Fundado en 1910
Historias del 27Andrés Amorós

Un enamorado de Velázquez y de la realidad, Ramón Gaya

Además de pintar de maravilla, Ramón Gaya también reflexionaba sobre la trascendencia del arte con una profundidad excepcional: escribió algunos libros de gran interés

'Manolete', de Ramón GayaLa Voz

Hace años, en la exposición de un pintor español, leí una de sus frases: según él, los únicos pintores que merecen totalmente ese nombre, en toda la historia del arte, son Velázquez y Tiziano; en parte, quizá, Rembrandt, Zurbarán… Esos eran sus guías, sus grandes modelos.

Dicho así, podía parecer una exageración o un orgullo desmesurado. Si se sabe entender bien, no era una cosa ni la otra, sino la firme creencia de alguien que colocaba los valores estrictamente pictóricos, lo que algunos llaman la «pintura-pintura», por encima del tema y de la anécdota de cualquier cuadro. Él siempre intentó seguir ese camino.

El singular personaje que afirmaba esto se llamaba Ramón Gaya y fue uno de los artistas plásticos más vinculados a la Generación del 27.

Además de pintar de maravilla, también reflexionaba sobre la trascendencia del arte con una profundidad excepcional: escribió algunos libros de gran interés.

Algunos críticos, queriendo halagarlo, dijeron que él era un intelectual, un filósofo. No sé bien si con humildad o con orgullo, él se desmarcó: «No. Yo soy pintor». Nada más y nada menos que pintor. De la misma familia –pero no de su inalcanzable categoría– que Velázquez, la encarnación del arte de la pintura.

Ramón Gaya nació en Huerto del Conde (Murcia) en 1910. Era hijo de un obrero catalán anarquista y wagneriano, que le transmitió sus inquietudes culturales. Los primeros libros que leyó, en casa, fueron los que tenía su padre: Pérez Galdós, Tolstoi, Nietzsche…

El niño mostró en seguida una enorme facilidad para el dibujo: su padre le permitió que, a los diez años, dejara el colegio y se dedicara plenamente a la pintura. Siendo todavía un chiquillo, participó ya en una exposición colectiva, en el Círculo de Bellas Artes de su tierra.

No siguió Ramón Gaya estudios regulares de pintura, se consideraba un autodidacta. Sin embargo, reconocía la influencia y agradecía la ayuda de dos artistas murcianos, de estéticas contrapuestas, que trabajaron juntos en un taller litográfico: el pintor de costumbres populares Luis Garay (1893-1956) y el vanguardista Pedro Flores (1893-1956), que, años después, formó parte de la Escuela española en París.

La huella de los dos se advierte en los primeros cuadros de Gaya: un retrato realista de su padre; un bodegón académico; una litografía geométrica, innovadora…

También contribuyeron a ampliar su horizonte estético otros personajes. Ante todo, Jorge Guillén, que llegó a Murcia en 1926 como Catedrático de Literatura Española.

También le influyó Juan Guerrero Ruiz (1893-1955), un gran amante de la poesía, que había colaborado con Juan Ramón en la exquisita revista Índice (1921-1922). Años después, muchos lo conocían con el título que le otorgó García Lorca, al dedicarle un poema de su Romancero gitano: «Cónsul General de la poesía española».

Jorge Guillén y Juan Guerrero Ruiz, juntos, crearon en Murcia la revista Verso y prosa. (Boletín de la joven literatura) (1927-1928): una de las más importantes de la naciente Generación del 27, en la que el joven Ramón Gaya publicó varios dibujos y textos.

Una beca le permitió trasladarse a Madrid en 1927, el año fundacional de la Generación, y trabar amistad con el grupo de jóvenes escritores y artistas.

Al año siguiente, gracias a otra ayuda, pudo viajar a París, donde participó en una exposición, junto con sus amigos Pedro Flores y Luis Garay. Descubrió entonces el mundo de las vanguardias: en contra de lo que podía esperarse, le decepcionaron profundamente. Decidió volver a Madrid y descubrió su destino en las visitas al Museo del Prado, el gran amor artístico de toda su vida.

Años más tarde, cuando estaba exiliado en Méjico y le preguntaban si sentía nostalgia, solía contestar con una frase tajante:

«Mi Patria era el Prado»…

Se consolaba entonces – decía - recorriendo con la imaginación sus salas porque se sabía de memoria el lugar donde estaba colocado cada cuadro.

Igual que varios de sus amigos, Ramón Gaya se sentía republicano. En 1933, participó en las Misiones Pedagógicas, la iniciativa de Manuel Bartolomé Cossío, paralela a La Barraca, para llevar la cultura por los pueblos. Cossío, pedagogo krausista e historiador del arte, creía firmemente en el valor educativo de las experiencias estéticas.

Luis Cernuda, Rafael Dieste, Antonio Sánchez Barbudo y Ramón Gaya recorrieron varias regiones españolas, llevando el llamado «Museo del Pueblo»: una hermosa iniciativa para que los campesinos pudieran descubrir la gran pintura española. (Conocemos los detalles de esa aventura porque, muchos años después, Gaya se los contó a Nigel Dennis).

Como era imposible trasladar por los pueblos los cuadros originales, decidieron llevar copias de su mismo tamaño, realizadas por Ramón Gaya.

Él siempre defendió el valor de las copias, no como una pura reproducción mecánica, una especie de «tapiz aplastado» –así las llamaba–, sino como una forma de expresar su afinidad creativa:

«No copio un cuadro. Intento asistir al momento en que nace».

Pintó entonces Gaya copias de Velázquez (La infanta Margarita), de Ribera (El sueño de Jacob), de Murillo (un Niño Jesús), de Goya (La nevada. La maja vestida)…

Cada tarde, en cada pueblo, reunían en la plaza a los vecinos para que escucharan dos charlas sobre uno de esos cuadros. La primera, para situarlo históricamente, la daba Antonio Sánchez Barbudo. (Años después, lo conocí yo, cuando él era profesor en Estados Unidos, un gran especialista en la poesía de Antonio Machado).

Después de su compañero, Gaya les hablaba del mismo cuadro, pero desde el punto de vista de un pintor. Pronto descubrió que conectaba mejor con los campesinos si, además de comentar el cuadro, colocaba en una pared un gran rollo de papel y, a la vez que hablaba, iba realizando rápidamente dibujos, que luego les regalaba.

Recordaba Gaya con mucho cariño esa experiencia:

«Las gentes más humildes e ignorantes nos decían a veces cosas estupendas».

Durante la guerra, en Valencia, colaboró con la revista Hora de España y con la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Algunas obras suyas se expusieron en el Pabellón español de la Exposición Internacional de París, en 1937.

Al concluir la contienda, intentó salir de España, con su familia. Antes de cruzar la frontera, en Figueras, su mujer murió, en un bombardeo. Se perdió entonces el rastro de su hija, de dos años. A Ramón, lo internaron en el campo de concentración de Saint Cyprien.

A él y a la niña los salvó un curiosísimo personaje, el pintor inglés Cristóbal Hall (1896-1947): un gran enamorado de España, al que Gaya había conocido en Murcia, de joven. Hall también se convirtió en padre adoptivo de la niña, cuando Ramón marchó a México.

En el exilio mexicano permaneció Ramón Gaya nada menos que diecisiete años, desde 1939 hasta 1956: allí, pintó mucho, obtuvo gran prestigio, fue amigo de escritores como Octavio Paz y Tomás Segovia; también, se dedicó a escribir.

En 1956, se estableció en Roma: allí mantuvo amistad con María Zambrano, Elena Croce, el escultor Manzú…

Desde 1960, comenzó a viajar a España. Cuentan que, antes de ver a sus amigos íntimos, había vuelto al Museo del Prado… Regresó definitivamente a España, a Valencia y a Madrid, en 1974.

Había publicado en 1960 su libro El sentimiento de la pintura; en 1969, el que dedicó a su máximo ídolo: Velázquez, un pájaro solitario. Son libros singulares, de un nivel muy superior a los que suelen escribir bastantes pintores. Los leyeron con entusiasmo algunos jóvenes escritores españoles, como Andrés Trapiello y Juan Manuel Bonet.

A la vez, el gran público fue conociendo su obra pictórica, a partir de la exposición en la madrileña Galería Multitud (1978).

En 1990, cuando cumplió ochenta años, asistió en Murcia a la inauguración del Museo Ramón Gaya, creado a partir de la donación de obras que realizaron él y su segunda mujer, Isabel Verdejo.

En 2002, recibió el Premio Velázquez: simbólicamente, se cerraba así el círculo completo de su pintura… Murió en Valencia, en 2005.

Dentro de los pintores de su época, se singulariza claramente Ramón Gaya por abominar de la vanguardia:

«El arte moderno ha confundido muchas veces la novedad con la creación… La pintura es un acto de fidelidad, no de imaginación».

Iba eso unido a su defensa del arte clásico: él se integró en esa línea, aunque le privara de muchos éxitos fáciles. Lo comentaba con ironía:

«He tenido la fortuna de no tener demasiado éxito»…

La calidad de su pintura y la profundidad de su pensamiento deshacen las posibles críticas de los que pudieran reducirlo a un académico neoclasicismo:

«La tradición no está detrás de nosotros, sino delante».

Es una idea muy semejante a la que proclamó Eugenio D’Ors: «Lo que no es tradición, es plagio».

En contra de lo que muchos creen, afirma Gaya que la tradición es una fuente de innovación permanente:

«Lo que pinto ahora me sigue pareciendo preparación para otro día… En vez de llegar a una maestría, hay que llegar a un principio».

No pretendía ser un maestro, era mucho más que eso y más sencillo: un pintor clásico. Intentó unir la gran tradición pictórica italiana y española. Fue siempre un fiel discípulo de Velázquez y de Tiziano: nada más y nada menos. En cambio, no se sentía cercano a Goya.

Pintaba Gaya respetando los géneros clásicos: retratos, bodegones, paisajes… Con frecuencia, también, delicadas «vistas» (las vedute italianas de Canaletto y Guardi) de ciudades históricas como Roma o Venecia, sutilmente esfumadas.

Nunca dejó de tener en mente las dos Vistas del jardín de la villa Médici, de Velázquez… Ése fue su ideal permanente.

Cuentan que, en su estudio, Ramón Gaya colocaba pequeñas reproducciones de los cuadros que él más admiraba, a los que reverenciaba en pequeños «altarcitos»…

De ahí surgió un género muy peculiar suyo, los Homenajes: cuadros de interior, que asumen la herencia de la pintura holandesa, en los que aparecen esas reproducciones, en medio de algunos objetos cotidianos.

Por ejemplo, una copa de cristal con agua – un tema pictórico que le fascinaba, por la sutil variedad de reflejos –, delante de la postal de una Infanta, pintada por Velázquez. O un vaso de cristal con vino tinto, delante de la reproducción de El Niño de Vallecas…

Además de pintor, Gaya era también un extraordinario dibujante. Con un trazo ágil, sencillísimo, era capaz de expresar, en síntesis, máxima, la verdad de un instante, el ritmo de un movimiento. Por su maestría, no por su espíritu, sus dibujos pueden compararse con los de Picasso. En los años noventa, algunos de esos dibujos, referidos al arte del toreo, aparecieron en la revista valenciana Quites.

En aquellos años lo visité yo, para pedirle un dibujo para la cubierta de una antología de poemas de Francisco Brines, que iba yo a editar, en la Institución Alfonso el Magnánimo, de Valencia.

Vivía entonces Gaya en la madrileña Plaza de la Villa de París. Desde los balcones, se veían los jardines y el edificio del Tribunal Supremo. Era uno de los pisos más bonitos que yo he conocido: amplio, luminoso, casi vacío, con techos altos y suelos de madera.

A pesar de su fama de persona difícil, me recibió con toda cortesía y accedió sin problemas a mi petición porque el tema le agradaba. Charlamos un poco: de poesía y de pintura, por supuesto.

Cuando Gaya llegó a Madrid, con sólo diecisiete años, visitó a Juan Ramón Jiménez. Le causó una imborrable impresión por su defensa de la exigencia, en arte, y por su ejemplo de fidelidad a su vocación. Toda la vida de Gaya estuvo orientada por estos dos principios.

Su máximo ideal fue siempre el Museo del Prado, sin duda. No era el único Museo histórico que defendía, frente a tantas críticas banales:

«El Museo no es un cementerio sino el lugar donde la pintura sigue respirando».

Su cercanía profunda al espíritu de Velázquez se advierte claramente en cómo Gaya vincula siempre la pintura a la realidad:

«La pintura no se inventa, se descubre. El arte no añade nada a la realidad: la revela… El pintor no debe imponerse a la realidad sino dejar que la realidad pase a través de él».

Lo sintetiza con una fórmula rotunda:

«El pintor no trabaja con colores, trabaja con realidad».

Eso es lo que hacía Velázquez, por supuesto. Precisa Gaya:

«Velázquez no pinta objetos, pinta la vida de los objetos».

El estilo de Velázquez es tan cristalino, tan perfecto, que resulta imposible definirlo con precisión: se identifica con el arte mismo de la pintura. (Lo mismo sucede con Bach y la música). Por eso ha suscitado tanta literatura, tanta presunta explicación filosófica…

Fuera del ámbito académico (por ejemplo, lo que escribieron Diego Angulo, mi maestro, y don Enrique Lafuente Ferrari), no he leído ningún texto sobre el enigmático pintor sevillano comparable a los que escribe Ramón Gaya. Por ejemplo, éste:

«Todo lo que constituye la pintura, en Velázquez, está superado. Nos ofrece el mundo, pero el mundo de nuevo. Las cosas pintadas por él vienen hacia nosotros, se nos acercan, pero como fieras domadas, dóciles ya, a besarnos. Velázquez las amansó con sus manos. Le ha quitado a la realidad toda la crudeza, todo lo que tiene de duro, de áspero, de enemigo nuestro, de hiriente. Es como debió de ser el mundo, un día. Todas las cosas han sido acariciadas por él y convertidas en cuerpos nobles. Nos da el mundo de nuevo, pero sin falsearlo».

Parece imposible acercarse con tanta sencillez y tanta profundidad al misterio de Velázquez – que es el misterio de la pintura y del arte, en general:

«La pintura y la poesía no son artes distintas, son dos maneras de la misma fidelidad».

Recupera Gaya el viejo ideal griego de la armonía:

«La pintura es una forma de conocimiento. La belleza no es un adorno sino una forma de verdad».

Es lo mismo que definió Platón y que renovó John Keats, en los versos finales de su Oda a una urna griega:

“La belleza es verdad, la verdad es belleza.
Eso es todo lo que sabes y todo lo que necesitas saber"

Ramón Gaya lo sabía y también sabía expresarlo, en su pintura y en sus textos.

Apelaba constantemente a que el arte debe respetar la realidad. Es algo que compartía con Velázquez y con Cervantes: la mejor España.

Hace años, el Museo del Prado cerraba los lunes. Cuando lo dirigía mi sabio amigo Alfonso Pérez Sánchez, solía utilizar esos días para permitir alguna visita excepcional. Recuerdo una vez que pasaba fugazmente por Madrid Mario Vargas Llosa y necesitaba comprobar algo, para una novela que estaba escribiendo: me encargó que pidiera ese favor. Nunca olvidaré la emoción de estar los tres, Mario, Alfonso y yo, sin nadie más, delante de la Maja desnuda…

Sé que, algún lunes, Alfonso Pérez Sánchez autorizó a Ramón Gaya para que estuviera, él solo, en las salas de Velázquez, copiando algún cuadro… Quizá fueron las horas más felices de su vida.

Siempre admiré la pintura de Ramón Gaya. Cuando lo conocí personalmente, me impresionó su singular mezcla de orgullo y humildad. Tenía él muy claro su destino, como artista. Sentía que la pintura era algo vivo, algo que respiraba, siempre, a su lado.

Había escrito que «la pintura es un río continuo, un hilo que no se puede romper». Y sabía de sobra que a él le había tocado ser un trocito – pequeño pero real - de ese hilo.