¿Son Almodóvar y la «cultura» un apoyo para Sánchez o ya son todo lo contrario?
Lo que antes era un apoyo, ahora parece con frecuencia una zancadilla. El sectarismo exagerado, la posición monolítica de una supuesta cultura pensante ejercen cada vez más como peso y no como flotador
Pedro Sánchez y begoña Gómez junto a Pedro Almodóvar o la actriz Tilda Swinton, entre otros
Hay quien piensa que la moderación en política no es una virtud. Algunos tachan el equilibrio o la templanza, la ausencia de extremismo, de equidistancia o falta de compromiso verdadero con las ideas. Marco Aurelio o Epicteto podrían discutir esto con solvencia.
Ahora parece que los políticos, más unos que otros, apuestan por la radicalidad. Una radicalidad encubierta de moderación que resulta difícil de mantener en el tiempo. Esa moderación falsa puede sostenerse. En España esto sucede desde hace ocho años, que ya dan la sensación de no aguantar más.
La contención de todos los frentes hace aguas, como los barcos cuyo casco se ve no resistir la presión del mar desde dentro, mientras se intenta reparar con golpes de martillo con el nivel por la cintura. El Gobierno de Sánchez se hunde tras resistir decenas de colisiones y tormentas, pero también por la insistencia en el exceso y la mentira.
Las manifestaciones de la «cultura» española son un síntoma del hundimiento. Lo que antes era un apoyo, ahora parece con frecuencia una zancadilla. El sectarismo exagerado, la posición monolítica de una supuesta cultura pensante ejercen cada vez más como peso y no como flotador.
La gente no se cree todo el tiempo que los otros son siempre los malos. Es la filtración constante de la información para destacar lo negativo del otro en todo momento. Es la conversión de un hecho puntual, por ejemplo, en un defecto estructural. Es la necesidad de un enemigo para formar una identidad.
Todo esto es lo que hace Sánchez y vocea su «cultura» subvencionada como si fueran mercenarios. Y la gente (aunque no todos) se acaba dando cuenta de que esa «cultura» que siempre defiende al mismo y que siempre van juntos a todas partes por los mismos motivos jamás se modera, sino que se radicaliza.
La gente se da cuenta de que el supuesto consenso de quienes se creen «los buenos» en realidad no existe porque han perdido el sentido de la realidad por su endogamia, en su cerrazón de grupo y de privilegios.
Los otros, PP y Vox en este caso, siempre son los malos porque son malos intrínsecamente, sectariamente, sin posibilidad de poderse comprender y de razonar que esa «maldad» puede significar tener simplemente las legítimas, naturales y necesarias diferencias ideológicas.
Y eso que es la supuesta cultura que se pregunta cosas. Los últimos años en los que la «cultura», como los sindicatos, no han variado sus impresiones sobre Sánchez y sobre la oposición, a pesar de todos los cambios, incluidos los escándalos, sobre todo en el caso del primero. Nada de lo que ha sucedido en cerca de una década les ha conmovido para variar un ápice sus posturas ideológicas o sus consignas.
Y se llaman a sí mismos progresistas. Progresistas que no progresan mientras todo les vaya bien, aunque a todos los demás les vaya peor, Y eso, además de hacerles falsos progresistas, les hace malvadamente conservadores. Son conservadores de facto y progresistas de apariencia.
Aquellos que, como Almodóvar, se atreven a llamar «apocalíptico» a un futuro escenario político que no conocen solo porque ese supuesto futuro no será otro Gobierno de Sánchez, sino un gobierno de PP y Vox, quedan descubiertos por su sectarismo y por su simpleza disfrazados de democracia y singularidad.
Da la impresión de que ya cualquier palabra, por repetitiva y dogmática, de la guardia pretoriana cultural de Sánchez es un golpe a su línea de flotación, donde el casco se va abriendo cada vez más y el agua entra en el barco a la deriva, donde sus tripulantes ya solo bailan e intentan hacer creer que hablan de amor.