han ocupado el sitio de los artistas, no parece posible que los intelectuales recuperen su lugar porque no se da la «climatología» cultural adecuada. No confundamos a los agitadores sectarios y apesebrados de la «cultura» con la intelectualidad, pero lo cierto es que parece que han ocupado tristemente su puesto.

Al respecto de la intelectualidad, Gabriel Albiac afirma que es una expresión vacía, casi lo mismo que «derecha» e «izquierda», a las que califica como metáforas. No hay definición absoluta de derecha e izquierda (Unamuno es uno de los ejemplos máximos como fustigador de extremos): una «retórica vacía» que se extiende a «intelectual». Maurice Barrés acuñó el término a propósito del debate sobre Dreyfus y el antisemitismo y el «Yo acuso» de Zola. Pero lo curioso, dice Albiac, es que lo trajo como término ofensivo, casi como un insulto.

Todo lo contrario al significado que se le da en la actualidad. Barrés lo ponía como contrapunto a la inteligencia, lo cual es extraordinario. La palabra cambió, obviamente, con los años. Albiac cree sencillamente que «no significa nada porque ahora se le llama intelectual a todo»: «No tiene ni pies ni cabeza, no se puede llamar lo mismo a un erudito en Historia medieval que a un cantante».

Trae Albiac una frase de Borges, casi como conclusión a todo: «El derrotado es siempre estéticamente superior al vencedor». Una sentencia preclara para lo que se vive en España acerca del franquismo o, mejor dicho, del antifranquismo que no cesa. Y apunta así que, en el empeño de decirse «de derechas» se está perdiendo la batalla. Es el absurdo de llamarse lo que no significa nada, pero políticamente perjudicial.

Y más teniendo en cuenta que hoy se asocia la derecha y la «ultraderecha» al fascismo. Cuando Hitler y a Mussolini «provienen de una sección del obrerismo socialista»: ¡son de izquierdas! Nada que ver toda esta interesada mezcolanza patria sin sentido.

Recuerda Albiac Los intelectuales del verdadero intelectual Maurice Blanchot y como aldabonazo para el presente su pequeña obra Pour l’amitié (Por la amistad), donde cuenta que durante la II Guerra Mundial, los amigos se encontraban combatiendo en distintos bandos, en el de los aliados, en la Resistencia o en el de los nazis o italianos, y a pesar de todo seguían manteniendo su amistad.