Julian Barnes durante su discurso en los Premios Princesa de Asturias 2026
Premio Princesa de Asturias de las Letras
El humor de Julian Barnes a cuenta del arte: Flaubert le mira mal por titular su libro 'El loro de Flaubert'
El escritor británico quiso imaginar finalmente el arte como una mesa redonda donde todos los artistas de todos los tiempos hablan entre sí sobre sus vidas y sus obras
Julian Barnes, el escritor alegre y melancólico, una mezcla bonita, casi ideal, de 80 años, está enfermo. No lo parece, como si la alegría y la melancolía fueran la mejor quimioterapia, que ha de recibir directamente en su sangre cada día, posible.
Entró en el Teatro Campoamor con una humilde dignidad británica insuperable y al poco tiempo de empezar la ceremonia se le reclamó para hablar. Enseguida dijo que cuando era joven y empezaba a adquirir conocimientos, se dio cuenta de que las artes progresaban en el tiempo como en el resto de ámbitos.
Voltaire y Shakespeare
Del primitivismo al romanticismo y al impresionismo y al modernismo y así, sucesivamente con todos los huecos por rellenar. Dijo que cuando él, Barnes, tenía 20 años, leyó que Voltaire desdeñaba a Shakespeare por su falta de buen gusto y por desconocer las normas básicas dramáticas del teatro.
Más adelante leyó otro libro sobre Shakespeare donde se afirmaba que en realidad, el genio de Stratford-upon-Avon había comprendido perfectamente el teatro moderno. La enseñanza es que a veces el arte puede dar la idea de progreso, pero con versiones distintas que pueden hacerte dudar: «Versiones nuevas de verdades antiguas».
Un «insolente inglés»
Citó El Quijote en su primera parte y en su segunda. Y también en la parte apócrifa de El Quijote de Avellaneda. En la segunda parte real El Quijote hablaba, dijo Barnes, del auténtico héroe que había descubierto al impostor. Y admitió que la obra de Cervantes era igual de «aleccionadora» como la de Velázquez lo fue para Renoir quien, tras contemplar los cuadros del pintor sevillano, afirmó: «Todo ya está dicho».
Una digresión que llevó al Premio Princesa de Asturias de las Letras a imaginar finalmente el arte como una mesa redonda, «quizá en una venta manchega» con, entre otros, a Flaubert admirando a Cervantes, a su lado y quizá, «poniendo mala cara a ese insolente inglés (en referencia a él mismo) que se había atrevido a publicar un libro con el nombre de El loro de Flaubert».