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Salinger, Foster Wallace y Thomas PynchonWikipedia / El Debate (asistido por la IA)

Pynchon, Salinger o Foster Wallace: los escritores más insoportables y, a la vez, más geniales

Algunos de los autores más geniales han escrito obras que, sin embargo, para muchos resultan imposibles de leer

Están reconocidos como algunos de los más grandes escritores de todos los tiempos, sus trayectorias literarias y sus biografías han ocupado páginas de artículos periodísticos y ensayos, sus obras son leídas, analizadas, comentadas y estudiadas en el mundo entero y, sin embargo, muchos lectores odian sus obras.

Y no se trata de lectores noveles, poco acostumbrados a leer obras complejas y exigentes. Lectores, críticos y expertos de diferentes grados coinciden: sus obras son un «peñazo». Y es que la calidad literaria no siempre implica legibilidad.

Para ilustrarlo, se pueden citar cinco ejemplos, y qué mejor que empezar con esa suerte de biblia del hipsterismo y el postureo cultureta que es La broma infinita de David Foster Wallace. Publicada en 1996, desde el momento de su irrupción La broma infinita se convirtió en lectura obligatoria para cualquier aspirante a crítico literario o experto en la novela norteamericana moderna.

Discusiones literarias, artículos de prensa o tertulias culturales se llenaron de repente de citas de este clásico moderno. David Foster Wallace se convirtió en el referente para los jóvenes escritores que trataban de emular su opera magna con más o menos fortuna.

Sin embargo, ¿cuántos de ellos se leyeron realmente La broma infinita? O, en caso de haberlo leído, ¿cuántos sabrían decir qué es lo que han leído? Porque La broma infinita es una novela genial, exigente, retadora, pero imposible de leer para una mayoría de lectores. Quizás ahí resida la clave de su éxito: es hipnóticamente insoportable.

Caso similar es el del Ulises de James Joyce, considerado un clásico absoluto de la historia de la literatura, para muchos la mejor novela jamás escrita. Y, sin embargo, quien haya logrado completar el periplo de Leopold Bloom y de Stephen Dedalus por Dublín es una excepción.

Son más los soldados caídos por el camino que aquellos que han logrado llegar a puerto de forma exitosa. Ulises es un hito de la vanguardia, un logro inverosímil del modernismo literario, pero su uso y abuso del monólogo interior, su estructura demencial sus soliloquios llevados al extremo y su renuncia consciente a hacerle la vida al lector convierte Ulises en una novela sólo apta para mentes febriles más que para amantes de la lectura.

En España varias generaciones de estudiantes se echan a temblar cada vez que escuchan el nombre de Luis Martín Santos o el título de su novela Tiempo de silencio. Lectura obligatoria en el entonces temido y hoy recordado con nostalgia COU, y clásico de la Selectividad de los 80 y 90, Tiempo de silencio es una novela que solo se lee por obligación.

Según parece su titulo original iba a ser Tiempo frustrado y, sin duda, habría sido más apropiado, pues así se siente la mayor parte de los lectores tras enfrentarse a Tiempo de silencio: frustrados.

Luis Martín Santos, médico psiquiatra de formación, quiso probar nuevos «tratamientos» aplicados a los lectores y el resultado fue Tiempo de silencio, una novela con la que quiso hacer en español lo que Joyce había hecho décadas antes en inglés, y lo cierto es que le salió bastante bien. Tiempo de silencio es una obra maestra absoluta de la lengua española que si no es más popular es porque sólo un pequeño porcentaje de hispanohablantes ha logrado concluirla y comprenderla. Y seguramente casi ninguno de ellos lo hizo mientras se preparaba para la Selectividad.

Thomas Pynchon vuelve a estar de moda. La publicación de su última novela, A oscuras, justo con su inclusión de nuevo como candidato al Nobel de Literatura han lanzado su nombre de nuevo a los medios de comunicación.

El esquivo Thomas Pynchon ha forjado su leyenda, igual que lo hizo en su día JD Salinger, aunando novelas legendarias con un confinamiento voluntario legos de las cámaras de la prensa. Nadie sabe qué aspecto tiene hoy Pynchon a sus 94 años, y solo pasando sus fotografías en blanco y negro y llenas de ruido de cuando era joven por un software de inteligencia artificial podemos imaginarnos cómo sería Pynchon de frac recogiendo el Nobel en unos meses en caso de que se le concediera.

El arcoíris de gravedad, V., Puro vicio o A oscuras son novelas que han forjado su fama y su leyenda, pero que harán que el lector sude hasta la extenuación para completar con éxito la lectura.

Las novelas de Pynchon son desquiciadas, con un deslumbrante sentido del humor, son ágiles, con diálogos audaces, personajes memorables, tramas muy inteligentes…, y, sin embargo, muy difíciles de leer. Pynchon exige al lector que entre en su mundo, que conecte con su psicología para que la novela funcione y le permita entrar en ella. Por desgracia, solo unos pocos afortunados son capaces de dar ese paso y disfrutar en su plenitud de la estupenda prosa del que, para no pocos, debería ser el próximo Nobel de Literatura.

Y de Pynchon a Salinger, porque JD Salinger ese otro de esos escritores que o lo amar o lo odias. Salinger solo tiene un puñado de obras publicadas, la más conocida El guardián entre el centeno.

Esta novela provoca un efecto curioso entre los lectores: para algunos es una novela hipnótica, obsesiva que se lee de un tirón lo que lleva a quienes la aman a leerla una y otra vez. El asesino de John Lennon (y no es leyenda) estaba enfermizamente obsesionado con esta novela y se creía él mismo Holden Caulfield. Tras asesinar al beatle se sentó junto al cadáver, sacó su ejemplar de El guardián entre el centeno y se puso a leerlo allí mismo.

Luego están los que lo odian, los que lo consideran una tomadura de pelo sobrevalorada, un libro para «hípsters» impostados que quieren aparentar una cultura de la que carecen, un libro tan insoportable que deben dejar de leerlo no porque sea una lectura difícil (no lo es en absoluto) sino porque le provoca una inmensa repulsa.

La clave de todo se encuentra en el lenguaje empleado por Salinger en labios y sobre todo en la mente del joven Caufield. ¿Qué tecla ha tocado Salinger con su personaje para provocar tan viscerales reacciones entre sus lectores? Quién sabe, pero lo seguro es que es una tecla accesible solo para los genios.