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Imagen de archivo de una manifestación de extrema izquierda en Italia.

Imagen de archivo de una manifestación de extrema izquierda en Italia.Zuma Press / Europa Press

Filosofía para todos

El error más grave que sigue cometiendo la izquierda radical

Jean-Paul Sartre, marxista convencido, señaló los problemas de una filosofía que daba la espalda a la realidad

De un tiempo a esta parte, en buena parte del mundo se comprueba que los partidos más escorados a la izquierda del espectro político pierden fuerza en feudos que tradicionalmente consideraban como propios. En los denominados «barrios obreros» se consolida el arraigo de otras propuestas ideológicas y la respuesta de los dirigentes «agraviados» es un síntoma claro del problema: criticar a los votantes, proclamar «alertas antifascistas» y dejar para más tarde los análisis de las causas que han llevado a esta situación.

Sin necesidad de entrar en grandes justificaciones, basta recordar que estos partidos de izquierda radical son herederos de una tradición marxista cuya influencia todavía impregna buena parte de sus críticas y propuestas. Así, según la tesis planteada por el propio Marx en el siglo XIX, la filosofía no se podía limitar a interpretar el mundo y tenía que contribuir a transformarlo.

Siguiendo esta máxima, el pensamiento marxista realiza un análisis teórico de la realidad social, pero no puede quedarse ahí. El siguiente paso, el más importante, es el de la praxis, que lleva ese conocimiento a una acción transformadora concreta e iluminada por esa comprensión previa y que, a su vez, ayudará también a corregir y desarrollar los postulados teóricos.

Tampoco pretendemos valorar aquí la respuesta que el marxismo ofrece ante esas situaciones políticas. Nos interesa, en cambio, su conjunción de teoría y praxis como método filosófico. El problema está, por lo tanto, en perder de vista esta estructura a la hora de ofrecer soluciones a los ciudadanos.

Sartre lo vio primero

Llegamos así hasta la figura de Jean-Paul Sartre. Aunque el filósofo francés es conocido por sus propuestas existencialistas, consideraba que la corriente de pensamiento más importante allá por los años 50 y 60 del siglo pasado todavía era el marxismo. Por eso, construyó buena parte de su pensamiento tratando de conseguir la aleación entre ambas.

Su aprecio intelectual por el marxismo no estuvo exento de críticas. Una de las más contundentes aparece en Cuestiones de método y mantiene plenamente su vigencia. En un contexto marcado por la experiencia soviética, Sartre lamenta que esta ideología se «haya detenido» y desechado sus principios científicos y técnicos respecto al análisis de las realidades concretas de su tiempo.

En su opinión, los dirigentes comunistas, temiendo que los hechos contradijesen sus previsiones, «se reservaron el derecho de definir la línea y de interpretar los hechos». Así, «si la experiencia no confirmaba las previsiones, no tenía razón». El ejemplo que pone el propio francés es iluminador: «El metro de Budapest era real en la cabeza de Rakosi [líder comunista en Hungría]; si el subsuelo de Budapest no permitía que se construyese, es que este subsuelo era contrarrevolucionario».

La crítica de Sartre apunta a la fosilización de una filosofía que ya por entonces se negaba a estudiar rigurosamente las nuevas realidades y abusaba de conceptos cerrados. De este modo, los esquemas interpretativos pasan a ser «puras fórmulas que ya no explican absolutamente nada», como señala Walter Biemel en su biografía intelectual del autor de La náusea.

La sociedad posterior a la Segunda Guerra Mundial no era la misma que la vio triunfar la Revolución rusa. En 2026 las cosas han cambiado muchísimo más. Aunque es evidente que los viejos partidos comunistas han ido evolucionando hacia posiciones más edulcoradas, en muchos casos siguen arrastrando ese problema que ya vislumbró Sartre: el uso excesivo de tópicos y simplificaciones que no responden a los problemas cotidianos de esos «hombres reales con sus trabajos y sus penas» que tanto interesaban al francés.

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