Fundado en 1910
El pontificado de León XIV está marcado por el carisma de san Agustín

El pontificado de León XIV está marcado por el carisma de san AgustínEl Debate (asistido por IA)

Filosofía para todos

Sobrellevar la enfermedad con san Agustín, el filósofo de cabecera del Papa León

El padre de la Iglesia apostaba por virtudes como la paciencia y la esperanza para afrontar los golpes de la vida

El carácter universal de la filosofía le obliga a abordar la realidad en su conjunto y aquellas cuestiones que, de una manera u otra, afectan a la vida del hombre. Esto incluye la enfermedad, no tanto como un hecho biológico, sino como una circunstancia que repercute y cuestiona a la totalidad de la persona.

En ocasiones se ha definido el saber filosófico como «medicina para el alma». Siguiendo esa vocación, algunos pensadores han abordado las afecciones médicas y han tratado de encontrar motivos para la reflexión y el modo de aprender de ellas. No es extraño que el Papa León XIV, fuertemente vinculado a la figura de san Agustín, haya meditado sobre algunas de las palabras que el obispo de Hipona dedicó a este tema durante su convalecencia en el hospital Gemelli de Roma.

El paciente

Como punto de partida, san Agustín encuentra en la enfermedad una expresión concreta de la fragilidad del hombre en su «peregrinar» por la tierra. En su sermón datado como el 359 A, el padre de la Iglesia recuerda que solo seremos capaces de «resistir cualquier clase de olas de este mundo» si nuestro ancla se asienta en lo alto y no en nuestras propias fuerzas.

Las falsas seguridades del hombre se vienen abajo cuando comprende que «cualquier mal que tema en esta tierra puede hacerse realidad o no», incluida la enfermedad, citada expresamente. Por ese motivo, la paciencia se convierte en parte de la condición humana y herramienta fundamental ante las adversidades de la vida.

El paciente soporta el trance y espera recuperar la salud, lo que implica una esperanza. Y es ahí precisamente donde conduce su reflexión san Agustín: hacia esa virtud que consigue que la fe «no desfallezca».

El filósofo ahonda en el concepto de la paciencia en un tratado que pone en valor a aquellos que «soportan con ánimo ecuánime los males para no abandonar los bienes por los cuales llegamos a cosas mejores». También advierte en ese texto del peligro de intentar «huir del mal haciendo el mal» y concluye que semejante virtud no se obtiene del libre albedrío del hombre sino de la ayuda divina, apelando una vez más a la gracia, pieza clave de su pensamiento teológico.

El médico

Esa necesidad de elevar la mirada para encontrar la fuente de paciencia y esperanza vuelve a quedar patente en el sermón 278 del que fuera obispo y pronunciado tras la lectura de la conversión de san Pablo narrada en los Hechos de los Apóstoles. A modo de analogía, explica san Agustín que «el hombre tiene en su poder el enfermar, pero no el restablecerse», para lo cual necesita un médico. Ocurre con el cuerpo, pero el interés del pensador se centra en el alma, situando a Dios como ese doctor que es capaz de convertir incluso a aquel que lo rechazó en un primer momento.

San Agustín continúa el paralelismo comentando cómo los enfermos recobran sus esperanzas cuando, tras hacer caso a las prescripciones médicas, observan mejoría en su estado. Esta enseñanza corporal sirve para motivar a quienes vuelven a mirar a Dios y sus preceptos con el fin de recuperar la bienaventuranza perdida.

No se niega, por lo tanto, el sufrimiento asociado a la enfermedad. Sin embargo, se presenta al enfermo como alguien que desea recuperar la salud, que hace lo que puede para lograrlo, pero que debe comprender que no todo está en su mano. Aprender a esperar y confiar en el otro se convierte en requisito fundamental para los momentos de tribulación, pero también puede ser útil en los tiempos de bonanza, cuando la rutina nos hace olvidar nuestra propia fragilidad.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas